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Historias irrepetibles

Primo Carnera, «il gigante buono»

Primo Carnera fue el primer campeón del mundo italiano de boxeo de la historia. Fue un tipo gigantesco del que se aprovechó demasiada gente, pero acabó encontrando la gloria un 29 de junio, justo la misma fecha en la que moriría muchos años después

El boxeador Primo Carnera.

El boxeador Primo Carnera. / FDV

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Juan Carlos Álvarez

Juan Carlos Álvarez

«Un 29 de junio tocó el cielo y otro 29 de junio se fue a él». Eso repiten con emoción los vecinos de Sequals, un pequeño pueblo próximo a Udine de apenas dos mil habitantes donde nació y descansa Primo Carnera, «il gigante buono», el boxeador tosco y humilde del que se aprovechó casi todo el mundo pero que durante mucho tiempo lleno de ilusión a un país deprimido que solo encontraba en sus deportistas motivo para el orgullo.

Carnera no era un hombre corriente. La historia dice que al nacer pesó casi ocho kilos y desde pequeño sus proporciones siempre llamaron la atención. Con apenas dieciocho años medía casi dos metros y pesaba más de ciento veinticinco kilos. La vida no resultó sencilla para él. Su padre se marchó a trabajar fuera de Italia y poco después fue reclutado para la Primera Guerra Mundial lo que dejó a Primo, su hermano y su madre en una situación muy delicada. Por eso cuando pudo se fue a vivir con unos tíos a Le Mans, en Francia. Allí los dueños de un circo entendieron que aquel cuerpo inmenso podía convertirse en una atracción y le dieron trabajo. Recorrían pueblos y ciudades retando a los vecinos más fuertes a medirse, siempre sin éxito, con Carnera. Un antiguo púgil lo descubrió en una de sus actuaciones, lo animó a aprovechar ese cuerpo en el boxeo y se lo presentó a Leon See, un promotor parisino con el que comenzó a trabajar y de la mano de quien logró sus primeras victorias por Europa. Combates siempre ante rivales menores, amañados muchos de ellos, que permitieron engordar la fama del italiano. See tenía buenos contactos con la mafia y eso permitió a Carnera saltar a Estados Unidos antes de tiempo donde las familias que dominaban el boxeo se encargaron de ganar mucho dinero gracias a él. No importaba que fuese un boxeador torpe, sin técnica ni coordinación. Había demasiada gente interesada en sus victorias y eso allanaba el camino. Hasta que un día Jim Maloney, un púgil de buena técnica pero mandíbula frágil, lo puso en su sitio con una derrota casi humillante.

El golpe de realidad llevó a Carnera a regresar a Europa. Acababa de darse cuenta de que no sabía boxear, por lo que buscó quien le diese clases, quien le enseñase lo más básico de aquel deporte. En ese camino encontró en el español Paulino Uzcudum a uno de sus grandes rivales y compañeros al mismo tiempo. «El mejor amigo que me ha dado el boxeo» llegó a calificarlo. En esa segunda etapa pronto descubrió que no tenía rivales en Europa por lo que regresó a Estados Unidos. Allí comprobaron que no era el mismo boxeador, que su técnica sin llegar a ser buena ya tenía los fundamentos necesarios para aspirar a objetivos más importantes. Tanto fue así que en 1931 su nombre comenzó a sonar como un serio candidato a pelear por el título mundial de los pesos pesados. Era cuestión de tener algo de paciencia porque el campeón de aquel momento era el alemán Max Schmeling y había mucha gente que consideraba que en un periodo de entreguerras no era conveniente enfrentar a boxeadores de dos naciones amigas.

En 1933 sucedería uno de esos episodios que marcaría su vida para siempre. En el Madison se enfrentó a un estadounidense, miembro de la Armada, llamado Ernie Schaaf y que venía de recibir una tremenda paliza por parte de Max Baer, otro de los grandes de aquel tiempo. Fue una temeridad subir a Schaaf al ring porque aún no estaba recuperado de las lesiones del anterior combate. Aquella noche no tardó en comprobarse que el norteamericano no estaba en condiciones de medirse a Carnera que dominó a su antojo el duelo. Schaaf se desplomó sobre la lona tras uno de los golpes y ya nunca se despertaría. Tres días después falleció y dejó al italiano profundamente consternado hasta el punto de plantearse la posibilidad de regresar a casa y dejar para siempre el boxeo.

Pero aquella tragedia lo catapultó. Los periódicos empezaron a llamarse el «gigante asesino» y eso disparó su fama y las ganas de verlo en el ring. Carnera, siempre bondadoso, trataba de escapar de la imagen que construían de él pero era muy complicado. Otra vez había mucho dinero en juego. Y llegó la oportunidad de pelear por el título mundial. Un 29 de junio de 1933 Primo Carnera se subió en Long Island al ring para enfrentarse a Jim Sharkey, que le había ganado dos años atrás. Fue seguramente la mejor noche del italiano en el mundo del boxeo. Estaba en su plenitud. Seguía lejos de ser un estilista, pero estaba pleno de forma. En el sexto asalto su superioridad era tan evidente que el árbitro detuvo el combate y lo proclamó campeón del mundo. Carnera regresó a casa para darse un baño de masas que pocas veces se había visto. Una multitud salió a su encuentro en Roma y lo acompañó en el combate por el título europeo y mundial contra Uzcudum que reunió a más de setenta mil personas en la capital italiana. Incluso Mussolini se aprovechó de él para su propaganda de una Italia fuerte e imbatible como Primo.

La gloria le duró poco más de un año. Max Baer, en un combate legendario en el Madison que acabó con los dos púgiles exhaustos, le venció para arrebatarle la corona. Tenía 28 años pero Carnera ya no volvería a ser el mismo. Siguió peleando pero su rendimiento comenzó a caer en picado y dos años después, con algunos problemas de salud a cuestas, decidió retirarse. A partir de ese momento tenía que enfrentarse a nuevos problemas porque los representantes que había tenido en su carrera le habían dejado sin apenas dinero en el bolsillo. Se buscó la vida de mil maneras e incluso practicó la lucha libre recorriendo ciudades y países gracias a su bien ganada fama. Su mujer fue un pilar básico porque ella se encargó de mantener lejos a las sabandijas que se aprovecharon de su inocencia en los mejores años de su carrera. Se instaló en Los Angeles donde participó en algunas películas de serie B y abrió una tienda de licores. El alcohol se convirtió en el último de sus problemas. Después de años bebiendo desarrolló una cirrosis hepática de la que no pudo salir. Cuando su estado comenzó a empeorar de forma irreversible tomó la decisión de regresar a Italia, a Sequals, en cuyas calles los vecinos seguían llamándole el »gigante buono» y donde apenas tuvo nada pero siempre fue feliz. Allí, rodeado de los suyos, murió en paz. Los caprichos del destino decidieron que sus ojos se cerrasen para siempre un 29 de junio, justo el día en que se cumplían treinta y cuatro años de la victoria que le dio el título mundial de los pesados. El pueblo no deja de presumir de que Primo Carnera fue su vecino más ilustre y convirtieron su vieja casa en Villa Carnera, un pequeño museo que recuerda su historia. Hoy como siempre sucede este día de junio, habrá flores frescas en su tumba y una misa para recordarlo.

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