Los postes cuadrados de Glasgow
Coincidiendo con el título del PSG se cumplen ahora cincuenta años de la derrota en la final de la Copa de Europa del Saint-Etienne ante el Bayern, un partido que quedó marcado por la leyenda de que las peculiaridades de las porterías de Hampden Park les impidieron conseguir la victoria

Plantilla del Saint-Etienne en 1976. / FDV
Antes que el Olympique de Marsella y que el París Saint Germain pudo haber sido el Saint-Etienne. Casualidades que nos regala el fútbol. Hoy Francia celebra el título de los parisinos justo cuando se cumplen cincuenta años de la derrota que les rompió el corazón y les conmovió hasta el punto que no se recuerda en los Campos Elíseos un paseo triunfal semejante en honor de derrotado y que, para colmo, ni tan siquiera era de la capital. El Bayern de Múnich de Beckenbauer evitó que se hiciese realidad un hermoso cuento que hubiera elevado aún más a los altares a uno de esos equipos que jamás se borrarán de la memoria de los aficionados.
Cuando en los años sesenta la crisis comenzó a cerrar las grandes explotaciones mineras de Saint-Etienne y sus habitantes buscaron otros destinos donde construir una nueva vida aparecieron “Les Verts” (los verdes) para levantar el espíritu en la principal cuenca del hulla de Francia. Fue Roger Rocher, un antiguo trabajador de las minas, quien después de llegar a la presidencia del club en 1961 cambia para siempre la historia del Saint-Etienne y trasforma al club en un ejemplo para todo el país. Acierta con los entrenadores (Jean Snella, Albert Batteux y Robert Herbin) y con su equipo de colaboradores crea una estructura sólida para su tiempo que les lleva a ganar ocho títulos de Liga entre 1963 y 1976. Una hegemonía que no se conocía en Francia y que inevitablemente les llevó a soñar con ser el primer equipo del país en ganar la Copa de Europa. Estuvieron a punto de conseguirlo de la mano de Robert Herbin, a quien se apodaba “la esfinge” por el aspecto impasible, inexpresivo, que lucía durante los partidos. Este exjugador del Saint-Etienne construyó un equipo formado en su inmensa mayoría por jugadores de casa a los que añadió pinceladas justas de experiencia traídas de fuera. La estructura funcionaba como un reloj.

Imagen del paseo triunfal por París al día siguiente de la final. / FDV
En aquella plantilla inolvidable estaban el portero yugoslavo Ivo Curlovic; el capitán Jean-Michel Larqué que acabaría por dedicarse al periodismo para convertirse en una de las voces mas autorizadas del fútbol francés; el argentino Osvaldo Piazza, un central de físico imponente que ejercía una gigantesca autoridad en el área y cuyas cabalgadas encendían el ánimo de sus aficionados; o los hermanos Revelli (Hervé, más corpulento e intuitivo, y Patrick, habilidoso y rápido) que se complementaban y entendían de maravilla. La guinda a aquel equipo era Dominique Rocheteau, el “Ángel verde”, el futbolista más mediático del Saint-Etienne que destacaba por su elegancia, su regate eléctrico, su melena al viento y su particular personalidad. Era un apasionado de la música (Los Eagles eran sus preferidos) y, pese a su natural discreción, sorprendió al mundo al significarse políticamente cuando declaró su simpatía por los partidos de extrema izquierda. Era el delantero antisistema.
Ese grupo de jugadores hizo soñar a todo el país cuando en la edición de la Copa de Europa de 1976 protagonizó una heroica remontada ante el temible Dinamo de Kiev de Blokhine. Perdieron 2-0 en Ucrania y en el partido de vuelta, a falta de veinticinco minutos, habían sido incapaces de comprometer al conjunto del gran Lobanovsky. En una contra maravillosa Blokhine estuvo a punto de marcar el gol que hubiera liquidado la eliminatoria. Sentó a dos rivales, se plantó ante Curlovic y, en vez de entregar el balón a Onyshchenko para marcar a puerta vacía decidió acabar él la jugada y perdió un tiempo que un defensa francés aprovechó para robarle la pelota y lanzar un ataque que veinte segundos después acabó con el gol Hervé Revelli que encendió los ánimos de la grada. Poco después Piazza igualó la eliminatoria que se fue a la prórroga y allí, a falta de siete minutos para el final, Rocheteau marcó el gol que culminaba la remontada. Se desató la locura en el Geoffroy-Guichard. Para quienes lo vivieron fue la noche más inolvidable en la historia del estadio del Saint-Etienne. Luego llegó la semifinal contra el PSV Eindhoven en el que explotaron su solidez para mantener la portería a cero en los dos partidos y hacer valer el gol de Larqué de falta directa. El equipo ya estaba en la final contra el Bayern de Múnich que el año anterior les había apeado en semifinales y que buscaba su tercer entorchado consecutivo en la máxima competición europea.

Santini cabecea en uno de los remates que acabó en el palo. / FDV
La final jugada en Hampden Park es una historia que no admite consuelo para los aficionados franceses. Todo empezó días antes del partido cuando Rocheteau sufrió una inoportuna lesión muscular. Todos los esfuerzos por recuperarse a tiempo resultaron inútiles aunque se sentó en el banquillo por lo que pudiese suceder. Aún así el Saint-Etienne jugó con descaro y personalidad. Sepp Maier fue el protagonista del primer tiempo antes de que lo fueran los postes de su portería. Un disparo de Bathenay y un cabezazo de Santini fueron repelidos por la madera con el portero alemán ya batido. Sucedió antes de que en una falta Beckenbauer sacase en corto y Roth incrustase el balón en la red con un gran remate que dobló ligeramente las manos de Curlovic. Ahí se acabó la historia. Rocheteau entró a jugar los últimos ocho minutos de partido, casi cojo, en un desesperado intento por escribir otro episodio cargado de épica, pero los alemanes no entienden de esas cosas y defendieron con serenidad hasta el pitido final. Francia se emocionó con la derrota; el presidente de la República, Giscard d’Estaing, recibió al equipo y al día siguiente se organizó un paseo triunfal por el centro de París como homenaje de todo el pueblo francés a la gesta de un equipo inolvidable. Nunca un perdedor había recibido semejante reconocimiento.
Pero aquel partido dio paso a una enorme leyenda. En 1976 ya había muchos estadios que habían cambiado los tradicionales postes cuadrados de las porterías por los circulares. Hampden Park, el estadio de Glasgow donde se jugó la final de aquel año, fue uno de los últimos en hacerlo. Se resistían a ello. El Saint-Etienne, basándose incluso en rigurosos estudios físicos, defendió la teoría de que si los postes hubiesen sido circulares los remates de Bathenay y Santini no habrían sido repelidos por la madera de aquella manera y hubiesen acabado en gol. Esa conclusión se dio por irrebatible en la memoria colectiva de los aficionados franceses. “Les Poteaux Carrés” (los postes cuadrados) pasaron a ser los responsables de aquella derrota pese al excepticismo que los propios protagonistas de la final mostraban cada vez que se les preguntaba por el asunto. El argumento se consolidó en la memoria popular hasta tal punto que en 1983, cuando Hampden Park por fin se decidió a cambiar los postes por los circulares y las viejas porterías fueron guardadas en el almacén del estadio, los responsables del Saint-Etienne hicieron una oferta para comprarlas por el enorme significado que tenían en la historia del club. Los escoceses accedieron y a cambio de lo que hoy son 20.000 euros el club francés se hizo con la portería de los postes cuadrados donde se fueron sus esperanzas de ser campeones de Europa. Hoy forman parte de su museo, donde los viejos aficionados alimentan el mito de que la geometría fue la responsable de que ellos no fuesen el primer equipo francés de la historia en levantar el trofeo más importante de Europa.
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