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Historias irrepetibles

Mike, The Bike

Los ingleses consideraban que Mike Hailwood y la moto eran un todo. El mejor piloto de siempre bajo su punto de vista, el hombre que ganó nueve Mundiales, casi ochenta grandes premios, y que convirtió el TT de la Isla de Man en su jardín particular.

Mike Hailwood, sobre una de sus motos.

Mike Hailwood, sobre una de sus motos. / FdV

Juan Carlos Álvarez

Juan Carlos Álvarez

La tradición volvió a cumplirse ayer. Como todos los domingos más próximos al 23 de marzo cientos de moteros británicos se reunieron para rendir tributo a su dios: Mike Hailwood. Se reunieron en la antigua fábrica de Norton, cerca de Birmingham; pasaron por la fatídico cruce de Portway en el que tuvo lugar el accidente que acabó con su vida y finalizaron en la iglesia de St.Mary Magdalene en Tanworth-in-Arden que es donde él y su hija están enterrados desde aquel 1981. Durante décadas esta concentración, conocida como la Mike Hailwood Memorial Run, se realizaba de forma organizada y oficial, pero el desgaste llevó a sus responsables a aparcarla. Fueron los propios moteros, los que crecieron alimentados por las gestas del piloto nacido en Great Milton, los que han mantenido viva la tradición y cuando asoma la primavera arrancan sus motos para honrar y cuidar la memoria del mejor piloto británico de todos los tiempos y uno de los más grandes que existieron.

A Mike Hailwood lo conocieron en su país como «Mike, the bike». Parecía indivisible de su montura, dotado de una habilidad sobrenatural para moverse encima de la moto. Para su público él era simplemente «la moto». Había nacido en 1940 durante la Segunda Guerra Mundial, su familia tenía una situación acomodada gracias al negocio de venta y distribución de coches y motos, y eso facilitó el camino hacia la competición de un chico que desde que se subió a su primera minimoto ya no quiso bajarse de ellas. Fracasó en los estudios y comenzó a trabajar en la fábrica de Triumph donde su pasión no paraba de crecer. Su padre Stan, que había competido cuando era joven, empujó de forma decidida su carrera. A Hailwood le apasionaba estar siempre subido a la moto. Su primera prueba en el Mundial la hizo con dieciocho años compitiendo en las cuadro cilindradas de aquella época, un aviso de lo que sería su carrera en la que se le vería participando en casi todas las categorías. Corrió para Norton en sus inicios pero la italiana Augusta no tardó en arrebatárselo convencida de que aquel talento inglés no se les podía escapar para dominar en el futuro las categorías grandes. Antes de eso logró con Honda en 1961 su primer Mundial en 250 cc. Había comenzado una cosecha que viviría sus años dorados los años siguientes cuando con la marca italiana fue intratable en la categoría reina. Cuatro mundiales consecutivos en los que prácticamente era imposible verle perder una carrera. En cuatro temporadas disputó veintinueve pruebas con la Augusta de 500 cc de las que ganó veintisiete. Tras él solía acabar Giacomo Agostini, compañero de escudería y con el que comenzó a generarse una importante rivalidad. Pero con motos iguales no había color.

En 1966 Honda le puso en la mesa una cifra que nunca había imaginado que un piloto cobraría por correr en motos. Fue así como se lo arrebató a Augusta y Hailwood comenzó a estrellarse con la debilidad del chasis de la montura japonesa. Con ellos ganó dos mundiales, pero se le escapó el de la categoría reina en un antológico duelo con Agostini, el nacimiento de una rivalidad única. Mike ganó casi todas las carreras que terminó, pero los cuatro abandonos en un Mundial tan corto como los de aquel tiempo suponían una losa imposible de levantar. Al año siguiente la situación fue si cabe más delirante. Hailwood volvió a hacer doblete en 250 cc y 350 cc, pero tenía pendiente vencer a Agostini en la cilindrada grande. Ambos acabaron empatados a 46 puntos, con el mismo número de victorias, pero el hecho de haber conseguido un segundo puesto más permitió al italiano arrebatarle una nueva corona. Tal y como sucediera el año anterior los tres abandonos por problemas mecánicos de su Honda fueron un lastre.

Curiosamente no hubo tiempo para más revanchas. Tras ese Mundial Hailwood viajó a Japón para negociar con Honda mejoras en el proyecto deportivo y cuando llegó allí se encontró con que los japoneses habían decidido marcharse del Mundial de motociclismo. A cambio le ofrecieron un contrato vitalicio para que no firmase con ninguna otra marca por si acaso en algún momento ellos reconsideraban su idea y regresaban. A cambio le dejaban también monturas y material para poder participar en carreras de manera privada como por ejemplo en el TT de la Isla de Man, el lugar donde ganó catorce veces y donde el término «leyenda» se queda muy corto para describir la relación que Mike Hailwood mantuvo con aquella prueba.

Hailwood, que había hecho sus aproximaciones tiempo atrás, aceptó la propuesta de John Surtees (el único hombre que ha sido campeón del mundo de Fórmula Uno y de motociclismo) para correr en su escudería de Fórmula Uno. Tenía condiciones, pero no era lo mismo y tampoco tenía un coche ganador. Un podio fue todo lo que consiguió en los tres años que estuvo en el circo aunque por el camino hizo algo más importante: salvar la vida a Clay Regazzoni en el Gran Premio de Sudáfrica de 1973. El coche del italiano se incendió y Mike Hailwood se detuvo y lo sacó entre las llamas, un comportamiento por el que recibió más de una condecoración.

«Mike, the bike» se marchó de la competición en su lugar favorito, en la Isla de Man. Allí acudió en 1978 y 1979 cuando la prueba atravesaba una pequeña crisis tras quedarse fuera del Mundial y haber sufrido una caída en el número de inscritos. Era su lugar favorito del mundo y sus últimas victorias sirvieron para relanzar la prueba una vez más. El monumento que hay en la isla en su honor no alcanza a describir el agradecimiento que hay hacia su figura.

En 1981, alejado de la competición, la única preocupación de Mike Hailwood era devolverle a su familia todo ese tiempo que no había podido darles por su apretado calendario de competiciones. El 21 de marzo salió de su casa con sus dos hijos con la idea de comprar «fish and chips» para cenar. Un camionero hizo un giro indebido invadiendo el carril por el que circulaba el Rover que conducía Mike Hailwood. El choque fue muy violento y su hija Michelle, de apenas nueve años, falleció en el acto. El legendario piloto y David, su otro hijo, fueron trasladados de urgencia a un hospital. El niño se recuperó, pero las heridas de Hailwood eran de extrema gravedad. Resistió dos días en la unidad de cuidados intensivos pero el 23 de marzo su corazón se detuvo para siempre. El camionero que provocó la tragedia recibió una multa de apenas cien libras. Por eso cada 23 de marzo los viejos moteros del Reino Unido y los jóvenes que veneran su historia encienden sus motos y acuden a los lugares que forjaron la leyenda de quien para ellos es el más grande de todos los tiempos.

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