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El Grinch, en casa por Navidad

Ya no es ser agorero, es ser realista. El Covid se enfundará en el peludo traje verde para robarnos también estas fiestas. ¿Nos lo hemos ganado?

El Grinch, en casa por Navidad

El Grinch, en casa por Navidad

El coronavirus parece empeñado en secuestrarnos también la Navidad. | // BERNABÉ/LUISMY

Tengo la suerte de gozar de una buena memoria. Soy de esas personas que envuelve cada recuerdo en un montón de detalles. No sé si fruto de una observación excesiva o de cierto halo de romanticismo cuando los meto en ese cajón en el que todos archivamos esos momentos del ayer para poder regresar a ellos de cuando en vez. Este lo tengo guardado en la carpeta de mi abuelo Antonio, la persona más buena y empática que he conocido jamás, de esas que no pueden evitar llorar como un niño ante los dramas que anuncia el telediario. Recuerdo la helada en los campos y la sensación que deja el frío cuando se respira profundamente de buena mañana. Recuerdo las botas de lluvia, el manto de hojas en el camino hacia el monte, tirar de mi hermano Jesús, emocionados los dos por la aventura que se avecinaba y que anunciaba el hacha en una mano curtida en mil batallas. Hoy en día me parecería una auténtica locura, un atentando ambiental. Pero mi inocencia de niña no reparaba en que estábamos escogiendo qué pino debía dejar de crecer para que nosotros tuviésemos árbol de Navidad. Eran, sin duda, otros tiempos. No me juzguen, yo me encargo. Eran años en los que los abetos artificiales eran, al menos para los de aldea, ciencia ficción. Así que esta es una de esas estampas prenavideñas que guardo con enorme cariño, pese a los daños colaterales. Que los hubo. Y más de una vez.

Cierro el cajón y regreso al presente. Si Google tuviese archivadas esas imágenes, en pocas semanas me recordaría que se cumplen... dejémoslo... muchos años de aquellos momentos. Siento el frío en la cara. Veo las hojas que han sucumbido al avance del otoño o que están preparadas para hacerlo. Sin embargo, no hay ni pizca de emoción. No puedo caminar junto a mi abuelo hacia el monte, aunque ya no le dejaría llevar un hacha ni le permitiría ejecutar la sentencia que antes aplicábamos juntos y sin remordimientos, una por inocencia y otro por ser incapaz de decirle que no a la mayor de sus nietas. No habría ilusión en ese paseo. Solo miedo. Un miedo terrible a ser, sin saberlo, la causante de su mal; el terror de poder llevar oculto un enemigo que para él pueda ser todavía más despiadado. Tendría pánico a que, ya sin poder disfrutar del aire puro de la mañana sin tener que parapetar la nariz tras una mascarilla, en lugar de pasear junto a la emoción por la proximidad de unas fiestas que me encantan, pudiese llevar al Grinch maliciosamente oculto en la mochila.

Las alarmas rompen la tranquilidad en A Estrada. Los casos se disparan. El virus parece estar próximo a escapar a los controles. Pese al celo puesto en su contención por parte de quienes tienen que combatirlo en la primera línea, nos lo hemos currado. Hemos invitado al Grinch a las fiestas de Navidad. Ridículos discursos negacionistas, botellones –todos sabíamos que los había y dónde, no nos hagamos ahora los sorprendidos–, terraceo sin pudor, freno ni consideración o mascarillas que nos bajamos para toser, para respirar con mayor libertad o porque ya estamos cansados de tanta historia y que nos ponemos de bufanda o de codera para que no nos caiga una multa; celebraciones en las que las ganas de fiesta camuflan el miedo y, lo que es peor, la prudencia y reuniones familiares a las que nos aferramos como lo único que nos concede una normalidad que lleva meses vestida con aquel popular traje nuevo del emperador.

Al Grinch no le gusta la Navidad, detesta todo lo que representa y se empeña en robarla para que nadie pueda disfrutarla. Pues este año, el poco agraciado personaje verde y peludo le prestará su traje al Covid-19 para sentarse a la mesa dispuesto a secuestrarnos los buenos momentos, como se llevó la primavera, la Semana Santa o la normalidad de nuestras vidas. Estará atento para mover su dedo índice de un lado al otro cuando la tele nos ponga el tradicional anuncio de El Almendro. Nada de volver a casa por Navidad, al menos para las familias más numerosas. Pensarlo ya no es de agoreros pesimistas, es de sensatos y realistas. Las reuniones han quedado limitadas ya en Galicia a cinco personas. ¿Quién se imagina ya en la cena de empresa o en la familiar velada de Nochebuena? Esta Navidad los sueños jugarán, pero no sé si lo harán a la Lotería. Los deseos de salud se imponen en un momento en el que uno está más pendiente del resultado de una PCR que del Gordo que pueda salir del bombo en el sorteo del 22 de diciembre. La realidad ha puesto en su sitio la escala de valores y, si nuestra cabeza funciona, deberíamos entender más que nunca eso de que la salud es lo primero.

Pero en su deseo de cargarse la Navidad, el Grinch se presenta con toda la artillería preparada. Se dice que la crisis sanitaria llega de la mano de una crisis económica y social. Muchos ya lo han comprobado en sus propias carnes. Y el espíritu navideño puede ser el siguiente en verificarlo. Con el turrón en los lineales del supermercado, no tiene pinta de que estas vayan a ser unas fiestas de mesas rebosantes. El carácter melancólico que muchos le conceden parece llamado a exacerbarse. Las ausencias serán notables, con la silla vacía de quien no puede sentarse a la mesa o el hueco que ha dejado quien nunca volverá a ocuparlo. Las fiestas de Fin de Año no parecen tener muchas papeletas y el traje de gala o el confeti se combinarán necesariamente con la mascarilla.

Comercio y hostelería

El comercio hacía estos días en Deza y Tabeirós-Terra de Montes un llamamiento a adelantar las compras de Navidad para evitar aglomeraciones. Su mensaje tiene mucho sentido y ahora la recomendación es, quizás, más necesaria que nunca, no solo por evitar la espera en la calle bajo la lluvia o con un frío que pela, sino porque, o la cosa mejora o a lo mejor la tienda en la que tenías previsto hacer los encargos para las fiestas puede verse obligada a bajar la persiana, y en la campaña más importante del año para el sector.

Lo de la hostelería ya es un tema al margen. Ni cenas de Navidad ni las típicas reuniones de empresa. El sector se lleva otro duro golpe –y ya le ha tocado encajar muchos seguidos– en un momento crucial para hacer caja y remontar un annus horribilis.

Mi hija de seis años volvió esta semana del colegio buscando hacerme partícipe de una conversación del patio. Cuando me dijo que habían hablado de Papá Noel, me quedé fría esperando la pregunta del millón. Son mayorcitos, se la imaginan. Pero nada más lejos: “Mamá, ¿tú crees que podrá venir este año con lo del coronavirus? Yo les dije a mis amigos que sí, pero la duda que tenemos ahora es si tiene que traer o no mascarilla si quiere entrar en nuestras casas”. Toma del frasco. ¿Qué se responde a eso? ¿Que tendrá que dejarnos copia de su última PCR junto al plato de galletas o que Papá Noel y los Reyes Magos gozan de inmunidad frente a un virus que no tiene piedad ante nadie?

Papá Noel vendrá. Los Reyes Magos, aunque no puedan tirar caramelos desde sus carrozas, también. Hasta ahí podíamos llegar, señor Grinch. Podrá darnos donde más nos duele, pero ni se le ocurra acercarse a la ilusión de los más pequeños. Llévese el turrón, los polvorones y las uvas. Siéntese a mi mesa. Le rogaría que me dé conversación a mí y deje en paz a los míos. Eso sí, por mucho que sonría mientras se regodea con que se saldrá con la suya y nos robará la Navidad a todos, si la salud me lo permite, levantaré la copa cuando el reloj de la Puerta del Sol cante la medianoche para pedir al nuevo año que usted y el 2020 se vuelvan al infierno del que han salido.

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