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Historias irrepetibles

Seamus Elliott, el primer irlandés de amarillo

Sean Kelly y Stephen Roche, las grandes leyendas del ciclismo irlandés, crecieron admirando las pequeñas hazañas de Seamus Elliott, un compatriota que hizo historia en el Tour y cuya vida, más trágica que festiva, daría para una novela.

Elliott, vestido de amarillo, junto a Stablinski, su compañero y entonces amigo

Elliott, vestido de amarillo, junto a Stablinski, su compañero y entonces amigo / FDV

Juan Carlos Álvarez

Juan Carlos Álvarez

Durante el Tour de Francia de 1963 Antoine Blondin, periodista de L’Equipe, le dedicó unas hermosas palabras a Seamus Elliott. «Pertenece a esa estirpe de ciclistas migratorios que se sienten como en casa en cualquier lugar, siempre que encuentren pan y un sillín. Es un ciudadano de la carretera cuyo pasaporte es un dorsal». El irlandés acababa de convertirse en líder de la ronda francesa después de lograr su primera victoria de etapa en la ronda francesa. Antes de Sean Kelly y Stephen Roche, los dos grandes corredores que dio Irlanda al ciclismo, primero fue Seamus Elliott, un dublinés hijo de una pareja de republicanos que en 1922 formaron parte del contingente del IRA que tomó los Tribunales de Justicia de Dublín al comienzo de la guerra civil irlandesa. Doce años después de aquel episodio nació Seamus, un chico responsable que antes de subirse a una bicicleta probó suerte con el fútbol y el hurling (uno de los deportes tradicionales de Irlanda).

Para un aspirante a ciclista es complicado encontrar peor entorno que el irlandés. El viento, la lluvia, el clima cambiante y las carreteras eran sinónimos de problemas. Elliott sobrevivió en ese entorno hostil hasta que después de terminar su formación como chapista (la condición que le puso su padre) se marchó a Montecarlo a un campamento en el que coincidían jóvenes aspirantes a profesional. El irlandés destacó por su potencia, determinación y bondad, algo que le supondría más de un disgusto en el despiadado y traicionero pelotón. En 1956, con 22 años, fichó por el Heylett para empezar a vivir del ciclismo. En los años siguientes sumó victorias en pruebas menores y las averías le apartaron de la posibilidad de conquistar algún monumento como la París-Roubaix de 1959 que seguramente habrían cambiado para siempre su vida. Se quedó relegado al papel de gregario bien remunerado al que de vez en cuando daban libertad para aspirar a alguna victoria parcial.

Jean Stablinski, el antiguo minero, se convirtió en uno de sus grandes amigos en el pelotón. A la larga sería también una de sus grandes decepciones. El líder del Saint Raphael lo introdujo en su círculo más íntimo y le presentó a Marguerite Steiger con la que se casaría y tendría un hijo, Pascal, al que apadrinaría el propio Stablinski. En cuanto pudo se lo llevó a su equipo, donde también corría Jacques Anquetil, y pocos meses después ambos se vieron las caras defendiendo equipos diferentes en el Mundial en ruta de Saló (Italia). Corriendo como un verso libre, sin compañeros fiables a los que recurrir, entregado a la guerra de guerrillas Seamus Elliott llegó a situarse en cabeza hasta que un reducido grupo de cuatro corredores encabezado por Stablinski le cazó. Poco después fue el francés quien atacó y Seamus se quedó quieto, incapaz de saltar detrás de quien era su amigo y padrino de su hijo. Las piernas le daban para más, pero por error antepuso la amistad a la victoria, algo que no había sucedido al revés. Stablinski ganó el maillot arcoiris y por primera vez en la historia un irlandés se subía al podio gracias a su segundo puesto. Ya era el hombre de las primeras veces en su país porque Irlanda nunca imaginó que uno de sus hijos tendría algún día algo que decir en el mundo del ciclismo. A comienzos de 1963 Seamus Elliott ya tenía el podio mundialista y victorias de etapa en el Giro y en la Vuelta a España, en la que había terminado tercero. Era mucho más que un simple gregario y cada vez que encontraba un mínimo de libertad sacaba un enorme provecho a sus condiciones.

Con Stablinski tuvo una relación extraña: fue su gran amigo, pero se sintió traicionado por él

Stablinski se sentía en deuda con él por lo sucedido en el Mundial. Y quiso compensarle en la siguiente edición del Tour. La etapa que transcurría por los tramos adoquinados de la París-Roubaix era ideal para Seamus que se movía por el pavés con la destreza de los mejores. Ese día el equipo trabajó pensando solo en él. Así lo decidió Stablinski con el visto bueno de Anquetil. Pero las averías constantes fueron un problema para el irlandés que estuvo en varias ocasiones cerca de desconectarse por completo de la cabeza. Sin embargo su líder se movió con astucia para bloquear la carrera y devolverle las opciones de pelear por la victoria. En el velódromo de Roubaix, en el mismo escenario donde finaliza la clásica, Seamus Elliott se impuso en el esprint de los primeros para conseguir la primera victoria en el Tour de Francia y vestirse de amarillo. Fue el día queAntoine Blondin le dedicó aquellas hermosas palabras sobre la clase de “ciclistas migratorios” a la que pertenecía. El irlandés se convirtió en el primer angloparlante en conseguir victorias de etapa en las tres grandes carreras. Vistió el maillot amarillo durante cuatro días felices para él, los mejores que vivió durante su tiempo como ciclista, antes de que acabara finalmente sobre el cuerpo de Anquetil. Un trabajo perfecto.

Lo que Seamus no fue capaz de digerir fue que dos años después, cuando tenía en las manos la victoria en la París-Luxemburgo, Stablinski y Anquetil conspiraran para arrebatarle el triunfo. Una traición que no pudo procesar y que rompió su amistad con Stablinski. Loco de rabia dejó el equipo y se fue al equipo rival, al Mercier de Poulidor. Aunque su cabeza ya no estaba tanto en el ciclismo. Pidió dinero prestado y montó un hotel en Bretaña al que llamó “Hotel de Irlanda”. El negocio no funcionó y aquello acabó por derrumbar su mundo. Tomó Benzedrina, una sustancia prohibida, para tratar de compensar con los premios el agujero económico que se le estaba abriendo. Una huída hacia adelante que no llevaba a ningún lado. En 1966 dejó el ciclismo y cerró el hotel. Su matrimonio se desmoronó y regresó a Irlanda arruinado mientras su mujer y su hijo se quedaban en Francia.

En su desesperación Seamus Elliott vendió una serie de artículos en los que detallaba la existencia de dopaje generalizado en el mundo del ciclismo y la corrupción que reinaba en muchas carreras donde unos corredores vendían la victoria a otros. Con las quinientas libras que recibió por esa confesión abrió un modesto taller mecánico que le daba para vivir e ir sacando la cabeza poco a poco del agujero en el que se había metido por culpa del hotel en Francia. Pero en abril de 1971 la muerte de su padre acabó por hundirle en una depresión. El 4 de mayo de 1971, con solo treinta y seis años, apareció muerto en el pequeño apartamento que tenía en Dublín después de dispararse con la escopeta que le regalaron por la victoria de etapa conseguida en la Vuelta a España. Ese fue el dictamen oficial de la Policía aunque sus amigos y familiares siempre negaron esta versión y atribuyen la muerte a un desgraciado accidente. Es algo que nunca se sabrá con absoluta certeza. Irlanda y Dublín especialmente despidieron con todos los honores a quien recibió menos gloria de la que mereció, al corredor que enseñó a Kelly y Roche, quienes disfrutaron de las victorias de Elliott cuando eran niños, que a veces los sueños pueden hacerse realidad.

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