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La última lección del viejo maestro

España ejecutó sobre el seco césped del MetLife el partido que Luis de la Fuente había imaginado en su pizarra. A Scaloni, sin duda un gran entrenador, le quedaba por recibir una úlltima dosis de sabiduría de su antiguo profesor

Paredes tira al suelo a Gavi en una tangana al final del partido. | ANGEL COLMENARES

Paredes tira al suelo a Gavi en una tangana al final del partido. | ANGEL COLMENARES

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Armando Álvarez

Armando Álvarez

Vigo

Un maestro, como un padre, habita más allá de sí, en la simiente que florecerá en sus alumnos. Y aún se alegrará de que estos lo sobrepasen. Pudiera parecer que Lionel Scaloni, aquel jugador asomado a su retirada, ávido de conocimientos, había superado a Luis de la Fuente, que lo instruyó en la escuela de entrenadores. Había revelado incluso que el propio De la Fuente le había solicitado consejos tras asumir el cargo en la absoluta.

Scaloni tiene un mérito extraordinario. La riña navajera que planteó ayer no se lo discute. Ha construido una Argentina competitiva sobre los rescoldos, cierto que geniales, de Messi. Varias generaciones mucho más talentosas –la nómina impresiona– habían fracasado desde el Mundial de 1990. Él, con mucho peor material, ha añadido otra estrella a la camiseta y un par de Copas Américas.

Cuando Scaloni ganó el Mundial de Catar en 2022, De la Fuente dirigía a la selección sub 21. Un cargo en el que jubilarse tras toda una vida en las categorías inferiores de la federación. Su sorpresiva promoción se antojó de transición tras la etapa de Luis Enrique, su antítesis en carisma y prestigio. Hoy se contempla como un momento clave en la historia del fútbol español.

De la Fuente se ha revelado como un estratega asombroso. Ha respetado la cultura del toque pero verticalizando el juego, como en la Eurocopa, para aprovechar a sus jugadores diferenciales, los extremos. Y ha sabido retocar su fórmula en este Mundial para remediar la menor efervescencia de estos. Ha modulado las alturas y los ritmos. Ha convertido en calma el vértigo. Su selección ha sido, como él mismo afirmó, realmente un equipo; mucho más que la simple suma de sus individualidades.

A Scaloni, en fin, le quedaba por atender a una última lección de su maestro. España volvió a manejar el balón igual para la defensa que para el ataque. Resistió a la impaciencia y la desesperación. Buscó por fuera y encontró por dentro. Se jugó siempre a lo que De la Fuente había diseñado. Ningún rival había sido tan superior a otro en una final del Mundial desde Brasil ante Italia en 1970. La estadística más simple es suficientemente elocuente: veinte disparos contra dos.

La mentalización

Los partidos se representan sobre el césped, pero se guionizan en la cabeza. Cada contendiente había iniciado la final en los días previos; también España, con su presión al árbitro para que penalizase la violencia de baja intensidad que Argentina practica con astucia. Los argentinos no estuvieron tan ásperos como ante Inglaterra, también porque los españoles, más de asociación que de conducción, resultan más difíciles de cazar. Trufaron el partido, sin embargo, de provocaciones. En ninguna cayeron los españoles. A nadie descentraron. España, de hecho, teatralizó un tanto sus dolores para evidenciarlos. También en el juego mental se impusieron salvo por el ataque de pánico de los últimos instantes, que se puede comprender. Nada más humano que el miedo a perder aquello que uno ya siente como suyo.

Un jugador de época

Messi se asoma a la retirada y aboca a Argentina a una mudanza complicada. Nunca se digiere con facilidad el adiós de un coloso. Varios astros españoles recién inician su madurez o ni siquiera. Son los 30 años de Rodri lo único que puede abreviar una larga década de hegemonía española. El madrileño ha cumplido los plazos habituales tras la rotura del cruzado. Al año de convalecencia se le suma otro de recuperación. El fútbol, tan obnubilado a veces con los delanteros, ha sabido premiar en esta ocasión a un pivote de época. Ni una sola vez se equivocó de ubicación o tomó una mala decisión en toda la final. A ningún conato de incendio dejó de acudir. Incluso compartió con De la Fuente –otro rasgo que ensalza al técnico– las charlas durante las pausas de hidratación. Rodri controló el tiempo y el espacio.

Un final feliz

Difícilmente Argentina hubiera creado moda en caso de imponerse a los penaltis –el único escenario en que su victoria era concebible–. La resistencia honra en cierta médida el carácter nacional, pero siempre han necesitado a genios que dotasen esa épica de sentido. No se pueden cultivar ni manufacturar a los Messis y Maradonas. La victoria de España sí que envía un mensaje pedagógico al planeta. Aunque con menos calidad que los campeones de 2010, han logrado el título con mayor holgura. Lo han conseguido desde un respeto al juego que sí se puede inculcar en las escuelas.

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