Alpinismo
El eterno silencio del Himalaya: Roberto López renuncia al Makalu
Una afonía y la meteorología se ha aliado para frustrar el segundo asalto del gallego a este "ochomil"

Roberto López, camino del Makalu, antes de su afonía.
El Makalu ha vuelto a ganarle el pulso a Roberto López. El alpinista lucense, afincado en Sabarís, ya había intentado conquistar este coloso del Himalaya (8.485) en 2025. Entonces tuvo que renunciar al asalto de la cima por un problema con las bombonas de oxígeno que le habían proporcionado. En esta ocasión la meteorología se ha aliado con su salud para frustrar su expedición, enriquecedora igualmente a nivel humano. El Makalu y Roberto se observan, más que nunca, sin pronunciarse. Ese eterno silencio los hermana.
El viaje del gallego había transcurrido sin problemas hasta la última semana de abril, cuando alcanzó el campo base avanzado (5.700) para iniciar la fase definitiva de aclimatación. Planeaba Roberto las pertinentes subidas y bajadas que ajustarían su cuerpo al aire enrarecido. Y en ese instante su laringe se rebeló con una afonía «encantadora y salvaje», describe y resume: «Cuatro días sin hablar».

Aspecto del campo base avanzado. / Roberto López
La comunicación resulta incluso más imprescindible en esas alturas en las que cada palabra exige su resuello. «Es tan necesaria como alimentarse», define. Cocineros y sherpas se esforzaban por interpretar su gestos igual que celebraban sus bromas y bailes. Roberto intentaba sanar con vahos de mentol. El frío y la sequedad lo impidieron. Acabó por tomar un helicóptero hasta Dingboche, un pueblecito a 4.400 metros de altura. Un médico le diagnosticó laringitis y le proporcionó gratuitamente medicamentos.
«El Makalu no espera», se animó Roberto cuando percibió cierta mejoría. Su cumbre, aunque siempre en su sitio, como ofreciéndose en la distancia, es de áspera seducción. La financiación cicatea los plazos. El clima los abrevia. El alpinista del Xistra agendó un helicóptero para regresar al campo base avanzado y la nieve abortó su despegue.
«Aunque las cosas no han salido como esperaba, ha sido una bonita experiencia», concluye, resignado a la sentencia de la montaña, ya camino de regreso a Katmandú. Ha empacado entre sus enseres la fugaz amistad con Nupu, el lugareño que le hizo compañía de madrugada, esperando que los copos cesasen; el lento y armonioso desperezarse de Dingboche, con el planeta a sus pies; sobre todo, el silencio. «No, el tiempo no espera, y cualquier momento que no se gasta se pierde para siempre», escribe a su callada manera.
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