Historias irrepetibles
El «meteoro» de San Remo
El próxio fin de semana llega la Milán-San Remo, el primer «monumento» de la temporada, un momento para recordar la relación de amor que Loretto Petrucci tuvo con aquella carrera, donde vivió sus mejores momentos.

Petrucci celebra la victoria en la Milán-San Remo de 1952. / FDV
Loretto Petrucci era un orgulloso vecino de Pistoia, un toscano guapo que creció con el sueño de suceder en el corazón de los italianos a su paisano Gino Bartali, quince años mayor, cuyas victorias alimentaron su ilusión por hacerse ciclista. De hecho, dio en sus primeras pedaladas profesionales en 1949 con el maillot de ese Legnano que acababa de perder al gran Gino y que lo contrató después de conseguir diez victorias en su último año amateur. Precisamente aquellos resultados fueron los que le llevaron a los Juegos Olímpicos de Londres donde había enormes esperanzas puestas en él, pero la Federación Italiana no tuvo mejor idea que encerrar a sus corredores en una especie de campo de prisioneros en el que estaban mal atendidos y peor alimentados. Petrucci llegó a la carrera de fondo tras perder varios kilos de peso y sin fuerzas para competir. Un desastre como despedida de etapa como aficionado.
Una apendicitis lo obligó a pasarse en blanco su primera temporada profesional y condicionó en gran medida la siguiente. Petrucci tenía hambre y prisa por hacerse un nombre en el mundo del ciclismo. En 1951 el Bianchi de Fausto Coppi lo contrató con la intención de que se integrara en la legión de pretorianos que corrían al lado del «campeoníssimo» y cuyo primer mandamiento era la lealtad inquebrantable a su jefe de filas.
Pero Petrucci era distinto. Poco tenía que ver con corredores como Sandrino Carrea que el día que se vistió de líder en el Tour de Francia de forma involuntaria lloró como un niño creyendo que había traicionado su compromiso con Coppi. El gran Fausto tuvo que consolarlo para calmar aquella desazón que lo ahogaba. La cabeza de Petrucci era diferente. Sabía para quién corría, pero también estaba en el ciclismo para hacerse un nombre. No era un escalador, pero sus condiciones se adaptaban muy bien a las clásicas de un día en terrenos complicados que obligasen a ser tan fuerte como astuto. En su estreno en la Milán-San Remo acabó en la tercera posición y demostró que tenía una conexión especial con una prueba que aún no había introducido la subida al Poggio -se hizo en 1960- para penalizar a los grandes llegadores.
Su momento llegó al año siguiente. Coppi no estaba bien porque su corazón seguía roto desde la muerte de su hermano Serse unos meses antes. En la edición de «la primavera» de 1952 fueron varios los Bianchi que se movieron en carrera en busca de su oportunidad. Petrucci también atacó en el momento justo para meterse en el grupo de quince ciclistas que se presentaron destacados en Vía Roma, la amplia avenida donde tantas ediciones se han resuelto. Piazza, un compañero de equipo, lo lanzó y en ese largo esprint Petrucci amargó a Giuseppe Minardi para levantarle el triunfo e inscribir por primera vez su nombre en uno de los «monumentos» del ciclismo. El triunfo, muy celebrado, disparó la popularidad del corredor toscano que se sintió en ese momento con autoridad para reclamar su propio estatus en un equipo que vivía únicamente para Coppi. Los medios le apodaron «le meteore» (el meteoro) en alusión a su velocidad punta y a la rapidez con la que había irrumpido en la élite. Petrucci exigió disponer de libertad en determinadas carreras para pelear por nuevas victorias, lo que lógicamente no sentó bien en el seno de un equipo. La dirección le dijo que no era posible y los lugartenientes de Coppi pasaron a mirarlo con inevitable recelo: Bianchi estaba acostumbrado a guerrear contra otros equipos, pero no para disputas internas. Coppi era ya un ciclista veterano, seguramente no volverían los grandes triunfos, pero aún así había cosas sagradas para los miembros de su equipo.
Ese hambre de Petrucci creció aún más después de la Milán-San Remo. Otra vez corrió con enorme inteligencia, entrando en el grupo de los escogidos que se iban a disputar la victoria en las calles de San Remo. Junto a él un grupo de cinco ciclistas entre los que había fenomenales llegadores como los italianos Giuseppe Minardi (otra vez) y Defilippis y los belgas Ollivier, Derijcke e Impanis. Sin nadie que lo lanzase Petrucci eligió la rueda buena y una vez más gracias a su fenomenal golpe de riñones sometió a «Pipazza» (Minardi) para dejarle sin su soñado triunfo en la gran clásica de la primavera italiana. Fue el comienzo de una gran temporada en la que sumó buenos resultados en las clásicas del norte y dio la impresión de que su carrera seguía de forma imparable hacia arriba.
Con dos Milán-San Remo en el bolsillo las exigencias de Petrucci fueron a más y se tomó entonces una decisión salomónica, la mejor para todos ellos: separar sus caminos. Petrucci se marchó al Lygie, otra escuadra algo intermitente que trataba de buscarse un hueco en el gran pelotón.
En 1954 Petrucci regresó a Milán en busca de su tercer triunfo consecutivo. Y el desarrollo de la carrera volvió a ser bueno para sus intereses. Todo sucedía a su gusto, sin perder de vista las primeras posiciones y entrando en las calles de San Remo en el amplio grupo de corredores que se disputaban la victoria, entre ellos Fausto Coppi. Esta vez descartó cualquier ataque prematuro, como en ediciones anteriores, y le pareció buena idea llegar en el grupo porque sentía que había muy poca gente con capacidad para disputarle la victoria tal y como estaba de forma. Pero llegó entonces la venganza de Bianchi que no olvidaba la insolencia de quien se atrevió a romper su paz interna. En pleno esfuerzo final Giuseppe Favero hizo una maniobra extraña para impedir la progresión de Petrucci que se quedó sin opciones de disputar la victoria. El toscano denunció en línea de meta que el ciclista del Bianchi le había sujetado el sillín de la bicicleta para frenarle. La victoria fue para el belga Rik Van Steenbergen mientras Petrucci se tuvo que conformar con la quinta plaza, justo por detrás de Coppi. De no haber existido aquella maniobra de Favero es probable que se hubiese convertido en el primer ciclista de la historia en sumar tres triunfos consecutivos en la Milán-San Remo algo que a estas alturas nadie ha sido capaz de conseguir, ni tan siquiera Eddy Merckx que, con siete victorias, es el líder en triunfos en la gran clásica de marzo.
La carrera de Petrucci ya no tuvo muchos grandes días. Una victoria en el Giro del Lazio fue su última gran conquista. Nadie sabe muy bien las razones. Por un lado puede que su dedicación no fuese la misma y que también le desesperara un poco la actitud que los Bianchi solían tener que él, siempre vigilantes para complicarle las cosas porque hay rencillas que en aquel tiempo nadie era capaz de borrar. La cuestión es que con apenas veintiocho años decidió abandonar el ciclismo profesional y dedicarse a otras cuestiones. Se fue contento con su carrera aunque sin dejar de lamentar aquella tarde de 1954 en la que Pino Favero le impidió ese tercer triunfo consecutivo en San Remo que aún hoy le tendría en el altar del ciclismo.
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