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Historias irrepetibles

Colin Addison y el barro de Hereford

Antes de que llegase a nuestra vida en el Celta, Colin Addison vivió su gran episodio en el fútbol cuando como entrenador-jugador lideró a un equipo aficionado a la mayor sorpresa de la historia de la Copa inglesa.

Los jugadores del Hereford, con Addison arriba en el centro, celebran la victoria

Los jugadores del Hereford, con Addison arriba en el centro, celebran la victoria / FDV

Juan Carlos Álvarez

Juan Carlos Álvarez

Mucho antes de que el gran Colin Addison comenzase su tormentosa relación con Rivadulla en Vigo y llevase al Celta al inolvidable ascenso en Sestao fue protagonista de una de las mayores gestas de la historia del fútbol británico cuando en 1972, siendo jugador-entrenador del Hereford United –un conjunto aficionado– eliminó en la Copa inglesa al todopoderoso Newcastle. Aquella victoria constituyó la mayor sorpresa que había deparado hasta ese momento la competición más antigua del fútbol mundial desde la victoria del Yeovil Town descabalgó de la misma competición al Sunderland en 1949. Por primera vez en más de veinte años un «non league» –nombre con el que se conoce a los equipos que no pertenecen al fútbol profesional– derrumbaba a un gigante y abría un camino que en contadas ocasiones han sido capaces de explorar algunos equipos.

Addison sólo tenía 31 años cuando decidió compatibilizar las tareas de mediocentro con la de entrenador del modesto Hereford, equipo de una modesta localidad dedicada a la agricultura y sobre todo la ganadería (hay una raza de vaca que lleva el nombre de la ciudad). Colin había desarrollado una notable carrera como futbolista en algunos de los grandes equipos de aquella época. Comenzó en el York City, pasó al Nottingham Forest (con el que marcó la apreciable cifra de 62 goles en casi 200 partidos para ser un centrocampista de orden) y al Arsenal donde su carrera podía haber dado un enorme salto de calidad pero las cosas no le fueron demasiado bien. Su último equipo en la élite fue el Sheffield United cuya camiseta defendió hasta que cumplió los 31 años momento en el que diversos problemas físicos le obligaron a buscar cobijo en el fútbol aficionado. Eligió el Hereford y Frank Miles, el presidente que era dueño de un negocio de alfombras, le ofreció también el trabajo de entrenador. Aceptó porque sabía que su futuro estaría inevitablemente ligado a los banquillos y aquel podía ser un buen comienzo. Dirigía al equipo en el centro del campo y desde allí ordenaba posiciones, hacía los cambios y mandaba instrucciones a sus compañeros. Poco podía imaginarse que en su primera temporada en el modesto conjunto británico iba a convertirse en una celebridad gracias a la Copa, el torneo más democrático del mundo porque lo puede jugar cualquier equipo aficionado, por pequeño que sea. El trabajo no era sencillo porque la plantilla estaba desperdigada por toda Inglaterra y la mayoría apenas podían entrenar un par de veces por semana, lo que obligaba a Addison a hacer verdaderos malabares.

En la temporada 1971-72 el Hereford inició la competición de Copa y de forma apurada comenzó a eliminar equipos hasta plantarse en la cuarta ronda, lo que le permitía soñar con un duelo ante uno de los grandes. Y el sorteo fue condescendiente al emparejarle con el Newcastle, uno de los grandes equipos del momento aunque para su desgracia el partido debía jugarse en St Jame´s Park. Pero a los vecinos de Hereford aquello les pareció un regalo y cinco mil aficionados llenaron autocares y trenes para viajar a Newcastle en lo que era un día de fiesta para ellos. El conjunto de Primera salió con una alineación formada por mayoría de suplentes en un encuentro que imaginaban de verbena. Sin embargo, a los diecisiete segundos el Hereford ganaba 0-1. Las «urracas» remontaron en apenas trece minutos y cuando creían haber noqueado a aquellos provincianos algo insolentes apareció Addison para desde fuera del área marcar un golazo y llevar la eliminatoria al «replay» que se jugaría en Edgar Street. Malcolm McDonald, el mejor jugador del Newcastle y uno de los seis internacionales por Inglaterra que tenía en ese momento el equipo, declaró en la prensa para frenar el entusiasmo que había generado el encuentro que «les vamos a marcar diez».

La lluvia y el barro

El 5 de febrero de 1972 más de catorce mil personas se acomodaron como pudieron en el viejo estadio de Hereford para ver el partido de sus vidas. Había llovido una barbaridad y el terreno de juego estaba muy pesado. No era mala noticia para el Hereford que se iba a dejar el alma en cada jugada. Era la tercera vez que se intentaba disputar el partido y la eliminatoria había empezado a convertirse en un dolor de cabeza para el Newcastle cansado de viajar y hacer noche en Hereford para nada. Tras la segunda suspensión Colin Addison se llevó a casa a Joe Harvey, entrenador de las “urracas”, a tomar un te y compartir una charla. Estaba abatido porque aquello le enredaba una temporada en la aspiraba a levantar alguno de los títulos en juego. Pero el 5 de febrero el partido podía celebrarse aunque el campo estuviese muy pesado. En el campo no cabía un alma saltándose cualquier norma de seguridad. Horas antes del partido un directivo llegó junto al presidente con una mala noticia: ya no quedan entradas para vender y había un montón de gente en las taquillas. “¿Y cuál es el problema? Imprime más”, le respondió el vendedor de alfombras. Y así fue. La BBC eligió el partido como el “Match of the day”.

El Newcastle alineó a su equipo de gala convencido de que le esperaba un importante sufrimiento en aquel terreno. Y así fue. El Hereford dominó y le creó innumerables problemas a las «urracas» que supieron apretar los dientes y esperar su ocasión cuando el partido parecía condenado a la prórroga después de una dura batalla sobre un campo cada vez más complicado. McDonald cazó en el minuto 82 un centro al segundo palo y lo colocó en el fondo de la red ante la desolación general de un público entusiasta. «Se acabó» pensó Addison como él mismo dijo tras el partido. Era un mazazo demasiado grande para un modesto que de repente se despertaba de su sueño. Sin embargo, ocurrió lo impensable una vez más. Ronnie Radford, en el minuto 85, recogió un balón en el medio del campo y enganchó desde 35 metros un latigazo asombroso que se coló por la escuadra derecha de la meta del Newcastle. El viejo estadio rugió y cientos de aficionados de todas las edades entraron en el campo para celebrar el gol. El Hereford acababa de llevar el partido a la improbable prórroga. Y allí sucedió lo milagroso.

En el minuto 103 Ricky George, que acababa de entrar en el campo, aprovechó un rechace en el área visitante para sacarse un remate extraño, algo «mordido», que se durmió junto al poste derecho de la portería defendida por McFaul. Otra invasión de campo, la locura mientras los “bobbys” trataban de desalojar el terreno para que se pudiese seguir jugando. Diecisiete minutos después el árbitro pitaba el final y se confirmaba la mayor sorpresa de la historia de la Copa inglesa. La BBC montó un programa especial aquella misma noche y aún ahora, 53 años después, en la cabecera del «Match of the day» sigue apareciendo la imagen del gol de Ronnie Radford (que no fue el decisivo aunque sí el más espectacular) y la de los enloquecidos aficionados del Hereford invadiendo el campo. La grada principal del campo pasó a llamarse «Colin Addison Court». Hace años la televisión británica le llevó al estadio para hacer un reportaje sobre aquella gesta. Le preguntaron qué sintió tras el pitido final. Y no pudo responder. Lloró un rato y dijo «esto».

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