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Historias Irrepetibles

Boninsegna y la lata de Coca-Cola

En 1971 el Borussia Mönchengladbach y el Inter de Milán se cruzaron en una eliminatoria histórica que dio paso a una de las grandes polémicas vivida en el fútbol europeo. El 7-1 conseguido por los alemanes fue invalidado por el lanzamiento de un objeto que golpeó al delantero interista y el duelo tuvo que volver a empezar en medio de acusaciones mutuas

Netzer y Mazzola, capitanes de ambos equipos, antes del primer duelo de 1971.

Netzer y Mazzola, capitanes de ambos equipos, antes del primer duelo de 1971. / FDV

Juan Carlos Álvarez

Juan Carlos Álvarez

Vigo

Las eliminatoria que se viven ahora en competiciones europeas, intentos de remontada incluídos, resultan una broma en comparación con los enfrentamientos de la vieja Copa de Europa en la que en pleno otoño, con ocho meses de competición por delante, algunos de los grandes aspirantes al trono podían jugarse media temporada en una eliminatoria salvaje que dejaba a uno de los grandes tirado en el camino. Eso es lo que les sucedió en 1971 al Inter de Milán y al Borussia Mönchengladbach, campeones de Italia y Alemania, en un duelo que pasó a la historia por su nivel de juego y por la polémica que acompañó su desenlace. La clave estaba en una lata de Coca-Cola.

El caprichoso sorteo de aquella edición emparejó en octavos de final al Inter con el Borussia Mönchengladbach, campeones de Italia y Alemania. Era difícil encontrar dos equipos mejores en toda Europa en aquel momento; solo el Ajax de Cruyff parecía estar a su nivel. El Inter era un equipo descomunal con una defensa de puro acero (Burgnich, Facchetti, Bellugi y Oriali) y un ataque en el que se reunían el brasileño Jair con los italianos Mazzola y Boninsegna. Tenían razones de sobra para aspirar a su tercera Copa de Europa y quitarse de encima la espina de la final perdida en 1967 contra el Celtic, de la que aún permanecían varios de sus protagonistas. Enfrente, el mejor Borussia Mönchengladbach de su historia. Un equipo que había sometido al Bayern y que por momentos era una apisonadora. Su columna central estaba formada por Berti Vogts en defensa, Gunter Netzer en el medio del campo y una pareja de delanteros letal formada por Herbert Laumen y Jupp Heynckes que en la temporada previa habían anotado más de sesenta goles entre los dos. Era un equipo salvaje por su velocidad y capacidad de remate. Los aficionados del equipo germano estaban convencidos de estar ante una oportunidad de pelear por el trono continental por primera vez en su historia. De alguna manera la eliminatoria suponía enfrentar lo mejor de dos estilos diferentes en una eliminatoria transcendental en pleno mes de octubre.

La lata de Coca-Cola, en el Museo del Borussia.

La lata de Coca-Cola, en el Museo del Borussia. / FDV

El partido de ida se disputó el 20 de octubre en el Bökelbergstadion, lleno hasta la bandera. Llovía ligeramente cuando el silbato del árbitro dio comienzo a un duelo que nadie imaginaba iba a resultar tan frenético. En apenas veinte minutos de juego el Gladbach ganaba por 2-1. No había tiempo para respirar y se jugaba a lo que pretendían los alemanes. Cumplida la media hora Roberto Boninsegna, delantero de época, se acercó a un costado para sacar de banda y de repente se cayó al suelo desplomado. Por lo visto uno de los numerosos objetos lanzados desde las viejas gradas de madera había impactado en su cabeza. El alboroto que se organizó fue extraordinario y a partir de ahí surgen leyendas de todo tipo. Sandro Mazzola le acercó al árbitro una lata de Coca-Cola que según él fue la que impactó en la cabeza de su compañero aunque Netzer, capitán alemán, trataba de impedírselo e insistía en que el capitán interista había recibido la bebida directamente de un aficionado italiano. Jef Dorpmans, el árbitro holandés al que le correspondía dirigir el partido, no sabía dónde meterse. Se especuló con la posibilidad de suspender el partido, pero la policía alemana aconsejó no hacerlo para evitar incidentes en las gradas debido a la cantidad de aficionados italianos que había en el estadio.

El juego estuvo detenido durante diez minutos y Boninsegna fue llevado a los vestuarios de donde no regresó. El árbitro ordenó reanudar el partido pese a la resistencia de los interistas, convencidos de que aquello debía terminar allí. No se sabe si el incidente tuvo un efecto diabólico en los alemanes o los italianos, tal y como defendieron luego, se dejaron ir convencidos de que el partido no tendría validez. El Gladbach fue un demonio que consiguió una goleada extraordinaria, un 7-1 antológico del que aún ahora presumen. Pero el partido, como era de esperar no terminó ahí. El Inter presentó una reclamación ante la UEFA y el Borussia envió sus alegaciones tratando de mantener el resultado del partido. Peppino Prisco, vicepresidente del cuadro milanés y abogado de profesión, se encargó de plantear la batalla legal. El reglamento no contemplaba en aquel momento la posibilidad de dar por perdida la eliminatoria o el partido y lo máximo que consiguieron fue que el partido se volviese a jugar en Alemania, aunque invirtiendo el orden de los partidos, y en un estadio diferente debido a la clausura del Bökelbergstadion. El informe del delegado de la UEFA tampoco fue esclarecedor en relación al comportamiento de Boninsegna dejando en el aire demasiadas incógnitas sobre lo sucedido y alimentando la teoría de los alemanes de que el delantero había exagerado tras recibir el impacto de algún objeto. Así que ahora el partido de vuelta en Milán se convertía en el de ida. El 3 de noviembre, en un clima de máxima tensión, el equipo italiano se impuso en San Siro por 4-2 a los alemanes en otro duelo brillante.

Boninsegna, en un partido con el Inter.

Boninsegna, en un partido con el Inter. / FDV

Casi un mes después llegó el momento de regresar a Alemania. Encajar el partido en el calendario resultó complicado y ambos equipos se vieron las caras el 1 de diciembre en Berlín. Allí funcionó como un reloj la maquinaria defensiva del Inter de Milán. El portero Gordon junto a Burgnich y Facchetti fueron un muro insalvable para la generosidad del Gladbach que echó de menos a Lauman y fue incapaz de perforar la portería italiana. El Inter alcanzaría meses después la final en la que sería víctima del Ajax y el Borussia se quedó con la sensación de que se le había escapado la oportunidad más grande de su historia de ser campeón de Europa. Sobre el incidente nada quedó claro. Con el tiempo surgieron nuevas imágenes en las que se ve a Netzer alejar de la escena la lata -no sabe si llena o vacía- que golpeó a Boninsegna y que Mazzola efectivamente recibe otra de un aficionado que es la que entrega posteriormente al árbitro.

Lo más curioso de la historia tiene que ver con la propia lata, la que recibió el árbitro. Se la llevó a casa y durante mucho tiempo estuvo en el museo del GelreDome, el estadio del Vitesse Arnhem, donde el árbitro Jef Dorpmans, natural de esa localidad, la donó. En 2012, la legendaria lata llegó al Museo del Gladbach. El club alemán pidió al Vitesse Arnhem que les devolviesen aquel envase porque era parte indispensable de su historia y protagonista de un episodio simbólico. El club holandés accedió a la petición y desde ese momento la lata puede verse en el museo del Borussia que se preocupó por restañar las heridas –apenas un par de abolladuras–, y hoy luce espléndida, como nueva, en el moderno recinto que el Gladbach dedica a su historia. Hoy en día en su página web aún se refieren a aquel 7-1 como si hubiera sido un resultado válido, uno de los grandes días en la historia del club germano.

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