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Historias irrepetibles

La dignidad de «Assi»

Ahora que Noruega acaba de sellar su pasaporte para el Mundial es bueno recordar la figura de Asbjørn Halvorsen. Fue jugador, seleccionador y presidente de la Federación, y su comportamiento durante la ocupación nazi fue ejemplar.

Halvorsen, segundo por la derecha arriba, junto a sus compañeros del Hamburgo.

Halvorsen, segundo por la derecha arriba, junto a sus compañeros del Hamburgo. / FDV

Juan Carlos Álvarez

Juan Carlos Álvarez

En julio de 1940 Asbjørn Halvorsen, secretario de la Federación Noruega de Fútbol, fue convocado a una reunión en el Parlamento de Oslo donde le esperaba Josef Terboven, el «Reichskommissar» (comisario del Reich) desde que Alemania iniciara la ocupación de Noruega tres meses antes. Terboven quería un partido de fútbol que enfrentase a las selecciones de los dos países con el objeto de dar la bienvenida y bendecir a la nueva administración nazi del país nórdico. La conversación se desarrolló en alemán, sin intérprete alguno, porque Halvorsen pasó doce años de su vida jugando en el Hamburgo, ciudad en la que se convirtió en una auténtica leyenda. Terboven garantizaba la seguridad del partido e instó a su interlocutor a preparar a su selección (Halvorsen ejercía de secretario federativo y también de seleccionador) para el partido que tenían previsto celebrar a la vuelta del verano, en el mes de septiembre.

Halvorsen le respondió que no se preocupasen por la seguridad ni por más detalles del partido porque no se celebraría, que no utilizasen el fútbol para limpiar su imagen y que hasta el último niño de Noruega sabía perfectamente que ellos no pertenecían al Reich sino que estaban en guerra con él. Salió de la habitación convencido de que la vida no iba a resultar sencilla a partir de ese momento para él. El antiguo líder de la selección noruega de fútbol, el que la dirigió con apenas veinte a una histórica victoria sobre Inglaterra en los Juegos Olímpicos de 1920, acababa de poner la primera piedra para que unos meses después, en noviembre de 1940, trescientos mil atletas se unieran convencidos de que el espíritu del deporte no podía ser utilizado como herramienta por el régimen nazi, obsesionado por normalizar aquella ocupación. Las competiciones deportivas jugaban un papel importante en la campaña de imagen que pretendían los alemanes. Si seguían en marcha es que nada grave sucedía en Noruega. Atletas, futbolistas, luchadores, esquiadores, boxeadores…. protagonizaron la que puede ser considerada la mayor huelga en la historia del deporte. Así comenzó el «Idrettsboikotten» («boicot deportivo»). Durante casi 2.000 días, hasta su liberación, el pueblo noruego rechazó por completo el deporte público. El lavado de imagen a través del deporte no funcionaría. El «Idrettsfronten» («frente deportivo») se convirtió en el primer movimiento de resistencia civil noruego de la Segunda Guerra Mundial y, posteriormente, serviría de guía para todo el movimiento de resistencia.

Los alemanes no podían tomar represalias contra Halvorsen de forma inmediata por su simple negativa a organizar el partido. Podía ser contraproducente y generar justo lo contrario de lo que pretendían. Sabían que lo suyo no era una simple pose y tenían sobradas razones para creerlo. Como jugador del Hamburgo, en 1933, en uno de sus últimas presencias con el equipo al que tanta gloria había dado vio cómo sus compañeros se alineaban y levantaban el brazo derecho con la palma de la mano extendida para hacer el saludo nazi. Él permaneció inmóvil con la vista fija en el palco de autoridades, razón por la que los dirigentes del Hamburgo entendieron que lo mejor para él era regresar a casa. Y poco después de que se instaurase la nueva administración militar de los alemanes en Noruega, Halvorsen fue el encargado de organizar la final de la Copa de Noruega, el último partido de fútbol no clandestino que se jugaría en el país durante cinco años. Halvorsen había amenazado con liderar un boicot si se hacía obligatorio el uso de simbología nazi en aquel partido. «Assi», el apodo por el que se le conocía desde que era pequeño y correteaba detrás de cualquier cosa que se pudiesen patear, negó personalmente a Terboven el acceso al palco real. El himno nacional había sido prohibido y la familia real se había exiliado, pero aquel palco reservado históricamente para ellos permaneció vacío y a su manera se convirtió en un símbolo de resistencia.

Victoria sobre Alemania

Halvorsen era un dolor de cabeza para los alemanes como bien recordó Terboven aquellos días que no olvidaba que cuatro años antes, en los Juegos Olímpicos de Berlín, Adolf Hitler acudió por primera y única vez a un partido de fútbol para ver la eliminación de Alemania en cuartos de final a manos de la Noruega entrenada por aquel tipo orgulloso. Tras poner fin a su carrera en Hamburgo y regresar a casa, la Federación había convertido a Halvorsen en secretario general y seleccionador al mismo tiempo. El equipo mejoró de inmediato porque al espíritu libre del futbolista noruego, él añadió la disciplina, la preparación física y el método que había aprendido durante sus doce años en Alemania. La medalla de bronce olímpica en Berlín fue el primer paso en la dirección correcta.

Pero la Segunda Guerra Mundial había detenido todo y en 1940 las preocupaciones ya eran otras. Después de desafiar a Terboven en aquella reunión de Oslo, Halvorsen rechazó los ofrecimientos que le hicieron las autoridades para mediar con los deportistas que mantenían en pie su boicot a cualquier manifestación deportiva en público. Pero no solo eso. También se encargaba de colaborar a su manera con la resistencia. Lo hacía desde un sótano situado a doscientos metros del Palacio Real desde donde emitían, a través de una emisora de radio clandestina, noticias y comunicados para saltarse el bloqueo informativo de los nazis.

Campo de concentración

El 7 de agosto de 1942 Halvorsen fue arrestado por los soldados alemanes y trasladado de inmediato a Struthof-Natzweiler, un campo de concentración cercano a Estrasburgo, el primero descubierto por los Aliados en su recorrido hacia Alemania, conocido como “Noche y Niebla”, y que se convirtió en el destino de muchos activistas políticos. Algunos guardias del campo aficionados al fútbol conocían a Halvorsen por aquellos años de gloria que le había dado al Hamburgo y eso le permitió conseguir mínimas ayudas para algunos noruegos que compartieron encierro con él. Trygve Bratteli, quien más tarde se convertiría en primer ministro del país nórdico, debería haber muerto en Natzweiler, pero Halvorsen consiguió la atención médica que le salvó la vida. Hacia el final de la guerra, cuando llevaban más de dos años encerrados, buena parte de los noruegos fueron trasladados al campo de Vaihingen, en Alemania, donde una epidemia de tifus barrió a buena parte de ellos.

Halvorsen sobrevivió de milagro. Cuando el campo fue liberado estaba junto a los enfermos considerados terminales. Pesaba menos de cincuenta kilos, tenía tifus, reumatismo y neumonía. Pero su fortaleza le protegió en ese momento en el que su vida estuvo en un alambre. Regresó a la Noruega liberada por fin del yugo nazi para reconstruir por completo la Federación de Fútbol de la que inmediatamente fue nombrado presidente. Puso en marcha reformas que afectaban a la formación de los futbolistas, de los técnicos, de las competiciones y se preocupó de que los clubes pequeños no se viesen nunca pisoteados por los aquellos que gozaban de más recursos para llevar adelante sus proyectos. Halvorsen resistió diez años en el cargo y murió con solo 56, después de que su salud fuese incapaz de resistir los daños de aquellos treinta meses de encierro en un campo de prisioneros nazi. Le encontraron muerto en un hotel de Narvik, a donde se había desplazado en un viaje para atender cuestiones relacionadas con la Federación. Fue despedido como el héroe que fue, siempre abrazado al deporte y a la dignidad.

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