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Póntela, pónsela

La mascarilla se ha convertido en un complemento obligatorio pero la población todavía comete errores de uso

Póntela, pónsela

Póntela, pónsela

Han pasado varias décadas desde aquella revolucionaria campaña publicitaria. Póntelo, pónselo. El mensaje era sencillo y tremendamente gráfico, buscando la promoción del uso del preservativo para prevenir el VIH. El eslogan caló hondo, tanto que se viene a la mente a la hora de hablar, más de 30 años después, de otro material farmacéutico que ha invadido las calles y espacios públicos del país como medida de protección contra otro virus, el tristemente famoso SARS-CoV-2. Solo habría que cambiar dos letras y el consejo, ahora referido a las mascarillas, seguiría siendo tremendamente útil.

Las mascarillas irrumpieron hace solo unos meses en la vida cotidiana. Comenzaron haciéndolo a cuentagotas y, en un primer momento, casi con cierta timidez. Sin embargo, desde hace pocos días su uso es obligatorio en espacios públicos cerrados y también en la calle, cuando no se puede asegurar el mantenimiento de la distancia de seguridad de dos metros. Pese a que ya es un complemento indispensable, la población todavía comete muchos errores en su manejo y colocación. Ni que decir tiene que los bulos y recomendaciones que proliferan como setas tampoco ayudan mucho.

Desde la farmacia Eirín de A Estrada se apunta que entre los errores más comunes que se están detectando entre la población se encuentran la mala colocación de la máscara -con la nariz por fuera, en la cabeza o en el cuello para poder hablar o respirar con mayor libertad-; la tendencia a tocar el centro de la mascarilla, contaminándola con solo un gesto o un uso demasiado prolongado de la misma. En un intento de que las otrora altamente escasas mascarillas duren más, algunos ciudadanos exceden con mucho su vida útil, lo que podría ocasionar una falsa creencia de protección. Ni que decir tiene que llevar la nariz por fuera equivale, prácticamente a no llevar mascarilla, del mismo modo que portarla en plan bufanda o reservarle el socorrido espacio tantas veces asignado a las gafas de sol supone desviar los posibles virus a otras partes del cuerpo para después volver a cubrir nariz y boca.

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Los mitos y errores en cuestión de limpieza también son frecuentes. Pulverizar hidroalcohol o cualquier otro producto de limpieza no es una opción, en la medida en que el agua desestructura la mascarilla. Tampoco es válida la creencia de que sirve con someterlas a altas temperaturas en el horno o la secadora. Muchos optan por colocarlas al sol, bien sea en el tendal o, incluso, en el retrovisor del coche. Desde la Farmacia Eirín se explica que, en caso de querer reutilizar los modelos que no son lavables, la única recomendación aceptada es poner la mascarilla en cuarentena, al menos una semana, con la intención de que el virus se inactive.

A estas alturas de la película, muchos podrían ofrecer una clase magistral sobre tipos de mascarillas, soltando una retahíla de códigos que ya se han hecho hasta familiares. En las farmacias se pueden encontrar las reutilizables (también llamadas higiénicas), que se pueden lavar hasta 20 veces a una temperatura elevada. Filtran de manera parcial pero evitan la diseminación de las gotitas de la nariz y la boca. Señalan que si la mascarilla tiene costuras, no filtra, aunque siempre es mejor que nada. Después están las quirúrgicas que, según explican, filtran mucho más que las de tela y tienen una vida útil de 4 a 6 horas. Las reinas de la protección son las FFP2, más para un uso profesional o para llevar en situaciones de mayor riesgo. En todo caso, si no se puede garantizar la protección, la primera recomendación es básica: distancia. Que corra el aire.

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