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Historias irrepetibles

Marciano, un tipo de palabra

Hace setenta años Rocky Marciano convocó a la prensa en un hotel neoyorkino para anunciar su retirada. No le creyeron. Se marchaba el único campeón invicto de los pesados tras 49 combates. Solo tenía 32 años en esos momentos.

Marciano, en una imagen tomada poco después de su retirada

Marciano, en una imagen tomada poco después de su retirada / FDV

Juan Carlos Álvarez

Juan Carlos Álvarez

El 27 de abril de 1956 Rocky Marciano convocó a los periodistas a una rueda de prensa en el Hotel Shelton de Nueva York, no muy lejos del estadio de los Yankees, el recinto donde unos meses antes había conseguido vencer a Archie Moore para retener la corona de los pesos pesados. La mayoría de los periodistas convocados estaban convencidos de que la «Roca de Brockton» iba a anunciar quién sería su rival en la pelea número cincuenta como profesional y solo A.J. Liebling, seguramente el cronista que mejor conoció a Marciano, había deslizado la posibilidad de que el púgil tuviese la idea de descansar un tiempo. Fue la mujer de Marciano quien se lo había dejado caer pocas horas antes de su comparecencia ante la prensa aunque Liebling desconfiaba de la información porque no era la primera vez que un boxeador utilizaba a su círculo más íntimo para hacer correr un rumor interesado.

A las once de la mañana, horario de la costa este, Marciano se sentó ante la prensa en una pequeña mesa repleta de micrófonos acompañado por Al Weil, su representante. No tardó mucho en desvelar el motivo de la convocatoria. Rocky Marciano, el campeón invicto, anunció que no se volvería a subir nunca más a un ring. El impacto inicial dio paso a la incredulidad y luego al aluvión de preguntas. Siempre sereno, el hijo de emigrantes italianos, el chico que antes de ser boxeador soñó con ser jugador de béisbol, explicó que a los 32 años era el momento de dedicarle tiempo a su familia, que le debía la retirada a su mujer Bárbara y a su hija Jean. Entre risas también confesó que antes de combatir con Archie Moore le había prometido a su madre, Pasqualena, que era la última pelea de su vida y que no estaba dispuesto a traicionar un compromiso así. Marciano adujo razones personales en la decisión, aunque al día siguiente comenzaron a circular otras versiones. Según algunas fuentes la exigencia de los entrenamientos comenzaba a hacer mella en él pese a que en su última aparición seis meses antes había acreditado un gran estado de forma y tumbó a Moore por KO técnico en el octavo asalto.

En el fondo de la decisión muchos también deslizaron las diferencias existentes con Al Weil, el agente francés que guiaba sus pasos desde el comienzo de su carrera. La comisión de Weil era extremadamente alta y eso comenzó a generar entre ambos tensiones que Marciano decidió zanjar de la manera más radical, cerrando el negocio de los combates y abriendo otros nuevos en los que ya no podía meter la mano Weil.

Como suele suceder en estos casos, no todo el mundo creyó a Marciano. Dieron por seguro que el anuncio era parte de una operación orquestada para generar una enorme bolsa en su reaparición. Liebling, su periodista de cabecera, sí lo creyó. En una reunión entre ambos el boxeador le miró a los ojos y no dudó un instante: «Me voy A.J. Estoy cansado, quiero estar tranquilo en casa, irme invicto y no regresar dentro de unos años para que un chico joven me ponga en mi sitio». Marciano sabía lo que decía porque hubo un día en el que él fue «ese chico». Sucedió con Joe Louis cinco años antes. El ídolo de Marciano había tenido que regresar al ring dos años después de anunciar su retirada para saldar sus deudas con Hacienda por una diferencia con el fisco por cómo computar las exhibiciones realizadas a beneficio del Fondo de Ayuda del Ejército durante la Segunda Guerra Mundial. Su segunda pelea tras la reaparición fue ante Marciano, diez años más joven que Louis. Se cumplió la lógica. Los ganchos de la «Roca de Brockton» fueron demasiados para el veterano campeón que dobló la rodilla y se resignó ante la evidencia de que ya no estaba para competir con aquellos chicos más fuertes y duros que él. Marciano lloró abrazado a él en el vestuario y le pedía perdón mientras Louis lo tranquilizaba y dejaba una de esas frases que han quedado en letras de oro en la historia del boxeo: «¿De qué sirve llorar? El mejor hombre ganó. Supongo que todo pasa para bien». Luego ante los periodistas asumió que ya no era tiempo para él: «Schmelling me tiró al suelo después de golpearme cien veces, este chico lo ha hecho con media docena de golpes. Es hora de marcharse para siempre».

Marciano no quería pasar por aquel trago aunque no todo el mundo aceptó y creyó su versión. El más tajante fue Archie Moore, su última víctima y se supone que el siguiente rival en caso de que hubiera seguido con su carrera. Los aficionados deseaban una revancha entre ambos y el propio Moore estaba convencido de que así sucedería: «Marciano no se irá porque le encantan demasiado los dólares. Pronto se pondrá a trabajar en North Woods con un hacha en el hombro para ponerse en condiciones de enfrentarse a Archie Moore» (en aquel tiempo ya había deportistas que hablaban de sí mismos en tercera persona). Pero estaban equivocados quienes creían eso. Unas semanas después de su anuncio más de treinta mil personas salieron a la calle en su Brockton natal para rendir tributo a su vecino más ilustre. En un breve discurso insistió en que no volverían a verle en un cuadrilátero. Como si su cuerpo también quisiese darle credibilidad a sus explicaciones públicas, en los siguientes días, jugando con su hija, comenzó a sentir dolores en la espalda. Le diagnosticaron una lesión en un disco de la columna que solo sirvió para reafirmar su idea de no volver a pelear. Le llegaron ofertas gigantescas, que nunca había recibido un boxeador, pero se mantuvo en sus trece. Weil, su agente, un tipo de enorme ambición trató de convencerle sin suerte. Le prometió rivales sencillos, bolsas inmensas y la garantía de que su récord no correría peligro. «¿Tú sabes lo que vale la pelea número 50 de un campeón de los pesados invicto? No hay dinero que lo pague», le insistía hasta la desesperación. Pero Rocky Marciano era un hombre de palabra y una de las razones más poderosas para no volver a subirse al ring era que no quería seguir llenando los bolsillos de su representante que se llevaba la mitad del dinero que ganaba por dejarse la salud con su trabajo. Más de una vez había tratado de renegociar las condiciones de su acuerdo sin éxito y era algo que no le perdonaba.

Rocky Marciano cumplió su promesa. Jamás regresó y dedicó todo el tiempo disponible a su familia. Para su desgracia no pudo hacerlo mucho tiempo porque once años después de su retirada, con solo 43 años, un desgraciado accidente en una avioneta acabó con la vida del único campeón de los pesos pesados que se marchó del boxeo sin saber lo que era una derrotadespués de cuarenta y nueve combates (cuarenta y tres antes del tiempo) y que solo dos veces escuchó salir de la boca un árbitro una cuenta de protección. Pero su valor más grande fue su palabra. n

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