Historias irrepetibles
Un domingo en el infierno
Hace cincuenta años un director danés rodó la que muchos consideran la mejor película sobre ciclismo, el relato de la París-Roubaix que encumbró a un actor secundario, Marc Demeyer, gracias, entre otras cosas, a la astucia de su director

Demeyer se impone en Roubaix a Moser y Roger de Vlaeminck / FDV
El danés Jorgen Leth, crítico cultural, poeta y director de cine, quería hacer la mejor película sobre ciclismo de la historia y decidió que tendría que ser durante la París-Roubaix, «esa carrera de locos que se disputa en el norte de Francia». No se trataba de contar solo la prueba sino de explicar qué lleva a alguien a meterse en ese infierno de adoquines durante horas en busca de una gloria que a veces está en manos de la fortuna que va repartiendo averías y desgracias a lo largo de los 270 kilómetros de un recorrido que forma parte de la leyenda del deporte. La película se rodó durante la edición de 1976 y tras algunas dudas se tituló “Un domingo en el infierno”. Cincuenta años después existe el convencimiento de que Leth consiguió su propósito de retratar como nadie la locura que rodea una prueba ciclista como “La Pascale”, los sentimientos de quienes la corren, de quienes la desean, de aquellos personajes invisibles para el gran público pero esenciales para el destino de la carrera como los mecánicos, asistentes o directores de equipo.
Le costó conseguirlo porque primero tuvo que lograr el permiso de Félix Lévitan, responsable de la organización, que lo obligó a sacar todas sus cualidades diplomáticas antes de dar el sí. Y luego resultó un desafío técnico de primer nivel en un tiempo en el que las transmisiones deportivas no contaban ni de lejos con los medios actuales. Leth utilizó un equipo de cincuenta personas, varias motos, un helicóptero y por encima de todo diseñó una organización cuidada y precisa pensada en cubrir al detalle una prueba “imposible” en la que cada tramo adoquinado puede ser decisivo en el resultado final. No faltaron medios humanos y técnicos y por primera vez aquel abril de 1976 se utilizaron cámaras que hoy son imprescindibles en cualquier transmisión deportiva. El director danés quería transmitir ese drama, la angustia con la que se viven esas seis horas los ciclistas, pero también aquellos que buscan el triunfo desde otras funciones.
El hilo conductor de la película gira alrededor de cuatro personajes. Son los grandes favoritos a conseguir la victoria y cuya gloria espera retratar el director danés. Se trata de Roger de Vlaeminck, señor de Roubaix en ese momento con tres victorias en las cuatro ediciones anteriores y sin duda el tipo que mejor andaba sobre aquellos adoquines diabólicos; Eddy Merckx que ya estaba en el tramo final de su carrera pero que mantenía vivo el poder de atracción y sobre todo su infinito carisma; Freddy Maertens, el tercer belga de la ecuación pero a quien esa carrera siempre le había vuelto la espalda; y el joven Francesco Moser, que ya tenía un segundo puesto en una prueba que se sabía que tarde o temprano acabaría por hacer suya.
Fue Roger de Vlaeminck, fiel a la costumbre, quien reventó la prueba en los tramos decisivos de pavés. El adoquín no es el mismo de Flandes y la ausencia de esas infernales colinas belgas obligan a cambiar la técnica de pedaleo. Nadie se movía por allí como aquel ciclista de enormes patillas al que apodaban “el gitano”. De Vlaeminck fue haciendo la selección, reduciendo el número de corredores que iban tras él hasta que con cincuenta kilómetros hasta meta ya solo quedaban tres ciclistas junto a él. Se trataba de Francesco Moser, de Hennie Kuiper y un extraño invitado a su fiesta, el también belga Marc Demeyer, un notable llegador cuyo mayor logro era un tercer puesto en esa misma prueba al imponerse en el grupo que persiguió sin éxito a De Vlaeminck y Moser.
Demeyer llevaba cuatro años como profesional. Fue fichado por el Flandria que para un flamenco como él era lo equivalente a vestir la camiseta de la selección de su país. Tenía unas magníficas condiciones como rodador y velocista y puso sus piernas al servicio de Freddy Maertens, el líder indiscutible del equipo, de quien era su principal lanzador en los esprints. Le apodaron el “maestro sirviente” por su lealtad al jefe de filas aunque no fueron pocas las ocasiones en las que tuvo la oportunidad de pelear por victorias y en sus primeros años de profesional sumó pequeños triunfos que le confirmaban como una alternativa cuando Maertens no estaba en liza.
Demeyer se impuso en una edición inmortalizada para siempre en el filme del danés Jorgen Leth
En la edición de 1976, con las cámaras de Leth grabándolo todo, Demeyer tenía unas piernas estupendas. El cuarteto de cabeza abrió hueco con rapidez sobre el grupo de perseguidores del que tiraba como un desaforado Eddy Merckx. Con cuarenta kilómetros por delante el director del Flandria, Guillaume Driessens, tenía claro que algo tendrían que hacer porque las posibilidades de Demeyer eran limitadas. Kuiper era el más lento del cuarteto, pero De Vlaeminck y Moser, en teoría, eran mucho más solventes que él en una llegada. Entonces pensó de qué manera podía conseguir una ventaja extra. Se le ocurrió una cosa. Aprovechando que en determinados momentos su coche era el único que podía acercarse a los corredores Driessens comenzó a gritar a Demeyer, pero con la idea de que le escuchasen sus compañeros de fuga, que no tirase porque Maertens estaba llegando desde atrás e iba a cazarles. “Freddy está viniendo, Freddy está viniendo… espera por él que está a menos de treinta segundos” repetía a voz en grito. La realidad era bien diferente: Maertens hacía tiempo que se había bajado de la bicicleta después de sufrir una caída e iba camino de un hospital para que le atendiesen, pero la historia era condicionar a De Vlaeminck y Moser que sabían de sobra que el esprint cambiaba mucho con el líder del Flandria junto a ellos.
Por ese motivo Demeyer se instaló a rueda de sus compañeros que se entregaron a fondo con la idea de que nadie pudiese llegar desde atrás. Eran otros tiempos, la información no circulaba con la facilidad de hoy en día y los corredores iban ciegos en muchos momentos. De hecho, ninguno de los directores podía negar con absoluta seguridad la información que alegremente lanzaba Driessens desde su coche. La cuestión es que Vlaeminck y Moser insistieron hasta el punto de descolgar a Kuiper, incapaz de seguir el ritmo, mientras Demeyer seguía a su rueda guardando las fuerzas que le quedaban para el esfuerzo final en el Velódromo de Roubaix. Fuese por la táctica de su director o por otra razón, la cuestión es que Demeyer se lanzó en la recta final como un poseso y tuvo las fuerzas que les faltaron a Moser y De Vlaeminck para lograr el triunfo más importante de su carrera deportiva, el único monumento que adornó su palmarés. Él acabó por convertirse en el actor principal de aquella maravillosa “Un domingo en el infierno”.
Demeyer siguió corriendo unos años para el Flandria, sumó alguna victoria de prestigio y siempre en la París-Roubaix estuvo cerca de los mejores. Su final fue triste e inesperado. En 1981, unos días después de anunciarse su fichaje por el Splendor, apareció muerto en su casa con solo 31 años. Se habló de que en aquel momento sufría alguna clase de problema personal y la hipótesis del suicidio sobrevuela el final de Demeyer aunque la versión oficial dice que sufrió un ataque al corazón mientras hacía un puzzle.
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