Van Impe y la amenaza de Guimard
Se cumplen cincuenta años de la última victoria de un ciclista belga en el Tour de Francia. Fue Lucien Van Impe quien tuvo el honor de conseguirlo en una edición marcada por la tensa relación que tuvo con su director, el francés Guimard, apodado el «pequeño Napoleón».

Van Impe, durante el Tour de 1976, vestido de amarillo. / FDV
Lucien Van Impe se prepara estos días para el homenaje que el Tour le tiene organizado cuando se cumplen cincuenta años de su victoria en la ronda francesa. El único triunfo en una gran vuelta que se puede encontrar en su inmenso palmarés y el último que un ciclista belga ha conseguido en las carreteras francesas. Cuando ganó en 1976 Van Impe seguía la estela que habían ido dibujando sus paisanos y especialmente Eddy Mercks. Nadie podía imaginar en ese momento que el pequeño ciclista de Mere se convertiría por ahora en «el último de su especie».
Para el ciclismo belga Van Impe fue un “extraño”. Rodeado de adoradores de clásicas y adoquines, él fue un escalador puro que llegó a igualar las seis victorias en la clasificación de la montaña que logró Federico Martín Bahamontes. Sorprendente en un ciclista que había crecido rodeado de pequeñas colinas de pedruscos. Pero él “quería ser Bahamontes”. Por eso cuando era poco más que un adolescente y comenzaba a correr su entrenamiento consistía en ir al Kapelmuur, una de las ascensiones míticas del Tour de Flandes que estaba a solo treinta kilómetros de su casa, y subirlo veinte veces consecutivas. Casi todos los días consistían en los treinta kilómetros hasta el Kapelmuur, los veinte que hacia subiendo y bajando esa colina, y el viaje de regreso a casa. Fue así como sus piernas empezaron a acostumbrarse a esa clase de esfuerzo aunque le faltase entrenamiento en esos puertos de ascensiones interminables y que no conoció hasta la madurez.

Van Impe y Zoetemelk, en uno de sus duelos en la montaña. / FDV
Fue precisamente en España, en la Vuelta a Navarra, donde Van Impe consiguió su primer triunfo profesional. Esa carrera la siguió desde un coche Bahamontes y fue el Aguila de Toledo quien vaticinó que aquel belga de apenas cincuenta y siete kilos algún día sería capaz de ganar el Tour de Francia. Como los buenos ganaderos, que reconocen la calidad de sus animales con solo verles, no tardó en demostrarse que Bahamontes tenía razón o estaba cerca de tenerla. Solo dos años después Van Impe logró el tercer lugar en el Tour de Francia, tras Merckx y Zoetemelk, y el primer jersey de rey de la montaña. Ese reinado se convirtió en una de sus grandes obsesiones. Sentía que le faltaban recursos para aspirar a más cosas en las grandes vueltas, sumaba victorias de etapa, pero para la general no se sentía tan preparado porque se sabía claramente inferior a sus coetáneos Merkx, Ocaña o el propio Zoetemelk. Eso fue precisamente uno de sus grandes inconvenientes en el pelotón: Van Impe tenía una desconfianza natural en su verdadero potencial, era calculador y precavido en ocasiones hasta el exceso. Por eso se sentía cómodo cada mes de julio en aquella pelea por conseguir un nueva victoria en la montaña. Su objetivo era igualar a Bahamontes con cinco y dejarlo porque no quería estar por encima de su ídolo en esa clasificación. De hecho, Van Impe fue el primero en llevarse a casa el maillot “de la viruela”, el de los puntitos rojos, que se instauró en 1975.
En la edición de 1976, con treinta años ya a cuestas, Van Impe se encontraba en el mejor estado de forma de su vida. Tenía el punto justo de calidad, fuerza y madurez. Ese año en la línea de salida no estaba Eddy Merckx que un año antes había perdido por primera esa carrera a manos de Thevenet, a quien los franceses señalaban como el gran aspirante al triunfo junto con Zoetemelk. Tampoco Luis Ocaña, ya muy gastado, pasaba por sus mejores días. Parecía una carrera abierta cuyo recorrido, muy favorable a los escaladores, era un guiño para los aventureros. Eso pensaba Guimard, el director del Gitane, el equipo francés para el que corría Van Impe, convencido de que esa carrera llevaba su nombre.
La primera semana fue un festival de Freddy Maertens que lo ganó casi todo con Van Impe minimizando daños en una crono. En Alpe D’Duez, con la llegada de los Alpes, el corredor del Gitane se puso como líder con unos segundos de ventaja sobre Zoetemelk y con Thevenet también muy cerca. Los favoritos parecían guardar fuerzas convencidos de que lo peor estaba por llegar. En la primera etapa en los Pirineos, Delisle, un corredor del Peugeot de Thevenet tomó el liderato con una ventaja de siete minutos sobre el resto y rondó la duda de si esa diferencia sería fácil de enjugar. Dudaban los ciclistas, pero no lo hacía Guimard que estaba seguro de que caería como una hoja seca cuando la carrera enloqueciese.

Van Impe rueda escapado en el Tour de 1976. / FDV
El 10 de julio la carrera cubre la etapa entre Saint-Gaudens y Saint-Lary-Soulan, pasando por los puertos de Mente, Portillón, Peyresourde y Pla d’Adet. El día para audaces por el que llevaba esperando el Gitane de Van Impe. En el Portillón ya hay un grupo de catorce corredores por delante con todos los favoritos y el líder, que resiste a duras penas. En ese momento Guimard entiende que es el momento aunque falten setenta kilómetros para la meta. Se acerca a Van Impe y le ordena atacar. El belga duda. Es demasiado lo que queda por delante, se ve fuerte, pero las viejas inseguridades se adueñan de su cabeza. Guimard, que no era un tipo fácil, insiste sin éxito. El tercer aviso no fue tan amistoso: “Ataca ahora mismo o te juro que te paso con el coche por encima”. Y en ese momento Van Impe se marchó del grupo llevándole con él a Ocaña. Pronto comenzaron a abrir hueco sobre sus perseguidores que no eran capaces de reducir la distancia. Dos minutos, tres sobre Zoetemelk; el líder ya reventado; Thevenet casi. En la última ascensión del día Van Impe dejó atrás a Ocaña que ya no podía más aunque el español había vuelto a dar una muestra de su carácter siempre irreductible. El “pequeño de Mere” se fue en busca de su triunfo más célebre. Ganó la etapa y recuperó el maillot amarillo con un margen de más de tres minutos sobre Zoetemelk y una barbaridad sobre el resto de rivales. La carrera estaba en el bolsillo.
Pero antes del baño de masas en París aún hubo de sortear una crisis seria con su relación con Guimard, el “pequeño Napoleón” que era como se conocía al complicado director francés en el pelotón. Al día siguiente discutieron sobre el momento de tomarse una especie de papilla que Van Impe se preparaba todos los días para la carrera. La tensión y una especie de pelea por ver quién tenía más poder desembocó en una terrible discusión que se trasladó al hotel. Allí Guimard exigió una disculpa que Van Impe no ofreció y entonces el francés lanzó una amenaza que cayó como una bomba: “Entonces me preocuparé de que no ganes este Tour de Francia”. “No te preocupes que me voy para casa” fue la respuesta de Van Impe que subió a su habitación e hizo la maleta. Fue el segundo de Guimard quien llamó a casa del ciclista belga para contarle lo sucedido a su mujer. Rita se subió al coche y condujo toda la noche desde Bélgica para llegar por la mañana a Pirineos y calmar la tormenta. Suavizó a Van Impe y le hizo ver que estaba a punto de arruinar el sueño de su vida. Fue así como todo se serenó, se pidieron disculpas y pudieron seguir hasta el paseo triunfal por París que fue una broma comparado con lo que les esperaba en Bélgica donde Van Impe estuvo semanas sin poder salir de casa debido a la locura con la que sus vecinos vivieron su victoria.
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