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Kevin Keegan, un estallido de color en un mundo gris

Esta semana un cáncer se llevó al gran Kevin Keegan a los 75 años. Durante las próximas semanas se sucederán los homenajes para quien merecería ser considerado el jugador de los años setenta. La historia del Liverpool no se entiende sin él

Keegan salta a Anfield con la camiseta del Liverpool.

Keegan salta a Anfield con la camiseta del Liverpool.

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Juan Carlos Álvarez

Juan Carlos Álvarez

Vigo

El 7 de mayo de 1984 un helicóptero aterrizó en el césped de St James Park ante la mirada atónita de los cerca de cuarenta mil espectadores que llenaban el estadio para despedir, como merecía su grandeza, a Kevin Keegan. El futbolista tenía 33 años y perder ese metro de ventaja que siempre sacaba a los defensas era una señal de que su hora había llegado. No quería cambiar ni reciclarse en otra clase de futbolista; su misión era ser Kevin Keegan hasta el último día de su carrera. El Newcastle y el Liverpool se reunieron para jugar un partido amistoso y a la conclusión del mismo, vestido con el equipaje negro y blanco de las “urracas”, Keegan se subió al helicóptero con las botas aún en los pies y desapareció mientras el estadio era un mar de lágrimas. Ya nunca le volverían a ver corriendo detrás de un balón ni atormentando defensas para felicidad de los diferentes y variopintos compañeros de ataque que se aprovecharon de su generosidad y habilidad.

Como alguien dijo esta semana de tristeza por su muerte Keegan fue un estallido de color en un mundo gris. Su historia comenzó en el modesto Scunthorpe, donde también jugaba el portero Ray Clemence que sería su compañero en el Liverpool. Nieto de emigrante irlandés e hijo de un minero que adoraba al Newcastle, era un torbellino de energía de poco más de metro setenta que entrenaba con la misma fiereza que jugaba, lo que provocó más de una reprimenda de los defensas veteranos de Scunthorpe que sentían que los ponía en evidencia sin necesidad. Su físico, fibroso como el de cualquier deportista de élite de la actualidad, no era el de un futbolista de finales de los años sesenta. “Vas a pegarle y no lo mueves” decía de él Jones, su capitán. Ese carácter sumado a la facilidad para encontrar la portería rival hizo que el Liverpool llamase a su puerta. Quedaban lejos los tiempos en los que más de uno le recomendó convertirse en jockey debido a su tamaño. Se presentó en Anfield junto a Ron Ashman, el entrenador en el Scunthorpe, para negociar su traspaso. Durante dos horas permaneció en la puerta del estadio, sentado sobre un cubo de la basura, mientras en las oficinas Bill Shankly y Ashman le ponían precio a sus piernas. Acordaron el traspaso por 31.000 libras, una cifra considerable para el modesto Scunthorpe y una operación redonda para el Liverpool. Shankly, que no había visto a Keegan en directo pero le sobraban informes que recomendaban su contratación, le estrechó la mano con firmeza y se limitó a decirle: “Mañana entrenamos a las diez”.

Keegan celebra un gol con el Newcastle.

Keegan celebra un gol con el Newcastle. / FDV

La llegada de Keegan a Anfield fue una bendición para los “reds”. Doce minutos tardó en marcar su primer gol con esa camiseta; lo hizo en el partido de su estreno ante el Forest. En seis temporadas con esa camiseta el salto de calidad del equipo fue tan grande como inesperado. La sala de trofeos tuvo que hacer espacio con urgencia porque empezaron a acumular títulos a toda velocidad. En esos seis años el Liverpool ganó tres Ligas, una Copa, dos Community Shield, dos Copas de la UEFA y una Copa de Europa. Para un equipo que no estaba tan acostumbrado a sumar títulos, aquello fue como un festival. Y Keegan estaba en el centro de todo. Había hecho una pareja en ataque estupenda con Toshack, un delantero que era justo lo contrario a él pero con quien demostró esa habilidad innata para formar sociedades devastadoras para las defensas. El punto culminante de aquella historia tuvo lugar en la final de la Copa de Europa de 1977 contra el Borussia Moenchengladbach. Esa tarde el Liverpool se impuso por 3-1 para conquistar su primer entorchado continental. Keegan no marcó pero volvió loco a Bertie Vogts y fue clave en el resultado final. Los aficionados celebraron enloquecidos pero también lloraron porque ese partido era el punto final de una historia. Hacía semanas que Keegan había decidido marcharse al Hamburgo después de que ambos clubes acordasen una venta por medio millón de libras. Era un tipo inquieto que se alimentaba de nuevos y variados retos, pero antes de firmar quería estar seguro de que el Liverpool se quedaba en buenas manos y solo cerró la operación cuando el club le comunicó que acababan de contratar a Kenny Dalglish, el mejor recambio posible para él.

En Hamburgo Kevin Keegan se transformó en más que un futbolista. Allí la sociedad exitosa la formó con otro delantero gigantón y torpe con los pies, Horst Hrubesch. Pero su explosión como estrella mediática se produjo en la Bundesliga. Cambió su imagen y su permanente se convirtió en el peinado de moda en el fútbol mundial y hasta Maradona, que lo consideraba uno de sus grandes ídolos, quiso llevar el pelo como él. Hizo sus pinitos como cantante y comenzó a multiplicar sus apariciones en anuncios de televisión hasta el punto de que sus días de descanso siempre los pasaba en Inglaterra atendiendo compromisos publicitarios. Pero su rendimiento en el campo nunca bajó hasta el punto de que con la camiseta azul del Hamburgo consiguió ganar dos veces seguidas el Balón de Oro (el tercer inglés que lo lograba tras Stanley Matthews y Bobby Charlton). Pero no se quedó ahí. En 1979 condujo al equipo a la conquista de la Bundesliga, algo que no había sucedido en veinte años. Se le escapó la final de la Copa de Europa que perdieron un año después en el Bernabéu contra el Nottingham Forest de Brian Clough, una de esas derrotas que le abrieron una herida imposible de cerrar. Y como ocurriera en su etapa en el Liverpool en otra final de la máxima competición continental encontró el punto final a una etapa en su vida.

Keegan apareció entonces donde nadie podía imaginar. McNemeny, el entrenador del Southampton, necesitaba una luminaria para su nueva casa que solo se podía encontrar en Alemania y se le ocurrió llamar a Keegan para pedirle el favor de que se la trajese en uno de sus viajes. Y aquellas conversaciones sobre iluminación y repuestos desembocaron en su compromiso con el modesto Southampton. La historia tiene su gracia porque McNemeny consiguió mantener en secreto la operación y convocó a la prensa en un hotel bajo el pretexto de que iba a hacer un anuncio que cambiaría la historia del club. Nadie tenía la menor idea de lo que estaba a punto de suceder. De repente, en una sala repleta de periodistas rebosantes de intriga alguien llamó a una puerta y por ella asomó Kevin Keegan en medio de la conmoción general. Una operación exitosa para el Southampton que sin embargo no tuvo traslado al terreno de juego porque Keegan no acabó de encajar en las limitaciones de aquel club. Pero como futbolista del Southampton compareció en su único Mundial, en el de España. Buena parte de las opciones de los ingleses estaban puestas en “un tipo que va peinado como un caniche” como dijeron con cierta gracia en los medios de comunicación de su país. Y Keegan llevó a Inglaterra a las puertas de las semifinales. Se le escaparon por culpa de un empate sin goles en el Bernabéu ante una España que no se jugaba nada. Tuvo el gol en un cabezazo franco “que he marcado mil veces en mi carrera” pero ese día lo envió fuera. Ese mismo año cerró su etapa en la selección.

Paso al Newcastle

Pero a Keegan le esperaba aún un reto por cumplir. Era un desafío y al mismo tiempo una deuda personal. En 1982 tomó la decisión de marcharse al Newcastle, el equipo del que su padre era devoto aficionado y por el que siempre había sentido una simpatía especial. Tenía 31 años, aún podía encontrar retos más ilusionantes, pero no le importó bajar a Segunda División para ayudar a levantar al club que desde pequeño condicionaba ánimo de su casa. Fue recibido con el lógico entusiasmo en St James Park, el estadio al que había acudido en alguna ocasión de niño. En su primera temporada el Newcastle finalizó en quinta posición y sus más de veinte goles fueron insuficientes para lograr el objetivo con el que había firmado por ellos. Pero no hubo que esperar mucho. Un año después Keegan llevó a las “urracas” al ascenso a Primera y de alguna forma aquello fue como una liberación personal para él y para su trayectoria. Se sentía en paz consigo mismo y con su obra.

Keegan y Maradona, durante un amistoso entre Argentina e Inglaterra.

Keegan y Maradona, durante un amistoso entre Argentina e Inglaterra. / FDV

Al mismo tiempo estaba algo cansado y sobre todo le dolía esa sensación de que ya no era el torbellino que despedazaba defensas con esa mezcla de habilidad y potencia que lo hacían diferente y que provocaron que en sus primeros años en el Liverpool le apodasen “Mighty Mouse” (Súper Ratón). Fue por ello que a final de la temporada 1983-84 decidió que era el momento de echar el cierre a su carrera. Le intentaron convencer de que jugase al menos una temporada en Primera con el Newcastle, pero no hubo manera de convencerle. “Este es el mejor final posible. Si juego un partido más empezaré a estropearlo”. Fue entonces cuando el Liverpool acudió a St James Park al partido amistoso de mayo de 1984 en el que Kevin Keegan fue visto por última vez vestido de futbolista, con las botas puestas, subiéndose a un helicóptero del que descendería convertido en leyenda.

Keegan se marchó a vivir a Marbella y durante mucho tiempo educó a sus dos hijas tratando de evitar que supiesen que su padre había sido uno de los jugadores más grandes de la historia de Inglaterra. Evitó por ello contacto con el fútbol durante casi una década. Le rescató de esa situación otra vez el Newcastle cuando lo llamó para dirigir el equipo entre 1992 y 1997. Fueron cinco años extraordinarios en los que el equipo blanquinegro jugó un fútbol espectacular que les llevó a rozar el título de Liga en 1996. Fue aquella la temporada en la que desperdiciaron una ventaja de doce puntos ante el Manchester United de Alex Ferguson. Posiblemente la temporada más triste de su carrera. Un día de broma dijo que “sabía que había algo por lo que no debería haber vuelto al fútbol. Era esto”. Tuvo un breve paso por la selección, sacó al Manchester City de Segunda y como colofón de su vida regresó al Newcastle un breve lapso de tiempo. Y se ha pasado los últimos quince años en un cómodo segundo plano, sin opinar de más, sin molestar, disimulando cuando la gente lo señalaba por la calle. Un cáncer de estómago, casi fulminante, se llevó hace una semana a una de las mayores leyendas que Inglaterra ha sido capaz de producir, un futbolista que siempre fue un estallido de color.

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