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Historias irrepetibles

Gastone Nencini, el León de Mugello

Gastone Nencini fue el menos conocido de los siete italianos que ganaron el Tour de Francia

Guardaba sus trofeos en una caja de licores en el sótano de su casa

Nencini, durante una etapa del Tour de Francia.

Nencini, durante una etapa del Tour de Francia.

Juan Carlos Álvarez

Juan Carlos Álvarez

Gastone Nencini llenó dos veces la plaza de la Santissima Annunziata de Florencia. La primera fue en julio de 1960 gracias a su victoria en el Tour de Francia; la segunda, el día de su entierro tras una inesperada muerte cuando solo faltaba un mes para cumpliese los cincuenta. Aquel día la ciudad toscana se llenó de emoción y agradecimiento hacia el conocido como «León de Mugello» (la ciudad que lo vio nacer en 1930), el menos conocido de los siete italianos que a lo largo de la historia regresaron de Francia tras conquistar el maillot amarillo. Nunca le importó ese papel algo secundario que la historia del ciclismo de su país le reservó, más preocupada por cuidar de otros mitos. Simplemente quería envejecer orgulloso de todas las pedaladas entregadas sin otra pretensión que ver crecer a sus hijos y alimentar esa afición a la pintura que le había llevado a apuntarse a las clases de uno de los grandes retratistas italianos del siglo XX. Todos aquellos planes se vieron interrumpidos demasiado pronto.

El padre de Nencini, que falleció casi a la misma edad que su hijo, no alfombró el camino de Gastone hacia el oficio de ciclista. No le veía salida ni futuro. «Coppi y Bartali salen uno cada cien años» le había advertido a lo que el entusiasta niño respondió: «Es imposible porque ahora mismo están corriendo juntos». Pero en la ilusión infantil pesó mucho más la leyenda de los grandes mitos italianos que el consejo paternal. Y eso que Gastone adoraba a su padre Atilio, pero por un día tuvo que traicionarle. Por eso en cuanto pudo hacerse con una bicicleta de segunda mano le pidió a su mejor amigo que se la escondiese en su casa. El resto llegó por su propio peso. El secreto acabó por llegar a oídos de su padre que a regañadientes concedió a su hijo el intento de hacerse ciclista. Nencini se convirtió en un tipo grande de enorme potencia. Era fuerte y decidido, algo que ponía en evidencia sobre todo en los descensos que abordaba en ocasiones de forma temeraria.

Aterrizó al mundo profesional en 1953 y solo dos años después se vio en una situación inesperada cuando llegó a la penúltima etapa del Giro de Italia como líder de la general. Pero ese día, camino de San Pellegrino, los ya veteranos Fausto Coppi y Fiorenzo Magni, dos de las grandes leyendas del ciclismo italiano, se confabularon para negarle la gloria al recién llegado organizando un ataque que a ambos interesaba en aquel momento de sus vidas. Coppi se quedó con la etapa y Magni, con la general. Juntos enviaron a Nencini al tercer lugar del podio de Milán. El valeroso corredor toscano creía que ese día se le había ido la ocasión de su vida, pero se equivocaba por completo.

Dos años después Nencini asumió cierto peso en Italia porque la brillante generación anterior, la que sufrió la Segunda Guerra Mundial, se había marchado a su casa convertidos en mitos. Bartali, Coppi, Magni… todos estaban retirados y por esa rendija se coló él. En 1957 el Giro era una prueba muy abierta en la que coincidían unos cuantos italianos con aspiraciones (Nencini, Defilipis, Baldini…) con otros corredores de gran nivel como Bobet o Charly Gaul. El odio que se tenían estos dos últimos fue decisivo en el desenlace de la carrera. En la etapa dieciocho Gaul era el líder, pero una pausa para hacer sus necesidades fue aprovechada por Bobet para atacarle de forma traicionera y letal. Nencini se fue con los de delante y se convirtió en el líder de la carrera con solo diecinueve segundos de ventaja mientras Charly Gaul enterraba por completo sus posibilidades al llegar a más de nueve minutos. Aquella edición de la carrera fue bautizada con el nombre del «Giro del pis» y algunos, algo más insolentes, llamaron al desafortunado ciclista luxemburgués «Monsieur Pipi».

El primer gran triunfo

Al día siguiente, en la jornada que decidía la carrera, Nencini se ató a la rueda de Bobet que hizo todo lo posible para soltarle. El italiano resistió hasta que la mecánica entró en juego. Nencini sufrió tres pinchazos casi seguidos en apenas diez kilómetros y vio cómo la diferencia con el francés comenzó a crecer hasta un punto preocupante. Pero justo en ese momento encontró el mejor socio que podía imaginar porque Charly Gaul dio con la mejor venganza posible. El luxemburgués colaboró con Nencini con todas fuerzas para cerrar el hueco y no paró hasta llevarlo hasta su rueda para saldar la cuenta pendiente entre ellos. Dos días después el «León de Mugello» entró victorioso en las calles de Milán para festejar su primer gran triunfo.

Nencini añadió victorias de relieve a su palmarés en las grandes carreras, fue segundo en otro Giro de Italia, pero su momento de mayor relevancia estaba aún por llegar. Sucedió en el Tour de 1960 cuando en la sexta etapa cazó una escapada con otros tres corredores (Roger Riviere, Jan Adriaenssens y Junkermann) que alcanzaron en meta una ventaja de catorce minutos. De ahí hasta el final Nencini hizo valer su mayor solidez en la montaña y su destreza en los descensos donde era uno de los grandes especialistas del pelotón como pudo comprobar Roger Riviere quien tratando de seguirle en el descenso del Col de Perjuret sufrió un temible accidente que le provocó una fractura de la columna que acabó con su carrera profesional. Ya lo había avisado años antes el francés Raphaël Géminiani que en cierta ocasión dijo que «la única razón para seguir a Nencini cuesta abajo sería si quisieras morir».

Sin Riviere en competición Nencini coronó su histórica victoria en el Tour de Francia y se convirtió en el cuarto italiano en conquistar la victoria en la ronda francesa después de Ottavio Botecchia, Gino Bartali y Fausto Coppi. Charles de Gaulle acudió a rendirle tributo y le dejó una hermosa dedicatoria: «Luchaste como un verdadero soldado. ¡Enhorabuena! París es tuyo, y te lo merecías». En Florencia, donde vivía desde hacía tiempo, la ciudad se echó a la calle para recibirle como un héroe, un papel que le costaba interpretar. Su carrera no se estiró demasiado porque un año después de su victoria, en una carrera en su localidad natal, sufrió un duro accidente que le dejó importantes secuelas en la espalda. Los dolores ya le acompañaron para siempre a partir de aquel día. Corrió un par de años más, pero no hubo grandes resultados. Pero paseó su espíritu luchador y su humildad hasta el último día que permaneció montado sobre la bicicleta.

Después de aquello montó una tienda de bicicletas, dirigió un equipo ciclista y se dedicó, por encima de todo, a su gran pasión que era la pintura. Cargó con su historia de forma discreta como lo demuestra que la mayoría de sus grandes trofeos los tenía cogiendo polvo en una caja de licores que guardaba en el sótano de su casa de Florencia. Apenas los mostraba y la importancia que les concedía era relativa. Era un buen hombre a quien a los cuarenta y nueve años se le diagnosticó una enfermadad linfática que acabó con su vida demasiado pronto. Fue un 2 de febrero de 1980, el día en que las calles de Florencia se llenaron de un silencio doloroso en honor de un ciclista bondadoso, de un toscano ejemplar.

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