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Esgrima

El largo viaje de María Mariño: un bronce para la historia

María Mariño se enamoró de la esgrima el día en que su padre, Manuel, le ofreció probar. Tenía 8 años. La tiradora de El Olivo ha conquistado, a sus 33, la primera medalla europea de florete –el bronce– que logra España

María, con su medalla, rodeada de los componentes del equipo español.

María, con su medalla, rodeada de los componentes del equipo español. / FIE

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No pudo sonreír María Mariño en el justo instante en que se concretaba el mayor logro, hasta el momento, de su larga trayectoria deportiva. No se lo permitió su ambición cuando la ucraniana Olga Sopit, campeona a la postre, logró el tocado definitivo, imponiéndose por 8-15 a la viguesa. Su sonrisa, sin embargo, sí lució amplia en la ceremonia del podio, junto a sus rivales, y después rodeada de afectos. Mariño se había asegurado el bronce de florete en el Campeonato de Europa de esgrima al desembarcar en esas semifinales en las que quedó eliminada. Su primera medalla individual continental. La primera, en ese arma, en la historia de la esgrima española.

Sopit, la italiana Arianna Errigo como segunda y la rusa Vladislava Peniushkina –como atleta neutral–, compartiendo el tercer cajón. Nombres prestigiosos para acompañar a María Mariño en el día más especial de su carrera. La tiradora de El Olivo ya había quedado tercera por equipos en los Europeos de 2025 en Génova. Le tocaba brillar en solitario. Lo logró deshaciéndose de la eslovaca Gaia Cantucci (15-6) en el tablón de 64, de la polaca Julia Walczyk-Klimaszyk (15-13) en el de 32, de la ucraniana Alina Poloziuk (15-4) en el de 16 y de la húngara Flora Pasztor (15-14) en cuartos.

El éxito seguramente alimente su confianza en el reto que le queda por cumplir a sus 33 años: participar en unos Juegos, superando el complicado sistema de clasificación. Atraviesa su quinto ciclo. Estuvo cerca, a tan sólo tres tocados, en el Preolímpico de Tokio. De esa y otras decepciones se ha repuesto gracias al amor a la esgrima que la caracteriza desde que, con apenas ocho años, su padre, Manuel, maestro de la disciplina, la invitó a probar. «Y me gustó tanto que no he parado», ha resumido en alguna ocasión.

Ese día comenzó un viaje de éxitos –la española más laureada en su especialidad– y sacrificios. Por explorar al límite sus posibilidades se mudó primero al CAR de Madrid –estudió Psicología Deportiva en la Complutense– y en 2020 a Frascati, en los aledaños de Roma, confiándose a la sabiduría de Luca Simoncelli. El bronce europeo premia esa apuesta por sí misma. El viaje prosigue.

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