Historias irrepetibles
El otro equipo que se perdió en Múnich
El accidente del Manchester United en 1958 fue también el punto final de un grupo de excelentes cronistas deportivos. Ocho de los once periodistas que viajaban en el avión fallecieron en el accidente de Múnich

Arriba, Alf Clarke, Frank Swift, Henry Rose y Archie Ledbrooke; abajo, George Follows, Donny Davies, Tom Jackson y Eric Thompson. / FDV
“Allí no murió un equipo, lo hicieron dos”. La frase corresponde a Frank Taylor, uno de los veintiún supervivientes del accidente de avión que el 6 de febrero de 1958 puso fin en Múnich a la historia de los “Busby Babes”, aquel icónico Manchester United que aspiraba a reinar en Europa. Taylor, autor de un libro en el que relata el terrible suceso y los acontecimientos que vinieron a continuación, era periodista del News Chronicle y durante toda su vida defendió la memoria de la generación de brillantes periodistas que se quedaron para siempre sobre la nieve del aeropuerto alemán. El mundo rinde con frecuencia tributo a la lista de jugadores que jamás regresaron de aquel viaje mortal (Geoff Bent, Roger Byrne, Eddie Colman, Duncan Edwards, Mark Jones, David Pegg, Tommy Taylor y Billy Whelan) pero ha olvidado al resto de víctimas. Buena parte del pasaje (once de las cuarenta y cuatro personas que se subieron en Belgrado al avión) eran periodistas que solían acompañar al Manchester United en sus partidos. Solo tres sobrevivieron a la colisión del avión en el tercer intento de despegue: Ted Ellyard, telegrafista del Daily Mail; Peter Howard, fotógrafo del Mail; y el mencionado Frank Taylor, que resultó gravemente herido, pero finalmente regresó a su puesto de trabajo.
Taylor recuerda en el libro que poco antes del despegue se acercó a la parte trasera, donde se produjo la mayoría de víctimas mortales, para decirle a sus compañeros que había bastantes plazas en la zona delantera por si querían cambiar de asiento, pero todos permacieron en el mismo sitio porque ya estaban organizando varias partidas de cartas con las que ocupar el tiempo de vuelo. La muerte les sorprendió antes de que comenzasen a barajar. La lista de periodistas fallecidos está compuesta por Alf Clarke del Manchester Evening Chronicle, Donny Davies del Manchester Guardian, George Follows del Daily Herald, Tom Jackson del Manchester Evening News, Archie Ledbrooke del Daily Mirror, Henry Rose del Daily Express, Eric Thompson del Daily Mail y Frank Swift del News of the World. Todos tiene su historia como Swift que fue una estrella en la portería del Manchester City y acabó reciclándose en brillante analista; o Donny Davies, el que mejor escribía y que llegó a jugar en la selección amateur inglesa…
En un tiempo en el que no existía la televisión y las emisoras de radio aún no tenían una implantación tan sólida en el fútbol, los cronistas deportivos eran absolutas estrellas. En los años cincuenta los tabloides británicos habían descubierto el poder de atracción que para su público tenían las buenas y personales crónicas en la sección de deportes. Fue una revolución porque eso cambió el tratamiento de los medios, pero también el lenguaje utilizado y se disparó su influencia en el público. Así los periodistas ganaron peso, reconocimiento y dinero. No es de extrañar que trece días después del accidente de Múnich, cuando el Manchester United volvió a jugar un partido oficial contra Sheffield Wednesday en la Copa con una alineación repleta de jóvenes y de fichajes hechos a última hora, la conmoción que invadía Old Trafford también afectase a la tribuna de prensa donde un puñado de jóvenes periodistas ocuparon las plazas libres que habían dejado los consagrados que habían perdido la vida en el accidente. David Meek, que a partir de ese día cubriría durante más de treinta años al United, se estrenó ese día en el lugar del malogrado Tom Jackson y reconocería toda su vida que aquello fue un trago terrible para quienes tuvieron que sentarse en las butacas que sabían no les correspondían. Por eso algunos renunciaron a firmar la crónica de aquella tarde victoriosa en la que el Manchester United, empujado por el ambiente casi místico que se generó en el estadio después de que sonase por la megafonía el mensaje grabado en el hospital de Múnich por Matt Busby, el alma y constructor de aquel equipo desgraciado, pidiendo a la gente que no se apartasen del club en ese momento y prometiendo el regreso.
Henry Rose
De todas las pérdidas de periodistas en la tragedia ninguna provocó el impacto de Henry Rose, que llevaba más de treinta años trabajando en el Daily Express hasta convertirse en una absoluta estrella. En un tiempo en el que casi ningún futbolista tenía coche propio, Rose aparcaba en las puertas de Old Trafford su Jaguar y su presencia era anunciada por la megafonía del estadio (“Henry Rose está aquí hoy” decían) mientras él saludaba levantando su sombrero marrón con una mano mientras sostenía un puro con la otra. Lo mismo sucedía en otros estadios donde no era tan bien recibido por su afinidad confesa por el Manchester United. Especialmente duros con él eran los aficionados del Liverpool en Anfield, pero Rose les correspondía de la misma manera. Frank Taylor, el periodista superviviente, cuenta en su libro que Rose no era el mejor ni el más talentoso de los escritores que cubrían por entonces al United, pero que su grandeza estaba en que “siempre sabía por qué estaba enfadado el tipo que toma cervezas en el bar y eso es lo que les dio”. Captaba los estados de ánimo y eso le permitió tener una conexión muy especial con el público, especialmente con la clase menos formada que acogía con más cariño su estilo. Era descarado, directo, sarcástico, contundente como ninguno de sus compañeros. Henry Rose era hijo de una pareja que había huído a Inglaterra desde Ucrania para librarse de la persecución zarista de la población judía. Siempre quiso ser periodista y escribir de deportes. Cuando los aires de cambio llegaron a su oficio fue de los primeros en adaptarse y sobre todo el que mejor entendió a su público.
Durante los días siguientes al accidente Mánchester fue un rosario interminable de funerales y entierros hasta el punto que muchos empleados del club no daban abasto para cumplir con todos los actos en los que querían estar presentes. Pues de todos los actos fúnebres que se organizaron en la ciudad ninguno alcanzó el nivel de movilización popular que se vivió en el entierro de Henry Rose. Hubo más gente despidiendo a un periodista que a los futbolistas que tanto adoraba Manchester. El cortejo partió de la vieja sinagoga de Manchester Sur y se detuvo unos minutos frente a la sede del Daily Express donde una mutitud, entre las que encontraban todos los miembros del periódico, esperaban a Henry Rose. Nunca se había visto en la ciudad una despedida semejante, con miles de personas esperando para ver pasar el cortejo hasta el Cementerio del Sur. Una flota de cuatrocientos taxis se puso a disposición de aquellos que quisiesen acudir a dar su último adiós al periodista. Ninguno de ellos bajó la bandera y todos los viajes fueron gratis. “Viví y morí cien veces en aquellos días angustiosos” había escrito sobre su experiencia en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial. Pensaba que allí le estaba esperando su final, pero no imaginaba, como el resto de los pobres incautos que perdieron la vida en aquella tarde fría de Múnich, que lo haría mientras hacía aquello que más le llenaba el alma: seguir al equipo de su vida por los campos de Inglaterra y Europa para contárselo luego a sus fieles lectores.
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