La cuenta eterna de Paco Amoedo

El gran patriarca del boxeo gallego fallece a los 81 años

Los púgiles que forjó en el Saudade, durante casi seis décadas, conquistaron más de un centenar de títulos

El Celta, del que fue directivo, fue su otra pasión

Armando Álvarez

Armando Álvarez

Se ha quedado vacía la esquina del cuadrilátero. Reposa su toalla sobre las cuerdas. Ya no susurrará consejos ni restañará heridas. A nadie más rescatará de sus demonios. No volverá a bramar en el Saudade. Francisco Amoedo, Paco, ha fallecido a los 81 años. Sus ojos de cobalto profundo se han cerrado. Terminó para él la cuenta. La metáfora resulta imprescindible. No hubiera él aceptado ninguna otra. “Boxear es caer y levantarse”, predicaba, sabiendo que la muerte al final siempre te noquea. Aunque enmudezca su voz rasposa, persistirá su eco. Su gloria no se condensa en los títulos que había coleccionado, sino en las vidas que salvó; no en la disciplina que inculcaba, sino en el amor que ha sembrado. Muchos se proclaman sus hijos, más allá de Francisco, Cristina y Gemma.

Su historia, como todas las grandes historias, siempre debe contarse al menos una vez más. Empieza con un quinceañero fino como un junco y de oscuro flequillo que entra en el taller de motocicletas de Suso Martínez Vázquez, Chato en el mundillo. “Quiero aprender a pelear”, le dijo y Chato, que lo conocía de trabajar juntos en la fábrica de máquinas de coser de Refrey y le tenía ley, lo aceptó como discípulo.

Paco Amoedo quiso aprender a boxear para plantarle cara a otro muchacho. Habían sido amigos. Cuando tocó cortejar a las mozas del barrio, sin embargo, se distanciaron. Y se empezaron a acometer como machos cabríos. Amoedo, más frágil y deslavazado, acababa enredado en las zancadillas del otro y rodaba por el suelo. Fue por orgullo herido que le pidió a Chato que lo instruyese. Volvieron a engallarse al cruzarse en el camino del Chouzo por causa de algunos rumores.

–¿Qué andas por ahí diciendo de mí? –le soltó Amoedo y la emprendieron a tortazos.

Pero Amoedo, esta vez, no cayó en su presa. Bailó alrededor y le fue haciendo mella con el punteo que Chato le había enseñado hasta dejarle el rostro tumefacto.

–No te vuelvas a meter conmigo –se despidió Amoedo.

Tiempo después, ya adultos, volvieron a encontrarse en el entierro de un conocido común.

–Amoedo, ¿me conoces? –le dijo tocándole el hombro.

Y ambos se abrazaron.

–¡Qué chiquillos éramos!

A ese antiguo rival del barrio le acabaría confesando que toda su trayectoria deportiva se originó en esa rabieta adolescente, transformada en vocación.

Amoedo, o sea, aprendió a manejar los guantes en aquel taller que tenía Chato en Bouzas. En Chato el apodo precedía en realidad a los puñetazos. Se partió el tabique de una caída y se le quedó la nariz disminuida. Fue después, haciendo la mili en Madrid, cuando conoció el embeleso del ring. De vuelta en Vigo, bien instalado, fue combinando diversos oficios con su pasión. Para cuando apareció Amoedo por su puerta, hacia finales de los años cincuenta, ya había congregado a un variopinto grupo de discípulos a su alrededor.

La cuenta eterna de Paco Amoedo

Amoedo, durante su etapa como boxeador / FdV

Amoedo acudía al taller al final de la jornada laboral. El entrenamiento dependía de las averías que tuviese que reparar Chato. Si el trabajo abundaba, la sesión se suspendía; si Chato acababa pronto, arrinconaban piezas, ruedas y carcasas para ponerse a practicar. Alguno acabó tumbado sobre un sidecar. Los domingos por la mañana se aireaban amagando golpes en la playa de la Fuente.

Paco Amoedo fue un alumno aventajado. Un estilista, que de su maestro aprendió el manejo de la zurda y la querencia al hígado. Carecía de pegada, su gran lastre. Debutó a los 16 años en una velada en Balaídos. No tuvo malos registros Amoedo: 13 victorias, 2 derrotas y 1 un nulo. Recordaba bien a todos sus rivales. Entre ellos, a Baldomero Barral, que en 1974 murió junto a su mujer en el atentado de la madrileña Cafetería Rolando, la primera gran masacre perpetrada por ETA. En alguna foto se ve a Amoedo y a Barral pegándose a gusto, felices, ignorando lo que les deparará el destino a ambos.

El caso es que Paco Amoedo tuvo corta carrera. La enseñanza le gustaba más que la práctica. En aquel tiempo se decidió que la licencia de técnico y la de boxeador serían incompatibles. El presidente de la Federación Gallega, Modesto López, se lo advirtió:

–Paco, tienes que dejarlo.

Y Paco lo dejó porque ya había fijado su ruta. Tenía 25 años. Chato acababa de trasladarse a Tenerife. Amoedo le heredó los pupilos. Una cuadrilla tremenda: Zamora, Cañoto, Ubeira, Campos, Carrera, Eloy Durán, Carracelas, Silva, Hervello, Pino Tobío, Anselmo Costas, Ballesteros… Sin sitio en el que acomodarse al haberse cerrado el taller, se llevaba a los muchachos a adiestrarse a Castrelos, aunque lloviese, y al final de cada entrenamiento se bañaban en las aguas heladas del Lagares. Se fueron después a un local que les había dejado Francisco Soutullo. Un cuarto incómodo, en el que se daban cabezazos contra las paredes. Con todo, nunca olvidó Amoedo aquella generosidad de Soutullo. Lamentaba no haber podido asistir a su sepelio. Apareció un día ahogado en O Vao. Amoedo estaba de viaje en el extranjero.

Al técnico le desesperaba la situación. El director del Instituto Municipal de Deportes se compadeció. Les hizo un hueco en el pabellón de O Carme, bajando unas escaleras, en el lugar en el que habían proyectado construir una sauna.

–¿Te vale?

–Me vale.

En As Travesas estuvieron un lustro, en aquel cuartito y después propiamente en el pabellón, donde improvisaban un cuadrilátero de quita y pon. Allí coincidieron con Javier Ledo y sus luchadores, con los que hicieron buenas migas. El ambiente de camaradería se rompió cuando cambió la dirección del IMD. El boxeo desagradaba al nuevo equipo gestor. La cotidianeidad se llenó de pequeños agravios. Amoedo y sus chicos se habían convertido en los parias de As Travesas. A finales de los sesenta emprendieron el vuelo.

Las estrecheces y las mudanzas desencadenaron finalmente que Amoedo y Ledo decidiesen fundar el Polideportivo Saudade. El nombre se les ocurrió escuchando una canción de Andrés do Barro, que Julio Iglesias interpretaba en la radio. “Teño morriña, teño saudade”, cantaba el divo. Inauguraron el club el 2 de junio de 1972, aunque apenas les llegaba el dinero para el alquiler. Estuvieron 37 años en Urzaiz. Desde 2009 la fachada del Saudade, pintada en azul, ilumina a los viandantes en la calle Ceboleira.

La cuenta eterna de Paco Amoedo

Con Iván Pozo, en la pelea por el europeo / Ricardo Grobas

A mano derecha, pasado el vestíbulo, está el despacho de Paco, decorado con fotos de las grandes leyendas mundiales. También de las figuras que él forjó, modelando la arcilla imperfecta. En total, 65 títulos nacionales, 33 del mundo hispano, nueve intercontinentales, tres de la Unión Europea y los tres europeos conquistados por Iván Pozo, que encabeza una nómina extraordinaria: Fernando Bernárdez, Carlos Miguel, Ferradás, Araújo, Roberto Domínguez, Lee Manuel, Pico, Laranxo, Fredi Costas, Fernando Rodríguez, Tante Martínez, Judith Barbosa, Olaia Cruces…

Nunca se ha interrumpido la actividad en su factoría. Al Saudade siguen acudiendo cada tarde niños que quieren divertirse, jovencillos enfáticos como él mismo fue, veteranos de piel cuarteada... Cierto que el salto al profesionalismo se ha endurecido. Amoedo, promotor de sus propias veladas, contempló y sufrió el deterioro del boxeo en las últimas décadas, con el empobrecimiento de las bolsas, el cicateo de las ayudas institucionales y la renuencia de los pabellones. Ya se han olvidado las lujosas retransmisiones de Canal Plus, a cuyos locutores entusiasmaba la astucia del “Zorro Blanco”.

Su principal preocupación, con todo, era encontrar un sucesor. “Va siendo hora de descansar un poco”, se lamentaba en 2012, en el cuadragésimo aniversario del Saudade. Aún estaría más de una década al frente, pese a que le flaqueaban las fuerzas para sostener las manoplas e incluso cuando la enfermedad empezó a eviscerarlo: medio pulmón izquierdo, un pellizco del derecho, el riñón izquierdo... Amoedo cicatrizaba enseguida y regresaba siempre antes de lo que aconsejaban los cirujanos. Sólo hace algunos meses, postrado sobre una silla de ruedas, aceptó el inevitable retiro. Pero con el alivio de saber que su hija Gemma y dos de sus mejores alumnos, Jorge Araújo y Carlos Miguel, además de Manu Castro, protegerían su legado.

La cuenta eterna de Paco Amoedo

La cuenta eterna de Paco Amoedo / Armando ÁLvarez

“Solo tengo dos deportes, el boxeo y ‘o Celtiña’”, bromeaba siempre, convirtiendo el equipo en categoría. Directivo breve durante la presidencia de Eloy de Francisco, la permanencia habrá constituido una de sus últimas alegrías. Cuentan que peleó hasta los estertores. Paco amaba la vida. Era sociable y familiar; enérgico y testarudo; tan tierno como para llorar cuando le dijo a Ferradás que debía colgar los guantes como implacable en la defensa de su territorio. Sobre cualquier otra consideración, un recolector de almas extraviadas.

“Consejero, asesor, guía...”, enumeran sus exboxeadores al describirlo. Carlos Miguel resaltaba: “A muchos los sacó del mal camino. Su labor ha sido increíble”. A Paco, en vez de enorgullecerse por los salvados, le temblaba el mentón por los escasos perdidos: “Me entristecen esos cuatro o cinco que no acabaron bien”. Un lamento que lo engrandece y completa su retrato. Son las semillas que han florecido las que lo definen. Esa otra cuenta no termina.