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Historias irrepetibles

Eric De Vlaeminck, el rey del barro

Dentro de poco llegan las grandes citas del ciclocross mundial, un tiempo que recuerda la compleja figura del belga Eric De Vlaeminck, hermano de Roger, el único ciclista que ganó siete veces el maillot arco iris.

Eric De Vlaemink pedalea por un circuito cubierto de nieve.

Eric De Vlaemink pedalea por un circuito cubierto de nieve.

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Juan Carlos Álvarez

Juan Carlos Álvarez

“Todos somos hijos de Eric De Vlaeminck”. La frase, pronunciada hace años por Sven Nys, explica la magnitud que el ciclista belga tuvo en la historia del ciclocross. Fue el rey absoluto del barro, el hombre que dominó con mano dura en los fríos y pesados circuitos del norte de Europa durante finales de los sesenta y comienzos de los setenta. Era el más fuerte, el más resistente, pero también el más listo. Eric De Vlaeminck cambió la forma de correr en terrenos donde la tradición decía que solo se trataba de meter los riñones y dar pedales en medio del lodo sin más objetivo que sostenerse en pie y aguantar un poco más que los rivales. El lo cambió todo. Introdujo la estrategia y mejoró la técnica para superar los obstáculos y las pequeñas colinas endiabladas que tanto divierten a los aficionados. Si hoy los grandes especialistas como Van der Poel saltan algunos obstáculos sin bajarse de la bicicleta no hacen otra cosa que repetir lo que Eric De Vlaeminck comenzó a hacer a mediados de los años sesenta, cuando sus rivales se escondían entre los árboles para verle entrenar y tratar de aprender su técnica.

Eric era la mitad de una saga de hermanos imprescindible en la historia del ciclismo. Los De Vlaeminck. Eric y Roger. Dos años les separaban. Aunque compitieron en todos los terrenos, el barro quiso a uno, la carreteras y los adoquines, al otro. Flamencos orgullosos, nacidos en Eeklo, aunque criados en campos de caravanas, ya que sus padres se dedicaban a vender ropa de manera ambulante en los mercados que se organizaban por toda Bélgica. Esa fue la razón por la que Roger se quedó con el apodo de “el gitano”. Eran duros y competitivos, tipos de carácter que mantuvieron una relación tan intensa que pasaron épocas en las que no se dirigían la palabra. Les unía la sangre, la bicicleta, amores comunes como el de su amigo Monseré y odios compartidos como el que mantenían con Eddy Merckx. Eric De Vlaeminck, en una de sus apariciones en la carretera, llegó a liarse a golpes con el “caníbal” en la meta de una clásica después de que éste lo acusase de haberle cerrado el paso para beneficio de su hermano Roger.

Aunque en la carretera sumó algunos triunfos de mérito (un par de clásicas y una etapa en el Tour de 1968), el ciclocross era el hábitat de Eric De Vlaeminck. Le ayudaba su potencia, pero también una habilidad innata que había entrenado desde pequeño. Se decía de él que podía circular por las vías del tren sin caerse durante kilómetros gracias a su destreza y equilibrio, factores que en el inestable terreno de las carreras de ciclocross le convertían en un rival inabordable. Lo único que le disgustaba de aquel mundo es que se ganaba mucho menos dinero en comparación con la carretera. A mediados de los sesenta, ya se advertía la clase de corredor que sería. Siendo amateur comenzó a ganar con facilidad a profesionales hasta que en 1966, en el circuito vasco de Beasain, sobre un absoluto lodazal, asombró a todo el mundo al lograr su primer maillot arco iris como campeón del mundo con solo 21 años. Al año siguiente no pudo repetir en Zurich porque su bicicleta se rompió cuando la carrera estaba a punto de entrar en su fase decisiva. Ese día el italiano Renato Longo sumó su quinto título, el canto del cisne antes de entregar la corona para siempre al joven príncipe flamenco.

Porque a partir de ese momento la dictadura de Eric De Vlaeminck fue absoluta. Solo su compatriota Albert Van Damme (sobre todo en el campeonato de Bélgica que solo pudo ganar cuatro veces) era capaz de mirarle de frente. Su dominio era abrumador. A la fortaleza de sus piernas se unían la habilidad para moverse por los circuitos y su estrategia. Consciente de que los rivales siempre trataban de seguir su rueda y que en el barro no suele haber otra alternativa, elegía la trazada más exigente para desgastarles lo antes posible. En ningún lugar hacía tan evidente su control como en los Mundiales que ganó de forma consecutiva entre 1968 y 1973. Solo el de 1970 en Zolder corrió peligro, pero fue por un despiste. Creía tener una ventaja suficiente y se relajó en la línea de meta levantando los brazos y festejando antes de tiempo, sin advertir que Van Damme venía como un cohete y en el último golpe de riñones se quedó a un tubular de levantarle la victoria ante la mirada entre sorprendida y temerosa de Eric. Pero ganó, y de no haber mediado aquella avería en Zúrich unos años atrás, habría encadenado seguramente ocho campeonatos del mundo.

Lo que no se sabía es que Eric ejercía aquella incontestable tiranía pese a los demonios con los que tenía que lidiar. En 1971 los De Vlaeminck sufrieron un tremendo mazazo cuando Monseré, el talento que había llegado para desafiar al mismo Merckx, murió tras ser atropellado de forma absurda por un conductor que se metió en medio de una carrera. El mazazo fue terrible para ellos, pero mucho más para Eric que tenía una relación de hermandad con Monseré. Cayó en un profunda depresión que le llevó al alcohol y al consumo de anfetaminas. Solo las carreras le devolvían a la normalidad. Fuera de ellas se convertía en una persona imposible de controlar. Ese fue el comienzo del fin porque la adicción se hizo más grande, lo que desembocó en un gasto exagerado en medicación ya que casi todo lo que ganaba lo destinaba al mismo y autodestructivo fin. En 1973 fue arrestado por falsificar recetas médicas y por verse involucrado en un accidente de tráfico del que se fugó. Esa fue la razón por la que no pudo acudir en 1974 a defender su título de campeón del mundo de ciclocross momento que Van Damme, el hombre sometido, aprovechó para conquistar al fin un maillot arco iris, el único de toda su carrera deportiva. La racha victoriosa de Eric De Vlaeminck se había terminado en esos siete títulos que nadie ha sido capaz de igualar (Van der Poel puede hacerlo ya que tiene seis ahora mismo). Compitió durante unos años más, pero su decadencia ya era evidente. Las piernas no eran las mismas y mucho menos su cabeza. Los problemas con las anfetaminas continuaron hasta más allá de su retirada en 1979. Después se reconcilió con la vida, con el ciclismo y se dedicó como seleccionador belga a formar a las siguientes generaciones de campeones.

La vida aún le tenía guardado otro episodio terrible. En 1993 su hijo Geert, de 26 años, sufrió un ataque al corazón durante una prueba de ciclocross en la que participaba en Heist-op-den-Berg. Eric estaba en el circuito y vio cómo su hijo moría delante de él porque los esfuerzos de los sanitarios por reanimarle resultaron inútiles. Le llevaron a un hospital con urgencia pero nada pudieron hacer por él. La tragedia le había venido a ver allí, en uno de tantos lugares en los que más feliz había sido. Después de aquello se recompuso como pudo para seguir ayudando a los jóvenes belgas a bailar sobre el barro como él hacía. Unos años después su hermano Roger, con quien acabó por hacer las paces, anunció que Eric De Vlaeminck sufría Parkinson y Alzheimer. Muchos piensan que el abuso de las anfetaminas pudo tener mucho con ver con aquel deterioro cognitivo. Pasó sus últimos años en una residencia del pequeño pueblo de Wilskerke, incapaz de recordar su inmensa grandeza. Su nombre resonará mucho las próximas semanas como siempre que las bicicletas asoman a esos circuitos llenos de frío y barro que él hizo suyos en aquellos años gloriosos. 

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