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un inciso

¿Salvemos la Navidad?

En un año tan duro, nos hemos vuelto locos si lo único que nos frena para no juntarnos ciento y la madre en la mesa es el riesgo a una multa

Algunos de los Neira, en el momento de entonar la Panxoliña de 2019.

Algunos de los Neira, en el momento de entonar la Panxoliña de 2019.

Na noitiña de Nadal, por ser noite de alegría, camiñando van José e maila Virgen María. Toda mi vida me he sentado a la mesa de Nochebuena en casa de mis abuelos maternos. Después de la cena, cuando el turrón te llama –varias veces seguidas– desde los platos, ellos se arrancan con la Panxoliña. Lo hacen alternando sus voces. Empieza ella, dándole tiempo a él para rebuscar en su memoria hasta encontrar con qué estrofa ha de responder. Desde niña los miro y escucho embelesada, imaginando la historia de cómo José y María llama a las puertas de un Belén lleno hasta la bandera y reciben la contestación de un grosero portero: yo las puertas no las abro mientras que no llegue el día.

Soy plenamente consciente de que este año no les escucharé cantar cómo el Niño viene al mundo a la medianoche en punto ni cómo la Virgen se echa las manos al cuello para envolverlo con ternura en su pañuelo, que otra cosa no tenía. Llevo días haciéndome a la idea de que no podré ir. Y no, precisamente, porque el presidente del Gobierno hable de seis personas en la cena más especial del año, sino porque quiero seguir emocionándome escuchando a mis abuelos cantar la Panxoliña muchos años más. Todos los que ese Cielo, en el que un ángel informa de cómo queda en la humilde pero feliz madre, nos permita.

Soy la primera en comprender el carácter entrañable y nostálgico de unas fiestas que, además, me encantan. He intentado contagiar a mis hijos un espíritu navideño que mantengo intacta desde niña, aún cuando ahora comprenda la nostalgia y tristeza que mi padre vio siempre en estas fiestas, un sentimiento que yo recibía siempre con inocente incredulidad.

Las ausencias se notarán más que nunca. Es posible que no nos apetezca cantar hasta que la voz se quede ronca, como hemos hecho siempre en la casa matriz de los Neira. Empezamos con la Panxoliña y, cuando se nos acaba el repertorio de villancicos –y ya nos ha dado tiempo de convertir las conchas de las vieiras de la cena o los manotazos en acompañamiento instrumental– llegamos irremediablemente al Carrascás, al himno de Galicia y, ya que estamos, al de Asturias. Seguramente este año, marcado a fuego por la desesperanza que ha sembrado una crisis sanitaria que no parece tener fin, nos retiremos antes a la cama, todavía a tiempo para ver en la tele la reposición de Qué bello es vivir. Más nostalgia en blanco y negro.

La de los Neira es, además de una gran familia, una muy numerosa. Las habas estaban contadas y dependían del campo, pero los doce hijos de Juan y Consuelo –mis bisabuelos– crecieron afianzando y engrandeciendo la mejor de las herencias: la unidad familiar. Por ello, cada Nochebuena, Navidad, Fin de Año o Año Nuevo, no había ni hay mantel que llegue en una estancia caldeada por la alegría y el calor incomparable que desprende esa cocina de leña que nunca se apaga.

"Los políticos entran estos días al juego. Tendrá todos mis respetos aquel que se ponga ante un micrófono y nos pregunte si queremos salvar la Navidad de 2020 o las que quedan por venir"

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Muchos son los que se encuentran en esta situación, descendientes de unos años difíciles en los que no había ni televisión ni calefacción. Por tanto, matriarcas y patriarcas se entristecen estos días sabiendo que no podrán ni reunir este año a sus hijos en torno a mesa y que no tendrán ocasión de abrazar a sus nietos completamente henchidos de orgullo.

El discurso que invita a salvar la Navidad circula estos días por doquier. Sin embargo, cuando sigues el recuento de contagios diarios, la lista de caídos o la de conectados a un respirador, solo sientes el impulso de pedir cordura a Papá Noel y mucho sentido común a los Reyes Magos. Hay un Grinch que amenaza las fiestas, es cierto, pero no es un feúcho y peludo personaje verde que va a llevarse los regalos. Ojalá fuese así. El de este año es un villano invisible, pequeño pero matón y con la crueldad como tarjeta de visita al que se la soplan los coloridos paquetes bajo el árbol, las luces y el espumillón. Él ha venido a por los nuestros. Y no tiene empacho alguno en arrancárnoslos de los brazos.

Entiendo el sufrimiento de la hostería, el sector que ha pagado el pato y el pavo por todos nosotros. Comprendo que la situación deja en jaque a muchas familias. Y eso que ahora mismo solo estamos viendo la punta de un iceberg tan afilado como el que le rasgó las entrañas al Titanic y lo obligó a hundirse con toda su majestuosidad y sus víctimas inocentes en las gélidas aguas.

Estoy convencida de que en este escenario el comercio tiene la mejor mano. Los regalos no faltarán bajo el abeto y la mesa, en función de los gustos y posibilidades de cada quién, estará bien nutrida. Como diría mi abuela, comer hay que comer. Sin embargo, después de un año tan duro como el que nos ha tocado, me parece que nos hemos vuelto un poco locos si lo único que nos puede frenar para no juntarnos ciento y la madre en torno a la mesa es el riesgo a una multa. ¿En serio? ¿No hemos aprendido nada en todo este tiempo? La gente se está mu-riendo-do. Y también lo hace en Navidad y por mucho que te empeñes en sacar músculo con la juventud que crees que todavía te concede el DNI.

Con valentía

Los políticos nos han seguido el juego. Seis comensales, calcula Sánchez. Diez, pide Madrid. Los niños podrían computar diferente, plantean desde San Caetano. Salvemos la Navidad. Pues no, señores. Todos queremos abrazar a los nuestros en estas fiestas. Negarlo es ser un hipócrita, pero también es hipocresía levantar ahora el veto para terminar haciendo buena la cuesta de enero tal y como la recordamos. No hace falta ser epidemióloga para intuir que, si ahora no ponemos límites, en enero la curva de contagios se disparará, tanto como los números de la báscula si en estas fechas damos rienda suelta al desenfreno.

Por mucho que me duela no poder desgañitarme junto a los míos en estas fiestas, tendrá todos mis respetos y mi aplauso aquel que se ponga con valentía ante una cámara o un micrófono y nos pregunte sin paños calientes si queremos salvar la Navidad de 2020 o las que quedan por venir.

Me lo decía estos días una hija que no podrá cenar con sus hermanas ni con su madre este año. “Es el sacrificio que tenemos que hacer para cenar juntos muchas Navidades más”. Sali Torres, la estradense que pronunciaba estas palabras, es como unas castañuelas. Todas las Torres lo son. Sin embargo, aunque se reconocía hundida pensando en que iban a ser unos días tristes, se consolaba pensando en que tenemos que hacer un nuevo esfuerzo para salir del hoyo al que la COVID-19 nos ha arrojado a todos.

Que en un año oscuro estas fiestas sean tristes es lo esperado. Busquemos que las ausencias en estas copiosas mesas sean solo temporales. A estas alturas, yo solo pido escuchar a Andrea y Antonio entonar la Panxoliña el año que viene y no sentir ese repugnante miedo cuando los abrace y los beses para desearle una feliz Navidad y un próspero año nuevo.

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