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Natación

Miguel vuela en busca de su efecto mariposa

El nadador vigués busca reencontrase consigo mismo en los Juegos del Mediterráneo tras pasar un 2025 complicado y con problemas personales que lo llevaron a dejar la Blume de Madrid para soñar con Los Ángeles 2028

El canterano del Náutico está concentrado en San Cugat con el resto de la selección española.

El canterano del Náutico está concentrado en San Cugat con el resto de la selección española.

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Borja Refojos

Borja Refojos

Vigo

Dicen que el aleteo de una mariposa en una parte del mundo puede desencadenar un huracán en la opuesta pasado un tiempo. Miguel Martínez Novoa es experto en desplegar las alas para moverse por el agua como esos hermosos insectos por el cielo. Y también ha llegado a la conclusión de que para obtener resultados diferentes, debe hacer cosas diferentes. Por eso decidió abandonar la Blume y el Centro de Alto Rendimiento de Madrid tras cinco años. Quedarse fuera del Europeo que estos días se disputa en París fue el detonante. Pero la decisión venía gestándose desde hace mucho tiempo.

«El año pasado fue complicado para mí a nivel personal. Tuve problemas familiares y a nivel deportivo fue difícil. Se sumaron muchos factores», explica el nadador vigués tras descolgar el teléfono al otro lado de la Península. Martínez está en San Cugat, concentrado con la selección española para preparar los Juegos del Mediterráneo que se celebran en la localidad italiana de Taranto del 21 de agosto al 3 de septiembre. «Voy preparado para hacer las cosas muy bien», explica.

Lo dice con ilusión. No es para menos. Esta cita es un nuevo comienzo para el que en su día fue dueño del récord de España del 200 mariposa. Es momento de levantar el vuelo. Desgraciadamente, para llegar hasta ahí, Miguel ha tenido que perder altura. Ese 2025 con problemas personales no terminó del todo mal en la piscina. Por eso decidió darse otra oportunidad y pelear por clasificarse para el Europeo. No lo consiguió y cumplió la promesa que se hizo a sí mismo: «En febrero, tomé la decisión de que si no me salía la competición principal, tendría que dar un paso hacia otro lugar», explica.

«En Vigo es donde estoy bien, a gusto y cómodo; estar con mi familia me ha ayudado»

Ese nuevo hogar está aún por elegir. Lo hará pronto porque a principios de septiembre debe estar entrenando de nuevo. Maneja varias opciones y tras los Juegos del Mediterráneo decidirá con calma. «Yo me pienso mucho las cosas y esto no es un movimiento para un año. Es para el largo plazo», advierte

Atrás queda un lustro en Madrid que fue de más a menos. «En los últimos dos años no fui capaz de replicar mis mejores marcas. Algo no funcionaba. Y si el programa no cambia, tengo que cambiar yo y tirar para delante», enfatiza.

A través del teléfono, se adivina cierto alivio en el hilo de voz de Miguel. «El año pasado trasladé al agua los problemas por los que pasé», apunta. No es sencillo. La descomunal exigencia del deporte de élite, la competitividad perenne, lo absorbente que puede llegar a ser.

«Le pedí ayuda a mi entrenador de toda la vida, Sergio Silva; le estoy muy agradecido porque ha hecho un sacrificio gigante»

Todo esto, lejos de tu lugar seguro, que tuviste que abandonar para luchar por un sueño. «Vivir en Madrid conlleva bastantes sacrificios. No es fácil», reconoce Martínez. «Yo soy un tío que siempre tira para casa. Cuando tenía un fin de semana libre, siempre iba a desconectar a Vigo porque es donde estoy a bien, a gusto y cómodo. Estar con mi familia me ha ayudado», confiesa con sinceridad.

A veces, solo hace falta regresar al principio para volver a comenzar desde el punto de partida. Para reencontrarte con quien un día fuiste. Para volver a visualizar desde la rampa de salida quién quieres ser. Eso hizo Miguel. Después del clasificatorio, dejó por completo su grupo de entrenamiento. Se fue de Madrid al mejor sitio que uno puede ir cuando tiene una herida. Sea en el cuerpo, sea en la mente, sea en el corazón. El canterano del Náutico se refugió en Vigo y pidió ayuda a su entrenador de toda la vida. Y Sergio Silva no dudó un solo instante en echarle una mano a su pupilo. «Se comprometió conmigo y me llevó la preparación en el mes de julio», revela

«Todo el trabajo que hice en Madrid tuvo un sentido pero siento que todavía no he visto su fruto»

Así, al calor del verano, Miguel trabajó diariamente con su maestro de siempre en la piscina olímpica de Pontevedra. No fue sencillo, pero sí satisfactorio. «Fue un mes entrenando solo, con Sergio tirando de mí. Resultó sacrificado, pero creo que va a dar resultados», añade con optimismo.

Ese enfoque positivo es el primer paso de su nuevo camino. De su renacer. Y necesario. Sobre todo porque, como él mismo reconoce, lo había perdido tras no lograr meterse en ese anhelado Campeonato de Europa. «Al terminar el clasificatorio, igual no tenía la mejor actitud del mundo», confiesa con ese punto de timidez del que sabe que pudo haberse equivocado. No pasa nada. Un error no es más que una oportunidad de aprender. Y así lo hizo. «Sergio me cambió el chip para ver las cosas con otro enfoque. Le estoy muy agradecido porque ha hecho un sacrificio gigante para sacar este mes adelante», reconoce con un punto de emoción.

La misma que siente al levantar la vista y mirar hacia adelante. Lo peor ya ha pasado. Ahora solo queda abrir las alas y volar. «Todo el trabajo que hice en Madrid tuvo un sentido, pero siento que todavía no he visto su fruto», apunta. Miguel quiere recogerlo dentro de dos años. «Estamos a mitad del ciclo olímpico y voy a tener mis opciones de pelear por ir a Los Ángeles», concluye deseoso de que su aleteo desate un huracán. Con fe en el efecto mariposa.

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