Primer gallego campeón del mundo con España
Borja Iglesias, el niño que quería ser Fernando Torres
Se convirtió ayer en el primer jugador gallego campeón del mundo con la selección española. Y el primer jugador del Celta en activo que alcanza este logro. El delantero, que ha tenido un papel testimonial en el torneo (jugó dos minutos), recoge el premio a sus dos grandes años con la camiseta celeste.

Borja Iglesias levanta el trofeo en presencia de Dani Olmo. | EFE
La próxima vez que alguien quiera hablar de gallegos campeones del mundo ya no habrá que referirse a aquellos Pedro Cea y Lorenzo Fernández, redondelanos ellos, que en 1930 formaron parte de la selección uruguaya que consiguió el primer Mundial de su historia. Desde ayer el nombre de Borja Iglesias está impreso en letras de oro en la historia del fútbol gallego. El niño santiagués que soñaba con ser Fernando Torres ha terminado por tocar el cielo del fútbol. El primer gallego, el primer jugador del Celta en activo en conseguirlo.
Borja Iglesias ha tenido un papel muy secundario en el torneo. Su participación se limitó a un par de minutos en el descuento del partido de octavos de final ante Portugal. En esta selección donde los roles y las jerarquías llevan marcadas mucho tiempo, era difícil imaginar otra cosa. El céltico llegó con un rol determinado e incluso cuando los partidos parecían más favorables a sus condiciones (ese estreno contra Cabo Verde contra una defensa protegiendo su área como fieras) De la Fuente eligió otras opciones. En una convocatoria de veintiséis futbolistas como las actuales, son muchos los Borja Iglesias que hay en el torneo.
Pero la importancia del santiagués es haber estado allí. Formó parte desde hace años del grupo de De la Fuente y si algo ha demostrado el seleccionador es el cuidado del grupo, de esa “familia” de la que tanto habla. Y pocos integran un vestuario y lo cohesionan como Borja Iglesias. A su categoría humana ha añadido dos temporadas brillantes con el Celta que le catapultaron a la internacionalidad. La llamada del club vigués fue como si le hubiesen quitado cinco años a sus piernas. Después de una etapa complicada en el Betis, donde nunca llegó a conectar con Pellegrini, el regreso al Celta recuperó su mejor versión. La selección fue un premio añadido a ese magnífico trabajo y a la estabilidad emocional que le ha dado volver a jugar en casa. En este tiempo el fútbol español producía medios, jugadores de banda, pivotes, extremos puros… pero de repente la fábrica de “nueves puros” se cerró. Morata inició un declive imparable, jóvenes como Samu no acababan de asentarse y por las categorías inferiores de la Federación tampoco asomaba un futbolista deslumbrante que pudiese asumir la responsabilidad. En ese escenario Borja era un valor seguro, un futbolista en el punto justo de madurez, un compañero ideal para el vestuario, un especialista ante defensas cerradas y con calidad para asociarse con los armadores del juego. De la Fuente no tuvo dudas con él.
Personalidad
El premio de Borja lo es también a su personalidad, la que demuestra a diario cuando pone voz a sus ideas y aprovecha su estatus para defender aquello que cree justo y se revuelve contra abusos o situaciones que le parecen injustas. El santiagués está lejos del perfil clásico del futbolista que trata de esquivar aquellos asuntos más incómodos. “Quedar bien” es una de las asignaturas que parecen estudiarse en las escuelas de futbolistas donde se prima evitar todo aquello que pueda complicar la imagen de uno o ganarse enemistades. Al “panda” no le preocupa. Va de cara y jamás opta por el silencio si considera que tiene algo que decir (ayer mismo, horas antes de medirse a Argentina recordó que los precios fijados para la final eran “una vergüenza”). Rara es la pelea que renuncia a dar. Por eso atrae a unos y repele a otros. Lo demostró hace cuatro años cuando después del beso de Luis Rubiales a Jenni Hermoso se alineó de forma descarada con la reivindicación de la futbolista y de la selección femenina y, ante la abstención generalizada del fútbol masculino, anunció que no volvería a vestir la camiseta de la selección española. Aquello hizo crecer el odio hacia él y los chistes: “Renuncia a aquello a lo que no puede aspirar” decían entre risas. Hoy es él quien ríe, alborozado y feliz. Y con él disfrutan aquellos a quienes defendió como se ha visto en la reacción hace días de Jenni al verle o en el artículo escrito por Mariona Caldentey celebrando que las cosas le vayan bien a Borja. Y su importancia crece en muchos otros sentidos. Que se lo digan a aquellos famosos (Penélope Cruz, Javier Bardem...) que parecían más interesados en conocer y lucir la camiseta de Borja Iglesias que la de cualquier otra estrella de la selección española. Nada sucede por casualidad. Se lo ha trabajado y se lo ha merecido.
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