Me despierto con el sonido del móvil. Sigo su bramido por una casa que no es la mía -aunque la sienta como propia- y con los ojos de quien ha robado horas al sueño, aprovechando un descanso vacacional que se mofa del despertador. Faltan cinco minutos para las once. Escucho al otro lado del teléfono a una de las personas con las que he pasado el fin de semana y con la que debería compartir mesa en solo unas horas. Habla deprisa y con una nota de preocupación en la voz. Mientras trato de ir procesando su mensaje, una palabra me espabila de golpe: POSITIVO. El término ha quedado denostado en estos tiempos y ha hecho bueno a su antónimo. Y así empieza todo. Una simple palabra desencadena una larga lista de quehaceres e incertidumbres, un frenético peregrinaje que concluye en largas horas de confinamiento. Es así como me ha tocado terminar mis esperadas vacaciones, saboreando un cóctel en el que maridan desasosiego, indignación y reclusión con sabrosas notas de orgullo y agradecimiento.

No puedo decir que sea de las que ve el vaso siempre medio lleno, pero nunca como hasta estos días se me llenó tanto la boca diciendo que soy negativa. Y qué bien sienta serlo. Desde que recibí la llamada que confirmaba mi estrecho contacto con un familiar que dio positivo en una prueba de detección del coronavirus SARS-CoV-2, no me canso de repetirlo. Puntualicemos: su contagio se produjo en un entorno laboral por culpa de un sistema que, decididamente, ha fallado y en una persona que -me consta- ha puesto todo lo que estaba en su mano para protegerse y proteger desde el minuto uno de esta podrida pandemia. Me parece importante aclararlo como aviso a navegantes: no todo el mundo se contagia en una discoteca o por llevar la mascarilla de bufanda. Ni mucho menos. La inconsciencia no genera inmunidad pero, por desgracia, la responsabilidad tampoco protege de quienes, de forma particular o colectiva, están haciendo las cosas mal.

Mi mente trabaja a contrarreloj después de colgar el teléfono. Repasa a toda pastilla los contactos de los últimos días y se encienden todas las alarmas cuando el rastreo cae en la cuenta de que tanto yo como mis dos hijos podríamos tener ciertos síntomas compatibles con la Covid-19 a los que, hasta ahora, no había dado ni la más mínima importancia. No fiebre, no tos excesiva, no dificultad respiratoria... ¿no problema? Igual pequé de simple. Sin embargo, la persona que -por voluntad y bolsillo propio- se sometió al test, dio positivo y nos incluyó en su lista de contactos no siente, por ahora, más síntoma que el más lógico, comprensible y solidario de los miedos.

Espero durante casi dos horas y media a que Sanidad se ponga en contacto conmigo para decirme cómo he de actuar. Cuando ya no me quedan uñas, tomo yo misma la iniciativa y llamo al teléfono de información sobre la Covid. Acribillo al pobre hombre que me acaba cogiendo, después de escuchar durante un rato que todas las líneas están ocupadas y de tener la sensación de que voy a preguntar por el último paquete de datos y televisión de una compañía telefónica. En ese momento me hace hasta gracia. En los días siguientes me causará indignación.

Soy consciente de haber lanzado una pregunta tras otra -llámenlo deformación profesional o preocupación de madre, esposa e hija- sin quedarme muy convencida con las respuestas. Solo una cosa me queda clara: tendré que hacer confinamiento domiciliario. No vivo en Marte y tengo dos dedos de frente: a esa conclusión ya había llegado, incluso medio dormida, a las 11 de la mañana. Pero -he aquí lo que más me enfada como paciente y ciudadana- el Sergas no se puso en contacto conmigo hasta pasadas las cuatro de la tarde para explicarme que no podía abandonar mi domicilio. Cinco horas después. Sin prisa, oigan, que a mí me habría dado margen suficiente para irme de compras, tomar un café, el aperitivo estival, comer en un restaurante e ir repartiendo "felicidad" a mi paso. Algo falla, ¿no? A mí no me cabe duda, sobre todo cuando mi contacto había sido facilitado poco después de avisarme de que podría estar infectada. No pretendo caer en la autocomplacencia, pero ha quedado clarinete que no vamos sobrados de sentido común; las autoridades sanitarias no pueden fiarlo todo en estos momentos al buen juicio ciudadano.

De nuevo por iniciativa propia -no me voy a cansar de remarcar lo proactivo que ha de ser el afectado en unas gestiones que deberían ser, hastas cierto punto, pasivas- pero con la ayuda de los amables interlocutores que encontré en el teléfono de información -también es de justicia decirlo-- pido citas con nuestros médicos en el centro de salud de A Estrada. No estamos en el municipio, ni siquiera en la misma provincia. Y es aquí cuando comienzan las muestras que llenarían de orgullo a cualquier estradense que se precie. Puedo decir alto y claro que el funcionamiento de la Atención Primaria en este ayuntamiento pontevedrés ante la pandemia está siendo de nota. La experiencia que me está tocando vivir le pondría, sin complejos, un sobresaliente.

Esa misma tarde, ante mis síntomas y gracias a la implicación del médico de cabecera de mi marido -ojo, que no me conoce de nada-, se me prescribe la realización de una PCR en el Hospital Gil , una petición que la pediatra de mis hijos les haría extensiva a la mañana siguiente y que también se pautó para su padre, aunque estuviese completamente asintomático. Por tanto, y por la diligencia del centro de salud de A Estrada, el mismo día en que recibí esa primera llamada de alerta tuve hecha la prueba y, al día siguiente, se le practicaría al resto de mi familia.

A la cola

Simplemente aluciné cuando vi la cola. La realidad me dio un sopapo. La prudencia me ha recomendado un verano de andar por casa. He adoptado todas las precauciones, con la mascarilla bien colocada, poco terraceo y distancia social. Sin embargo, aquí estaba, esperando turno en el interior de mi coche como quien aguarda el momento de cantarle al micrófono las hamburguesas que recogerá en la ventanilla del fondo. Los últimos datos sobre los rebrotes tomaron cuerpo ante mis ojos y no tardarían en hacerlo en la profundidad de mi nariz.

Al César lo que es del César. El de A Estrada no es un espejo en el que se miren todos los centros de salud. He podido comprobarlo, sin ánimo de establecer comparaciones que siempre resultan odiosas. La realidad canta. A mi madre, con factores de riesgo ante la Covid-19, le tocó compartir esta experiencia con nosotros. Sin embargo, sus llamadas al centro de salud de Sigüeiro (Oroso, A Coruña) no tuvieron una respuesta, ni mucho menos, parecida. Trasladó el deseo de hablar con su médico -tras intentar conseguir cita y no encontrar un hueco hasta una semana después- para informarle de la situación e indicarle que tenía un dolor de cabeza que empezaba a preocuparla. Ni siquiera consiguió que la pasasen con su doctora, ni más empatía en su interlocutora que las nueve cifras que componen el teléfono de información sobre el coronavirus en Galicia. Desde aquí le envío a esta trabajadora mis más irónicas gracias y le deseo que encuentre la misma utilidad en la respuesta cuando sienta suya la incertidumbre. Simplemente bochornoso.

Cualquiera puede comprender que la cosa se está saliendo de madre. No hay que formar parte de un comité de expertos para percibirlo y entenderlo. En los últimos días no puedo quejarme, a grandes rasgos, de la atención del Sergas. Nos han hecho seguimiento, siempre amable y preocupado, pero no he encontrado en este servicio la tranquilidad y las respuestas que necesitaba en las primeras horas de este encierro. De nuevo, mi más sincero reconocimiento y agradecimiento he de dirigirlo a los profesionales de A Estrada, con sus nombres propios y un protocolo bien entendido.

Me reconforta profundamente saber que ni siquiera tiene que ver con el trato cercano que uno pueda tener con su médico de familia; enorgullece comprobar que esta sería la respuesta que encontraría cualquier paciente. El facultativo que sustituía a mi doctora -otra vez sin haberme visto nunca delante- me llamó al día siguiente de mi PCR a las 08.30 horas de la mañana. En un gesto de absoluta humanidad, me pidió perdón por las horas y me confesó que no pudo ni quiso reprimir su deseo de compartir conmigo de inmediato las buenas noticias del resultado, entendiendo que estaría intranquila. A esto en mi pueblo se le llama empatía. El impersonal sms del Sergas llegaría después. Sin embargo, el sistema se tomó el fin de semana libre, olvidándose de remitirnos un simple mensaje con los resultados de mis hijos y mi marido. No nos confirmaría el negativo hasta más de 72 horas -tres días- después de la prueba. Tendría que ser, nuevamente, el ambulatorio de A Estrada el que se adelantase y nos ofreciese la respuesta que necesitábamos.

Dos a falta de una

La persistencia de mis síntomas hizo que mi doctora recomendase una segunda PCR. De las cinco personas que compartimos este encierro, las cuatro de A Estrada fuimos sometidas a la prueba. En estos momentos, enfilando los últimos días de confinamiento, mi madre -centro de salud de Oroso-, no tiene hecha ni la primera. Ni se la espera. Las comparaciones serán odiosas, pero evidencian diferencias donde jamás debería haberlas. Me consta que en este caso se dieron muchas otras y más graves, durante un fin de semana en el que una máquina vomitaba en bucle el mismo mensaje a quien tenía motivos más contundentes que yo para el desasosiego.

Uno de los efectos de la Covid-19 es la soledad. Es un rasgo más de su crueldad. El enfermo ha de estar aislado de aquellos a los que más añora. Sufre solo y, en el peor de los casos, muere solo. Tengo la suerte de haber vivido esta experiencia desde la salud, con el único fastidio de verme encerrada en unos días pensados para recompensar meses de trabajo. Y no ha sido un año fácil para nadie. Si la soledad termina siendo un síntoma de esta odiosa enfermedad que ha puesto nuestras vidas patas arriba, solo me queda pedir a quien corresponda que se adopten los mecanismos y se dispongan los recursos necesarios para que aquel que se ve condenado a estar en una habitación a la espera de un resultado no se encuentre completamente abandonado.

La tranquilidad no puede irse de fin de semana, por mucho que sea agosto o por muy desbordados que estemos. Son tiempos en los que la empatía tiene que pesar tanto como la eficiencia. La Sanidad tiene que ser humana, no matemática. Sobran números y faltan nombres. A Estradatiene en su centro de salud nombres que yo no olvidaré. Me acordaré de las respuestas que me ofrecieron Luis Sanmartín, Carmen Túñez, Iria Otero, Juan Sánchez y el entrañablemente madrugador doctor Sueiro. En estos tiempos difíciles, me enorgullece decir que A Estrada ha dado positivo en el test que mide la valía y la gestión para plantar cara a un enemigo deleznable. Solo queda aguardar que este resultado sea igual de contagioso.