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Amador Outón Soto: "Hacía pasadas con el Phantom F-4 sobre Donsión para poder saludar a mis padres"

"Durante un vuelo nocturno un ovni me dejó atrás como si fuera un Porsche adelantando a una bicicleta"

Outón junto a los emblemas militares de su casa. // Bernabé/Javier Lalín

Outón junto a los emblemas militares de su casa. // Bernabé/Javier Lalín

El Ala 12 es una de las unidades principales del Mando Aéreo de Combate (Macom) del Ejército del Aire de España, ubicada en la Base Aérea de Torrejón, a 23 kilómetros de Madrid. Amador Outón Soto es un piloto lalinense retirado que sirvió en esta unidad volando con los emblemáticos Phantom F-4. Retirado, el comandante Outón centra ahora sus esfuerzos en restaurar la casa en la que vivieron sus padres (ambos eran maestros), donde espera pasar el resto de su vida junto a su esposa lejos de los reactores. Amador Outón luce con orgullo en una de las puertas de la vivienda la mascota del Ala 12, un gato, y el lema "Nunca le busques tres pies al gato" de la unidad.

-¿Cómo se le ocurrió estudiar la carrera de piloto militar?

-Fue algo extraño, y sucedió de la noche a la mañana. Yo estaba estudiando en los jesuitas de Vigo, y en cuarto empecé a preguntarme qué iba a hacer de mi vida. Como mi abuelo era médico, mi madre quería que alguno de sus hijos siguiera la tradición, pero a mí lo de la medicina me asustaba un poco. Teníamos un padre prefecto alemán en los jesuitas que era tremendo y de una disciplina casi hitleriana. En el colegio había un chico que venía de Madrid cuyo padre era piloto, me hice amigo de él y me habló de los aviones. Yo le dije que siempre quise ser piloto pero no sabía qué había que hacer y le pide que le preguntase a su padre cómo hacer. Fui a hablar con el prefecto para explicarle que quería ser piloto, me dijo que me fuera y salí asustado del despacho. Al poco tiempo me apareció con un boletín oficial donde venía toda la convocatoria, la leí y me pareció chupado. Después resultó complicado entrar y en la academia me dieron caña por todos los lados.

-¿Qué tuvo que hacer para entrar en el Ala 12 como piloto?

-Yo siempre quise pilotar un caza, aunque toda mi ilusión era irme a Iberia. Mi primer destino fue Jerez de la Frontera, y poco después vinieron los Phantom para España e los años 70. Nos llevaron de visita a Getafe para verlos y me impresionaron. El Phantom es un avión muy grande y con un poderío armamentístico importante, una auténtica fortaleza volante. Me gustó tanto que empecé a hacer lo posible para entrar en el Ala 12. Me lo tuve que trabajar mucho porque era imposible ir. Hacían falta más de quinientas horas de reactores pesados, y el único que había entonces era el Phantom, y la única forma de hacerlas era irse a Talavera, a la escuela de reactores. El Phantom tiene dos plazas, la de piloto y la del operador de armas, y aproveché unas plazas para la cabina de atrás para poder subirme a un Phantom.

-¿Consiguió pasar a la cabina delantera del cazabombardero?

-En el Ala 12 estuve unos doce años, y cuando vinieron los F-18 el coronel no me dejó hacer el curso porque tenía el mando cumplido. Al poco tiempo de llegar pude pasar a la cabina delantera, y pienso que fui uno de los que más horas de Phantom hizo en mi promoción. Al año siguiente de llegar ya estaba muy suelo yendo delante.

-¿Entró alguna vez en combate con su cazabombardero F-4?

-En combate real nunca, pero en combate simulado todos los días. Hacíamos distintos tipos de ejercicios incluso con los americanos, simulando que ellos atacaban una zona de la península, y nosotros teníamos que defenderla haciendo interceptaciones. Nunca tuve que lanzarme en vuelo, aunque sí tuve compañeros que tuvieron que hacerlo y otros que se han pegado contra el suelo. Llegué a ser jefe de operaciones porque ascendí y me quedé. Yo fui jubilado voluntario en una época en la que se fue mucha gente y lo dejé como comandante.

-¿Solía volar mucho por cielos gallegos en esos años?

-Cuando entramos en la OTAN estuve varias veces en Alemania, Inglaterra y en otras partes de Europa. Por supuesto, volábamos por todo el territorio nacional, haciendo prácticas de tiro, por ejemplo, en Teruel. Recuerdo que cuando había que venir hasta aquí cerca, en Noia, siempre me presentaba voluntario para poder ver a mis padres. Hacía pasadas con el Phantom F-4 sobre Donsión para poder saludarlos. Solía hacer un par de ellas sobre la finca, y recuerdo ver a mi madre con el mandil cuando pasaba.

-¿Existen los ovnis?

-Por supuesto que existen. Hablo en el sentido estricto del término, es decir como objetos voladores no identificados. En la aviación civil hay muchos casos documentados, pero en la militar también. Yo fui testigo de un encuentro con uno de ellos cuando hacíamos prácticas de tiro en la provincia de Teruel durante un vuelo nocturno. En esa ocasión un ovni me dejó atrás como si fuera un Porsche adelantando a una bicicleta. Nos vino de frente, preguntamos al Centro de Operaciones de Combate, al que llamamos Pegaso, si sabían qué era eso que venía hacia nosotros y nos dijeron que el radar no aparecía nada. Lo perseguimos durante un tiempo hasta que desapareció. Recuerdo que la estela que dejó fue visible hasta la una de la mañana. Hay muchas teorías sobre esto de los ovnis. Incluso se habla de posibles aparatos que se fabrican sin que nadie sepa de su existencia y que esos encuentros se podrían producir durante sus pruebas. Ya te digo que los avistamientos en la aviación civil son abundantes.

-¿Es complicado cambiar la cabina de un cazabombardero por la de un avión de pasajeros?

-Date cuenta de que la mayoría de la gente de Iberia había pertenecido antes al ejército. El ambiente era parecido. Cuando yo llegué a Iberia uno de los jefes era un general que había estado antes en Torrejón de Ardoz. Primero me fui a la empresa de Abel Matutes porque en Iberia no querían gente con más de 30 años. Matutes tenía Mystère, aerotaxis y carga, y quería crecer, hacer una compañía grande. En Iberia empecé con DC9, después trajeron los MD y tuve la suerte de ir a buscarlos a Los Ángeles. Después comprendí que no me gustaban los vuelos transoceánicos porque me cansaban muchísimo. Después te pasas dos o tres días sin dormir por culpa del archiconocido jet lag, que a mi me alteraba tanto que me dejaba destrozado durante días. Menos mal que después te daban vidas libres para recuperar.

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