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El lío del Lelo: el maestro incombustible del boxeo vigués

Eliseo Acea, Lelo para todos, lleva más de medio siglo impartiendo su sabiduría pugilística. Hoy ejerce su magisterio en La Vieja Escuela, al borde de cumplir los 75, como antes en tantos gimnasios vigueses. A niños y sexagenarios ahora como antaño a profesionales. «Ahí estoy, liado», abrevia, sin ganas de desliarse

El maestro vigués Lelo continúa enseñando boxeo a sus casi 75 años.

Pablo Hernández Gamarra / Armando Álvarez / Edgar Melchor

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Armando Álvarez

Armando Álvarez

Vigo

«Basta que cruce la puerta para que se desate un auténtico terremoto de energía», describe Miriam Jiménez, gestora de La Vieja Escuela junto a su hermano Manuel, que la fundó. Por Eliseo Acea en los papeles, Lelo para la vida, retumban las paredes de la nave. Lelo discute con Manuel «como un padre con su hijo». Se afana en las lecciones a los más pequeños, «su pasión de siempre». Alivia tumefacciones y susurra consejos en la esquina del ring «con la misma ilusión y competitividad de un niño». E igual que contagia el sismo que lo define, también «aporta calma y serenidad cuando el momento lo requiere». Miriam resume: «Vital, enérgico y con una salud de hierro, quienes lo conocen coinciden en que es un ser irrepetible». Y Lelo, que en un mes cumplirá 75 años, se juramenta: «Mientras el cuerpo aguante...».

Lelo se inició en el boxeo con apenas 17 años, a finales de los setenta. «Llegué de jovencito al pabellón de As Travesas», recuerda. Le habían seducido aquellas veladas retransmitidas en blanco y negro de Carrasco, Legrá, Ortiz o Perico Fernández, con el que llegaría a compartir cartel. «Este deporte me enamoraba. Probé y se me daba bien. Empecé a competir y me enganché. Mira que también jugué al fútbol, pero esto ha sido mi vida», exclama.

Lelo.

Lelo. / Pablo Hernández Gamarra

A aquel chiquillo entusiasta lo apadrinó primeramente Bamio. También colaboró con Paco Amoedo, hoy recordado como el gran patriarca gallego y entonces igualmente joven, de flequillo y bigotillo fino. Y como Paco, Lelo acortó su trayectoria sobre el cuadrilátero para alargarla en la enseñanza. Combatió 27 veces como amateur en el peso pluma. Se describe como un púgil «de técnica, que es lo que aún hoy le inculco a los alumnos; el arte de boxear consiste en pegar, que no te peguen y hacerlo bonito».

El servicio militar cortó aquella prometedora trayectoria, pero no consumió su vocación. Al regresar consiguió trabajo en los astilleros de Barreras. Decidió sacarse el carnet de entrenador para entretenerse las horas libres. «Desde el principio me encontré muy a gusto enseñando a la gente lo que sé».

Una gran evolución

A esa vocación ha dedicado más de medio siglo. Recorrió varios gimnasios de Vigo, como el Kiap («forme allí un grupo de boxeadores muy bueno») o el Areal, hasta que Manuel Jiménez lo reclamó a su lado en La Vieja Escuela hace una década. El hogar adecuado, desde su mismo bautizo, para alguien que vela por las esencias del oficio pero sin rendirse a la nostalgia. «El boxeo ha evolucionado de una forma enorme. Hay tanta gente que se organiza una velada cada semana, cuando en mi época resultaba complicadísimo. Los niños y niñas llenan las clases. De aquella, no. Las mujeres ni iban a los combates».

Cierto que esa proliferación en la práctica aficionada contrasta con una mayor dificultad para construir carreras de pago. «El profesional tiene problemas para salir adelante», conviene. «Ese boxeo sale muy caro. Lo único que produce es tiempo, trabajo y gastos».

Lelo presidió durante un tiempo la Federación Gallega. «No era algo que me agradara mucho pero bueno, estuve ahí». A Manolo Planas, el actual dirigente, le elogia «el récord de licencias, algo imposible en mis tiempos. Otro mundo». El suyo sigue amaneciendo cada vez que entra en La Vieja Escuela y unos ojos atentos aguardan sus instrucciones. De mañana adiestra «a gente de cincuenta, sesenta... Es un entrenamiento muy divertido». De tarde, a la chiquillada que recién comienza a agitar sus guantes. Él, que adoctrinó a talentos como Miguel Oliveira, Adrián Araújo, Martín Munín o Cristian Turco, goza con esos balbuceos: «Yo disfruto con todas las generaciones».

Lelo, obviamente jubilado, aún es capaz de oponerle las manoplas a los más vigorosos. «El boxeo sigue siendo su fuente de eterna juventud. Exhibe una vitalidad y un estado físico que cualquiera firmaría por alcanzar. Tiene velocidad, reflejos, agudeza visual y la agilidad de un hombre de 30 años. Sencillamente no hay quien lo pare», enumera Miriam. «Pero su verdadero valor radica en su inmensa calidad humana. Siempre está dispuesto a tender una mano a todo aquel que se acerca».

Otros le acompañan en la creación de ese clima propicio. «Jorge Araújo es un fenómeno. Manolo, Jacobo, Michi... Una maravilla», agradece Lelo de sus compañeros. «Yo, que he entrenado en cuartuchos, aquí lo tengo todo. Mi situación es privilegiada. Ya no tengo que preocuparme de la competición ni de viajar. Disfruto más que nunca del boxeo. Estoy en una etapa cojonuda».

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