Baloncesto | In Memoriam
Adiós a Rodri, el gran patriarca de las canchas de Samil
Histórico del baloncesto vigués, jugó hasta superar los 80 años
Ha fallecido de manera inesperada a los 86

Rodri, en una imagen de 2018. / Cristina Graña

Había dejado de jugar hace algunos años. No había sido capaz de sobreponerse a la interrupción de la pandemia. «El balón ya me pesa mucho», se había resignado con tristeza. Jugó, no obstante, más allá de lo que cualquier otro hubiera podido ambicionar. Jamás menguó su pasión por el baloncesto. Aún le había reclamado a una de sus hijas, profesora en un colegio, canastas de minibasket para que los niños disfrutasen de lo que él descubrió tirándole a un cuadrado pintado en la pared, en la calle Roupeiro, durante la posguerra.
Tampoco se alejó del todo de las canchas de Samil, donde había seguido jugando, tras retirarse, hasta pasar de los ochenta. Aún estuvo de visita hace escasos días, repartiendo saludos y abrazos. Ha fallecido a los 86 años de edad José Antonio Rodríguez Rodríguez, Rodri para las muchas generaciones que han compartido tantas mañanas con él. «Siempre se le recordará en la pachanga de Samil», escribían ayer en uno de los grupos de jugadores.
Rodri militó hasta los 28 años en el equipo del Grupo de Empresas Álvarez, donde compuso plantilla con miembros del Estudiantes. Jugaría una temporada más en el Ademar. Ganó dos veces el Campeonato de España de Empresas. Tambien fue campeón gallego con Estudiantes y cinco con Álvarez de forma consecutiva. Participó en aquellos históricos partidos en A Barxa, Las Cabañas, O Calvario, Vía Norte... En el Náutico disputó un amistoso con Buscató. Conoció a Brabender, Monsalve, Luyk o Emiliano. Antonio Díaz Miguel les impartió una conferencia en una ocasión con un jovencísimo Aíto García Reneses a su lado.
Rodri se retiró pronto de la competición oficial, en realidad cuando se estilaba entonces. Empezó aliviándose el vicio en partidos informales. Después, con el despliegue de «Por un Vigo millor», se convirtió en una figura imprescindible de las canchas de Samil; las de San Remo al principio y las del final del paseo más tarde, según las mudanzas de las épocas. Cambiaron los aros y los tableros. Mejoraron los balones. Se agrietó el enlosado o se pintó.
Las gentes llegaron y se fueron, según el dictado de cada destino, sabiendo que siempre lo encontrarían allí al regresar. Un maestro de palabra amable, consejo sabio y muñeca infalible. Falleció este jueves de mañana, acompañado por su amada Mary-Té. Su devoción por la familia fue lo único que superó al basket, que era para él amistad y vida. Se fue quizá soñando una última canasta.
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