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El grito eterno del minuto 106

El auditorio de Castrelos, lleno a reventar, disfrutó, sufrió y se liberó con la Copa del Mundo que España conquistó en Nueva York

Castrelos entona el grito eterno del minuto 106: ¡Campeones del Mundo!

FdV

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Las luces de Navidad dejaron de ser ayer la única conexión palpable entre Vigo y Nueva York. Un grito unánime, estruendoso, liberador conectó el gol de Ferran Torres en el minuto 106 con un auditorio de Castrelos lleno hasta la bandera. El parque lideró la animación viguesa a la campeona del mundo, que también contó con un apoyo masivo en la Praza da Estrela, en muchos bares y en multitud de domicilios particulares volcados con una de las victorias más justas que se recuerdan. El fútbol colectivo, en toda su extensión, alcanzó la gloria en equipo. Dentro y fuera del terreno de juego. Dentro y fuera de México, Estados Unidos y Canadá. Dentro y fuera de Vigo.

Todo tras una final que comenzó de día y acabó de noche. Con el alcalde, Abel Caballero, ejerciendo de maestro de ceremonias ante los miles de espectadores que acudieron al auditorio. Todo empezó con nervios y con inquietud. Por el partido y por la extensa ceremonia previa. Lo mismo que en el descanso. Pero cuando la pelota comenzó a rodar, la sensación de superioridad era cada vez más mayor. Quizá no apaciguaba la ansiedad, pero sí la calmaba.

Ese dominio se acrecentó al máximo en la segunda mitad. Los aficionados, mayoritariamente gente joven, gozaban con el fútbol control de España. Pero el gol no llegaba. Cada fallo propio, cada parada del Dibu Martínez, cada minuto que pasaba sin inaugurar el marcador. Todo sumaba en una inquietud creciente, que soltaba rabia con cada patada argentina. Y fueron muchas.

Ese barro al que intentó llevar el encuentro el combinado albiceleste propició más nerviosismo. Más gritos de ánimo. Más «uys», más «el pase era el otro lado» y más «tira antes». Pero el paroxismo de esa mezcla entre indignación y reclamación llegó con la segunda amarilla de Enzo Fernández. Porque hasta que el futbolista del Chelsea no desapareció del terreno de juego, no hubo la certeza total de que Argentina iba a jugar con diez.

Eso dio paso a una prórroga nerviosa en Nueva York y nerviosa en Vigo. Ni en Castrelos ni en la Praza da Estrela había un ápice de calma. Ni en el entorno de Balaídos, donde la comunidad argentina residente en la ciudad siguió el encuentro, como hizo durante todo el Mundial. Esta vez, no bajaron a la explanada de la grada de Tribuna a celebrar porque nada que celebrar tenían. Y eso que en los últimos cinco minutos tuvieron sus opciones, con los dos únicos disparos de los que gozó la selección albiceleste en 120 minutos de final.

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Quedaba toda una prórroga. Era más necesaria que nunca la tranquilidad. Pero solo aplicaba a los futbolistas. Los aficionados tenían todo el derecho del mundo a subirse por las paredes. O por las gradas de Castrelos. O por donde sea. El caso era disfrutar del sufrimiento. Si es que eso era posible. Hasta que acabó el primer tiempo de la prórroga y la sensación de los penaltis empezó a crecer. Y a crecer. Y a crecer. Solo un minuto fue necesario para cortar de raíz ese sentimiento. Muchos gritos surgieron cuando Nico Williams tocó de cabeza atrás el centro de Pedro Porro. Fue el preludio al estallido supersónico. Un grito que rasgó el silencio camino de la segunda estrella.

El gol de Ferran Torres fue una alegría gigantesca. Pero pronto volvió la inquietud. Faltaba un cuarto de hora y tocó sufrir con el juego directo de Argentina. El nerviosismo alcanzó las cotas mayores antes de la liberación absoluta. El pitido final. El grito definitivo. La alegría absoluta en forma de la segunda estrella conquistada por una selección que representa a la perfección los distintos colores que pintan España. También a Vigo.

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