Ajedrez
Todas las jugadas de Miguel Miranda
Miguel Miranda es, a sus 85 años, el miembro de mayor edad del Club de Ajedrez Lucena de Vigo.
Comenzó a jugar en Jesuitas, hacia 1949, y nunca ha parado desde entonces.
«La idea del ajedrez es mantener la mente despierta y siempre abierta a la sorpresa».

Miguel Miranda, con una de las piezas que le confeccionó su suegro. / Pablo H. Gamarra

Ahora que ha dejado de conducir, a sus 85 años, Miguel Miranda toma el Vitrasa desde San Miguel de Oia en sus viajes al casco urbano. Como a la sede del club Lucena, en la calle Reiseñor; una hora entre paseo, espera y transporte. No añora, sin embargo, aquel pequeño coche que le regaló a su nieta el verano pasado. «Me he acostumbrado a ir en autobús y charlar con la gente. Es de lo más agradable». Miguel se sienta siempre de espaldas al conductor y se asombra del mundo al otro lado de la ventanilla. «Así puedo fijarme en las cosas sin girar el cuello. Me da tiempo a ver más». Miguel ha transitado por su extraordinaria vida como desde el asiento, con los ojos atentos. El ajedrez aún le sigue escoltando en la aventura. «La idea es mantener la mente despierta y siempre abierta a la sorpresa», dice de esta pasión inagotable.
Los orígenes de un emprendedor
Nació Miguel en el clan que su abuelo, Adriano Miranda Oliveira, inauguró mudándose de Portugal a Vigo. De él, que tuvo una fábrica de maderas, heredó el carácter emprendedor. Cuando Adriano falleció, cortaron la calle, de García Barbón a Colón, y los tranvías se detuvieron de tanta gente que asistía al sepelio. Por su tía Rosa emparentó con Vicente Santodomingo, propietario de astilleros.

Miguel Miranda mueve pieza en un tablero que le confeccionó su suegro / Pablo Hernández Gamarra
Miguel estudió en Jesuitas, Santa Irene y Mezquita. Fue el sexto de la provincia en sacarse el carnet de frigorista y el décimo de reparador. En un aserradero abandonado montó con su hermano, también Adriano, una fábrica de cajas para las piezas que Citroën remitía a Francia. Ejerció de director técnico en la empresa de refrigeración Chiloverg. Ha escrito manuales de aire acondicionado en inglés. Y aún hoy, cuando se asoma a la ría desde su terraza, imagina un sistema de transporte mediante plataformas igual que concibió un túnel metálico bajo el agua, de Samil a Massó, para dar empleo a la metalurgia naval que la crisis de 2008 había dejado en paro. «Soy un autodidacta», define. Todas esas ideas, como su temprano apoyo al coche eléctrico, las recogía en un blog y las consigna hoy en el correo. Una por jornada desde hace 4.499 días. «La palabra hablada se evapora», justifica.
El ajedrez, una pasión de vida
Lo que piensa y lo que obra se condensa en sus manos. Esas que aún teclean con rapidez, pese a la artrosis, y con las que clavaba a golpe desnudo las puntas que venían de Mondragón, son también las que utiliza para mover con delicadeza las piezas que su suegro, Eleuterio Jiménez, que confeccionaba estatuas de cementerio, le esculpió en resina. El ajedrez le acompaña en su atalaya de Oia como le ha acompañado en su camino desde que se enamoró de sus escaques en aquellas tardes de Jesuitas. «En los años 49 o 50 ya lo practicaba junto a mis hermanos y primos. En los veranos íbamos al colegio, a jugar al frontón, al Monopoly o al ajedrez, que era casi una asignatura», relata.
«Tengo libros sobre el tema, pero no se puede sacar de donde no hay. Esta es una ciencia para determinadas condiciones», sonríe al valorar su pericia. «Yo no presumo de saber, sino de mi afición. Me encanta estar con una persona e intentar comprenderla. Es como una conversación», compara. «Nunca me he cansado del ajedrez. Puedo jugar veinte o treinta partidas diarias».
El ajedrez como consuelo y compañía
El ajedrez le ha proporcionado alegrías, ha entretenido sus vigilias y le ha alivado dolores. Cuando en 1989 le diagnosticaron una pleuritis en el Xeral, cogió el coche y se fue al Hospital Marqués de Valdecilla, en Santander, a que le practicasen un cateterismo. El primero de varios. «Era entonces una cosa trabajosa». En su equipaje sólo había empacado lectura y un ajedrez electrónico. Nunca se ha cerrado Miguel a las innovaciones. «Había comprado varios cuando empezaron. También tengo programas para jugar contra el ordenador o contra otros en línea».
Su tablero preferido
Pero de todos los tableros reales o virtuales que ha empleado escoge el de madera, pequeño y plegable, con el que Miguel Brandt, su amigo íntimo, lo retaba durante los ratos muertos en el cuartel de Parga. Los dos se habían presentado voluntarios a la mili a comienzos de los sesenta para escoger destino cerca de casa pero de Vigo los habían trasladado a Guitiriz. Décadas después, ambos ya jubilados, Brandt lo llamó.
–Miguel, ¿te apetece jugar con el ajedrez que usábamos en Parga?
Durante varios años convirtieron en costumbre sus citas en un bar de Urzaiz, para conversar y jugar. Brandt, «hijo de alemán y española, había sido economista. Era mucho mejor persona y más inteligente que yo. Un ejemplo para mí. Pero yo le ganaba», sonríe.
El club Lucena y su filosofía de vida
Brandt falleció hace varios años. Fue cuando Miguel decidió enrolarse como socio en el Lucena, el club que Roberto Páramos fundó en 2001. Miguel había pasado en alguna ocasión por delante de la sede y sabía de su actividad gracias a un familiar. Así que se acercó y le espetó a Páramos.
–Voy a poner mis condiciones.
«Creo que todo el mundo debe saber lo que quiere y exponerlo». Sus requisitos eran sencillos. Miguel no quería atarse a ningún horario y tampoco pagar los recibos por transferencia bancaria.
–Estupendo –le contestó el presidente.
«Roberto es una persona maravillosa», elogia. El aprecio es mutuo. En el Lucena idolatran a su miembro de más edad –«soy mayor, no viejo», acota–, de entre los 200 totales, con el más joven apenas sobrepasando los 4. Miguel acudía antes cada semana. Ahora espacia más sus visitas, siempre a principios de mes, para pagar y echar partidas y parrafadas. «Me ayuda a seguir con movilidad. Hay un momento en que te conviertes en un vago. ¡No, señor! ¡No se puede ser un vago!», se arenga.
Y aunque ha participado en torneos, como en el de Bouzas, advierte: «No me llama la competición. No me importa perder. Voy a disfrutar». Igual se enfrenta a adultos que a niños; «al menos antes, porque ahora sólo tengo disponibles las mañanas», precisa. «Alguno de 6 o 7 años me derrotaba». Para combatir el aburrimiento de los chicos, «si el ajedrez se les vuelve muy repetitivo», se ha inventado uno propio, el ajedrez minado, con las fichas de damas como minas.
Reflexiones finales de un espíritu curioso
Miguel hila historias y reflexiones mientras el sol despeja la niebla que había engullido las Cíes. Se maneja con un ustedeo afectuoso, que enternece al interlocutor. Ha diseñado una riñonera con ruedas que le sirve de bastón y bolso. Su casa fue de las primeras gallegas con persianas de plástico. Recientemente se ha especializado en cortar jamón. Siempre lleva en los bolsillos una navaja suiza y otra herramienta multifuncional.
Recuerda «los tiempos en que un apretón de manos contaba igual que un contrato», pero sin amargura. «La gente joven está más preparada», defiende y recomienda «no pensar en el dinero, sino en tener vocación». Añade que «el capitalismo se murió cuando se murió el comunismo» y que «no se puede consentir lo de Gaza».
Enrique Irazoqui sostenía: «El ajedrez tiene más jugadas que átomos el universo». Y todas esas existencias necesitaría Miguel, de curiosidad insaciable, pero al fin colmado por haber «enriquecido el espíritu».
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