Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

historias irrepetibles

La insurrección de Antonio Rattín

Este fin de semana murió en Buenos Aires uno delos grandes caciques del fútbol argentino, Antonio Rattín , cuya polémica expulsión en el Mundial de 1966 durante un Argentina-Inglaterra después de reclamar un intérprete porque no entendía al árbitro dio origen al nacimiento de las tarjetas.

Rattín, a la izquierda, tras ser expulsado.

Rattín, a la izquierda, tras ser expulsado. / FDV

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Juan Carlos Álvarez

Juan Carlos Álvarez

Vigo

Antonio Rattín fue parte esencial de la historia de los mundiales y el responsable de que el fútbol tuviese que inventar las tarjetas para notificar amonestaciones y expulsiones a sus protagonistas. Argentina llora a estas horas la muerte de uno de sus grandes «caciques», una figura legendaria que solo vistió las camisetas de Boca Juniors y de la selección y que en 1966, durante el Mundial de Inglaterra, dio el banderazo de salida a una rivalidad que sería histórica entre el fútbol argentino y el inglés.

Rattín creció en el delta de Tigre, en la provincia de Buenos Aires, en una casa donde había lo mínimo para subsistir y no conoció lo que era un inodoro hasta que hizo su estreno con el primer equipo de Boca Juniors. Era el club en el que soñaba jugar desde niño y su debut fue apoteósico. Tenía diecinueve cuando se estrenó en un clásico contra River Plate que suponía toda una prueba de madurez. Le tocó marcar a Angel Labruna, uno de los grandes jugadores de su tiempo, y su trabajo fue una de las claves de la victoria de los xeneizes por 2-1. Aquel chico demostró tal personalidad que los aficionados de Boca tuvieron claro ese mismo día que acababan de descubrir a uno de sus emperadores. Antes de ese estreno, Rattin pidió hacerse una foto con el «Pipo» Rossi, otra de las leyendas de River y a quien admiraba profundamente. Durante el partido se cruzaron un par de veces en pelotas divididas y Rattín fue con todo. En el segundo choque, Rossi le dijo: «¿Qué hacés flaco? Mirá que le digo al fotógrafo que rompa el negativo».

Rattín abandona el terreno de juego de Wembley.

Rattín abandona el terreno de juego de Wembley. / FDV

No tardó en convertirse en «el rata», un mediocentro de enorme envergadura gracias a su metro noventa que extendía sus dominios por todo el campo. Era un defensor extraordinario, ordenaba el juego y con el tiempo fue demostrando cada vez una mayor habilidad para incorporarse al ataque para acabar jugadas. A todo ello se añadía un carácter único. Había nacido para mandar, para gobernar partidos y equipos. Perteneció a una generación de Boca Juniors brillante que ganó tres títulos en Argentina entre 1962 y 1965 aunque les quedó una cuenta pendiente con la Copa Libertadores cuya final perdieron contra el Santos de Pelé.

Pedir un intérprete

Pero la historia de Rattín cambió a ojos del mundo en el Mundial de 1966 en Inglaterra. Ya estaba en su madurez, cerca de los treinta años, y venía de ser uno de los líderes de la revuelta que los futbolistas habían protagonizado contra Juan Carlos Lorenzo, el seleccionador, al que no aguantaban. Éste cedió en algunos asuntos y las aguas se calmaron antes del comienzo de un campeonato en el que Argentina tenía serias esperanzas de hacer un buen papel. Una deuda que empezaba a tener la selección con el país. Pero quiso la suerte que en cuartos de final les correspondiese un enfrentamiento contra los anfitriones. Se olían un arbitraje para nada generoso y por eso antes de empezar Lorenzo le recordó a Rattín que él era el capitán y que si el partido se complicase no dudase en protestar y si era necesario en reclamar un intérprete porque el reglamento lo legitimaba a ello.

El partido fue como los argentinos se imaginaban desde el principio. El alemán Rudolf Kreitlein, un tipo pequeño y calvo que parecía salido de alguna película cómica, inclinó desde el principio la balanza a favor de los anfitriones entre las quejas de los argentinos que no dudaron en endurecer el duelo. Su resistencia estaba siendo efectiva e Inglaterra sufría para hacerles ocasiones ante la impaciencia de la grada. Pero las protestas de los argentinos eran continuas y la situación comenzó a tensarse antes de tiempo. En medio de una de las muchas discusiones del primer tiempo el árbitro comunicó de palabra a Rattín, como se hacía entonces, que estaba amonestado. El capitán argentino, decidido a seguir su instinto y la recomendación del seleccionador, le reclamó a Kreitlein la presencia de un intérprete para solucionar el embrollo en el que se estaba convirtiendo la discusión. Y el árbitro lo expulsó con evidentes gestos. Apenas se había superado la primera media hora de juego. Rattín decidió hacerse el loco y permaneció en el campo durante casi diez minutos negándose a salir, señalándose el brazalete de capitán e insistiendo en que no entendía nada de lo que le estaba diciendo el alemán. El resto de jugadores argentinos daban vueltas alrededor lanzando improperios de toda clase. Finalmente Rattín accedió a abandonar el campo. Su paseo alrededor de Wembley fue apotéosico. El mismo contó que los espectadores ingleses primero le lanzaban trozos de chocolate y luego pasaron a las latas de cerveza cuando vieron que al pasar por una de las esquinas del terreno de juego agarró el banderín del Reino Unido y lo estrujó con fuerza. No contento con eso, el capitán de la selección, en un nuevo acto de protesta por lo que estaba sucediendo, llegó a sentarse en la alfombra roja que había en uno de los laterales del campo y que en algunos momentos de la historia se ha confundido con la alfombra real que se coloca cuando la Reina Isabel acudía a un evento. Pero ella no estaba esa tarde en Wembley. A duras penas Rattín abandonó el campo. Argentina, con uno menos, aguantó con una entereza extraordinaria y solo a falta de doce minutos un cabezazo de Geoff Hurst, el gran protagonista de aquel Mundial, acabó con su resistencia y metió a Inglaterra en las semifinales de su torneo.

La polémica provocada por la expulsión de Rattín fue el comienzo de una rivalidad enconada entre los dos países que a sus diferencias políticas añadieron las futbolísticas y que poco después tendría su continuidad en las finales de la Copa Intercontinental que enfrentó a conjuntos argentinos con británicos, batallas campales que forman parte de las páginas más siniestras del fútbol. Pero la expulsión de Rattín enfrentó al deporte también a un dilema que se resolvería años más tarde. Poco después del Mundial, y con la polémica todavía vigente, el encargado de los árbitros británicos, Ken Aston, le daba vueltas a toda esta polémica mientras conducía su coche por Londres cuando debió frenar ante un semáforo en rojo. Y en ese momento entendió que los árbitros también deberían utilizar códigos de colores para señalizar amonestaciones y expulsiones. Así se acabaría con cualquier duda (tanto para jugadores como espectadores) y nadie volvería nunca a pedir un intérprete en un partido internacional. Poco después implementó esa media en Inglaterra que llegaría al fútbol entre selecciones durante el Mundial de México en 1970. Rattín se había retirado unos meses antes de aquel torneo.

Ha querido el destino que Antonio Rattín falleciese este sábado a los 89 años de edad, en la víspera de que se conociese que Inglaterra y Argentina volverán a cruzarse en un partido mundialista sesenta años después de aquel histórico episodio que empujó al fútbol a crear uno de sus grandes símbolos, las tarjetas amarillas y rojas. Aunque era uno de sus grandes deseos, Rattín nunca volvió a pisar el estadio de Wembley, aquel del que se fue antes de lo que hubiera querido, pero después de lo ordenado por el alemán Rudolf Kreitlein.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents