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Historias irrepetibles

John White, el fantasma del Tottenham

John White fue un fiel exponente de la capacidad que Escocia ha tenido para dar extremos geniales. En el Tottenham se convirtió en un símbolo y en uno delos responsables del mejor tiempo de su historia hasta que una desgracia se cruzó en su camino.

White, a la derecha, se abraza con Greaves tras ganar la Copa.

White, a la derecha, se abraza con Greaves tras ganar la Copa. / FDV

Juan Carlos Álvarez

Juan Carlos Álvarez

A comienzos de los sesenta un fantasma guiaba al Tottenham en sus días más gloriosos. Era pequeño, delgado, rubio, eléctrico en todo lo que hacía. Se llamaba John White y había llegado a Londres procedente de su Escocia natal en 1959 después de escribir las primeras líneas de su carrera profesional en el Alloa Athletic y sobre todo en el Falkirk, con el que jugó una temporada en la máxima categoría. Muchos equipos sintieron curiosidad por él, sobre todo el Glasgow Rangers, que nunca acabó por decidirse. Le veían demasiado pequeño, frágil y no tenían tan claro que aquel muchacho estuviese preparado para asumir una importante responsabilidad en un equipo de alta exigencia como el de los protestantes de Glasgow y sobre todo para hacer frente a la contundencia de los defensas que marcaban territorio en el fútbol británico. No mostró tantas dudas el Tottenham, que se presentó ante los dirigentes del Falkirk con más de 20.000 libras para fichar al extremo. La prensa londinense cargó duramente contra la nueva gerencia del club (en manos desde hacía un año de Bill Nicholson, un exfutbolista de buen pie y mejor ojo, personaje esencial en la historia de los «Spurs») porque consideraban un derroche absurdo de dinero invertir esa cifra en un jugador sin apenas currículo y que previsiblemente tendría un paso fugaz por White Hart Lane.

Aquel Tottenham reunió una de las mejores plantillas de su historia. Los viejos aficionados no tienen duda de que nunca habrá otro igual. En el campo se juntaron Jimmy Greaves (máximo goleador de la historia del club), Cliff Jones, Danny Blanchflower y John White. Nadie discutía la importancia y el factor desequilibrante que era el pequeño futbolista escocés. Lo explicó mejor que nadie Blanchflower, el capitán del equipo que vivía los últimos años de su carrera y quien tenía muy claro sobre quién debía edificar su futuro el Tottenham: «John White aparecía y desaparecía cómo y cuándo quería. Era tan rápido que parecía invisible. A veces creías que no lo veías, pero siempre estaba ahí».

Por eso, y por su tez blanquecina, comenzaron a llamarlo The Ghost (el fantasma), por esa capacidad para aparecer por sorpresa en cualquier sector del ataque, para desequilibrar con su regate eléctrico y sobre todo para asistir a sus compañeros, conscientes de que el factor diferencial de su vestuario era aquel escocés que dejaba defensas en el camino con una sencillez asombrosa. El Tottenham desarrolló una dependencia enorme de White. Un dato lo corrobora. Mientras duró su carrera en el conjunto londinense, sus compañeros solo fueron capaces de ganar uno de los quince partidos que disputaron sin él. Necesitaban aquella descarga de energía, de electricidad que les proporcionaba el «fantasma».

Títulos

El palmarés del Tottenham acredita lo que fueron aquellos años y sobre todo la explosión de 1961. Ese año se convierten en el primer equipo del siglo XX que conquista el doblete (Liga y Copa) en Inglaterra. Su paso por el torneo de la regularidad fue una locura. Alcanzaron los cincuenta puntos antes que ningún otro equipo en la historia y cerraron la temporada con 115 goles (récord histórico en el club y que difícilmente podrá ser superado en el futuro). Ganaron la Copa de 1962, año en el que el enorme Benfica de Eusebio les apartó de la final de la Copa de Europa, y en 1963 se convirtieron en el primer equipo inglés en levantar un trofeo europeo. Sucedió en la Recopa en una inolvidable final jugada en el estadio De Kuip de Rotterdam. Es el Atlético de Madrid el que sufre la descarga de John White y los suyos. Antes del comienzo, en medio de los nervios propios de una final, el escocés parece el más relajado de todos. Más que Greaves o que Banchflower, el viejo capitán que sabe que está ante la última ocasión de conquistar un torneo internacional porque se retira al año siguiente. «Si tenéis algún problema levantad la cabeza, a vuestro lado siempre estaré yo». Y así fue. Los colchoneros persiguieron durante toda la noche la sombra de John White por el estadio de Rotterdam. El 5-1 (un gol y tres asistencias de White) da una idea de lo que fue el partido. La leyenda sobre este futbolista de 26 años no paraba de crecer y en White Hart Lane se frotaban las manos conscientes de que sus mejores días aún estaban por llegar y Nicholson pensaba edificar el club alrededor de su extremo escocés. Solo les inquietaba una cosa y era la presencia cada semana de los técnicos del Manchester United en el estadio. Era una evidencia que Matt Busby, que trataba de reconstruir su equipo tras el accidente de Múnich, tenía al escocés como uno de sus objetivos.

Todo cambió de forma inesperada para el Tottenham el 21 de julio de 1964, el día en que empezaba la pretemporada. White, después de pasar la mañana haciéndose fotos, firmando autógrafos a escolares y compartiendo un rato de camaradería en el vestuario, se acercó al campo de golf de Crew Hill para practicar, como buen escocés, su pasatiempo favorito. Su mujer, Sandra, le había pedido que no fuera porque era algo tarde, pero él insistió y acabaron discutiendo. En el campo se encontró con Tony Marchi, compañero del Tottenham que ya había acabado su recorrido. Había amenaza de mal tiempo, pero no le preocupó en exceso. White salió a jugar solo en un campo que ya estaba casi desierto. Estaban cerca del final cuando una tormenta comenzó a caer sobre él. Obstinado, el futbolista insistió en terminar los dieciocho hoyos pese a que la situación era cada vez más preocupante y solo cuando comenzaron las descargas eléctricas se supone que decidió retirarse. Cometió entonces un error infantil. Se fue a proteger debajo de un árbol donde un rayo le alcanzó de lleno y allí, en medio de un idílico campo de golf próximo a Londres, se acabó para siempre la historia de uno de los futbolistas que escribió algunas de las páginas más gloriosas de los años sesenta, pero a quien le quedaban muchas por escribir. La noticia devastó por completo al Tottenham y a sus compañeros, que no fueron capaces de reponerse del mazazo que supuso perder a su gran estrella y a uno de los muchachos que más hacía por la convivencia en el vestuario. De hecho, una Copa en 1968, cuatro años después, fue la única conquista de los londinenses antes de la década de los ochenta, lo que da una idea del impacto que la noticia tuvo en la vida del club. Los aficionados lloraron su pérdida como ninguna otra.

Pero el recuerdo de White se mantuvo vivo en la grada de White Hart Lane durante mucho tiempo en una de esas liturgias que tanto gustan en Inglaterra. Sucedía cada día de partido en que el cielo se oscurecía y la tormenta descargaba sobre el viejo estadio londinense, hoy desaparecido. Los aficionados del Tottenham sonríen entonces cuando ven los rayos dibujados en el cielo y escuchan retumbar los truenos por encima de sus cabezas. Entonces alguno de ellos encuentra el mejor momento para explicarle a un hijo o a un nieto la leyenda de John White.

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