Un sueño y un garaje: el chapeleiro que ha inventado el billar a distancia
Pablo Bernárdez, que siempre ha tenido vocación de inventor, soñó una noche con un sistema que permitiese compartir a distancia una misma partida de billar. Tres años después ha transformado aquella fantasía en un producto viable, que ha merecido el apoyo de las instituciones. Él mismo ha construido el prototipo

Marta G. Brea

«A veces me pregunto cómo he llegado hasta aquí», se asombra y se ilusiona Pablo Bernárdez. Su sistema para jugar al billar a distancia, mediante un mecanismo robotizado y una aplicación informática, es uno de los seis proyectos seleccionados para su inclusión en el programa de la Business Factory Sport, la aceleradora del deporte de Galicia impulsada por el IGAPE y el Clúster Galego da Industria do Deporte e o Benestar. Bernárdez, inventor autodidacta, ha montado el prototipo en el garaje de su domicilio chapeleiro. Ha superado frustraciones anteriores. Ha batallado contra las dudas ajenas e incluso las propias. Ha invertido tiempo y dinero. Y ahora, con aquello que literalmente soñó convertido en realidad entre sus manos, se asoma a su transformación en un negocio viable. Ya ha creado la empresa, ProBillairBot, y ha emprendido contactos para afinar su ingeniería y encontrar inversores. «Es un ente que debe tener su vida».
Vida y sueño se entretejen y se retroalimentan en su caso. Bernárdez, de 40 años recién cumplidos, acabó el Bachillerato y ha desempeñado diferentes oficios. Patrón profesional de yate en la actualidad, ha preparado un antiguo barco mejillonero para pasear a los turistas por la ría. Pero nunca, en los reposos de su rutina laboral o a su conclusión, dejó de imaginar remedios o de explorar hallazgos, sin que cuajasen. «Siempre quise crear un juego aunque fuese de mesa, le di vueltas e intenté alguno pero no salió adelante», especifica.

Con el robot instalado y la aplicación. / Marta G. Brea
Fue en pandemia, con media humanidad enclaustrada, cuando enfocó su fértil ingenio en aquellas actividades que el encierro había paralizado o imposibilitado compartir. «Me quedé con la copla del billar», revela. Quizá por amor, en esas misteriosas conexiones que urde la memoria. Aunque nunca ha pasado de aficionado ocasional, Bernárdez conoció a su pareja, Noelia, «ligando en los billares, con 18 años».
Con todo, aún tardó en concebir cómo dos billaristas alejados físicamente podían competir entre sí. La imagen, apenas una semilla aletargada, se concretó en su mente mucho tiempo después, durante una noche de 2023; «en cama, mientras dormía». Reteniéndola al despertar, enseguida se puso a ejecutarla, ignorando entonces en detalle el laberinto técnico y administrativo al que se iba a enfrentar.
Proceso y formación
Bernárdez ha ido formándose a medida que avanzaba en el proceso. Ahora está a punto de concluir el ciclo de Robótica y Automatización en el Politécnico de Vigo. En el inicio carecía de algunos conocimientos. Le sobraban inquietud e intuición. «Al empezar a estudiar vi que la tecnología permitía en la actualidad algo que antiguamente habría resultado muy caro».
El chapeleiro redactó su proyecto sin delatarse en internet. Sólo su padre conoció en la intimidad sus intenciones. Por fin, varios meses después, acudió a La Fábrica de Inventos; una consultoría burgalesa especializada en aconsejar a los noveles. Allí le ayudaron a consultar qué patentes sobre billar ya existían y a registrar la suya propia a nivel nacional e internacional. Una herida justifica sus precauciones: «En 2010 tuve una idea con una pulsera, fui a una empresa y me la copiaron. Me quedé tocado por no saber cómo se hacía».
Bien blindado, hoy ya puede detallar su creación: «Consiste en romper la barrera de la distancia en el billar; que una persona en Vigo y otra en China puedan jugar una partida en directo». Un mecanismo replica, mediante ventosas o palas, lo que ha sucedido en la otra mesa. También ha diseñado una app que, aparte de la calibración, ofrece un catálogo de opciones: solicitar partidas y ofrecerlas a otros usuarios, un modo de entrenamiento y otro de reto... El robot, portátil, se puede adaptar a todo tipo de billares y modalidades (francés, americano, snooker).
La hora de comunicarlo
Había llegado el momento de comunicar eso que había ido cultivando en secreto. «Cuando tuve la patente nacional empecé a contárselo a familiares y amigos. Y con la internacional ya me lo creí más. Pero aún sufro el síndrome del impostor», confiesa Bernárdez. «Al principio sentía que vendía humo».
Un conocido le habló de la Business Factory Sport, fundada por el IGAPE y el Clúster Galego da Industria do Deporte e o Benestar. Este programa, mediante mentorías diversas, ayuda a poner en marcha y a consolidar aquellas propuestas que sus expertos consideran más interesantes. Bernárdez fue uno de los catorce candidatos a la fase de incubación que se presentaron al Startup Day celebrado en el Náutico a mediados de enero. Hace poco lo han anunciado como uno de los seis incluidos en la fase de aceleración. «A veces, con las buenas noticas, lloro y río».

Con la caricatura que le han dedicado sus amigos. / Marta G. Brea
Entre medias, el berete participó en la feria Sport Tech de Aquabloom en Hong Kong. Quedó bien posicionado, cerca de los veinte que obtienen premios. «Pero iba un poco verde. No presenté el prototipo». Ya lo posee. Lo ha ido construyendo sin ayuda, entre junio y febrero, en las horas libres de los viernes y los sábados. Ha reservado alrededor de 100 euros mensuales para adquirir las piezas más asequibles en China –el coste final ronda los 1.100 euros–. Ha empleado materiales como la madera de la estructura principal, que él mismo ha tallado y que concibe en fibra de carbono.
Bernárdez ha instalado el prototipo en su garaje de Chapela, sobre la vieja mesa de billar que su profesora de inglés le regaló. El 20 de agosto debe presentar un modelo ya testado en la Business Factory Sport, que ha impulsado su estructura empresarial. Se plantea comprar dos mesas gracias al crédito a fondo perdido de 25.000 euros que le proporciona el IGAPE, aunque ya ha mantenido reuniones con posibles inversores. También se abre a ingenieros. Busca, en general, socios en un viaje cuyo destino final ignora. Tal vez se limite a clubes y usuarios gallegos; tal vez se expanda por el mercado mundial. «Fácil no está siendo, pero yo lo doy todo», promete. «Y ahora veo el camino».
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