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Boxeo

El corazón en los puños

Se refugió en el boxeo mientras batallaba por recibir el alta y este sábado aspira a conquistar el cinturón gallego neoprofesional del peso welter

Izzan López, ayer, entrenándose en La Vieja Escuela.   | // JAVIER TENIENTE

Izzan López, ayer, entrenándose en La Vieja Escuela. | // JAVIER TENIENTE / Armando ÁLvarez

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Armando Álvarez

Armando Álvarez

VIGO

–En el electro sale una onda alterada.

A veces todo cambia en un instante sin que en realidad nada haya cambiado. Una frase inesperada e incomprensible destruye ilusiones y voltea planes. Izzan López soñaba con ser futbolista. Aquel leve pico en una gráfica cegó ese camino. Más de dos años de pruebas, diagnósticos confusos y segundas opiniones concluyeron que su corazón está perfecto. Pero el balón no espera a nadie. Se le había hecho tarde. “Ahora lo cuento porque estoy feliz con lo que tengo Pero lo pasé muy mal”, explica.

Eso que tiene, lo que le sirvió de refugio, es el boxeo. Este sábado pelea en Porriño por el título gallego welter en neoprofesionales. Su entrenador, Manolo Jiménez, le augura un brillante porvenir sobre los cuadriláteros: “Dispone de las condiciones que se necesitan”. A veces todo se reconstruye igual que se derrumba.

Izzan había destacado desde pequeño por sus cualidades físicas, primero en atletismo y pronto en fútbol. Militó en el Areosa durante trece temporadas, con un breve paso por el Coruxo en cadetes. Regresó a su club natal en juveniles. En verano de 2017 se disponía a ingresar en el equipo de Liga Nacional, asentado como mediocentro. Compartía plantilla con los gemelos Hugo y Guille Bueno, después fichados por Wolves y Borussia. Había coincidido en la selección de Vigo con los célticos Iker Losada y Lautaro de León, con los que conserva “muy buena relación”. Se sentía florecer, en crecimiento. Jamás ningún síntoma le había inquietado. La revisión médica, que afrontó como un mero trámite, tronchó su galope. Esa maldita onda.

–Sin un cardiólogo que certifique que estás en condiciones de hacer deporte no te puedo firmar la ficha –le espetó el médico.

Izzan recapitula la sucesión de dudas, esperanzas y ansiedades que siguieron a la frase más terrible que aquel adolescente había escuchado.

–No te puedo dejar jugar.

“Ahí empezó el trance”, anticipa. En el Sergas se activó el protocolo: holter, electro, ecografía, test de esfuerzo... Tras cada prueba, la siguiente cita y su ruego en el mostrador:

–Por favor, que me llamen ya. Quiero jugar.

El Areosa inició la temporada. Fue disputando partidos. Al otoño le siguió el invierno. Cada semana de espera se le antojaba un suplicio. “Cuando me llamaron para el diagnóstico, había pasado casi un año”, precisa. Otra escena de relato doloroso. La cardióloga le ordenó sentarse.

–No puedes hacer nada. Tienes que parar. Es peligroso.

Los test apuntaban a una posible miocardiopatía hipertrófica: un engrosamiento de una parte del corazón que dificulta el bombeo de sangre. Izzan matiza: “En verdad no sabían lo que tenía”. Para mayor seguridad, había que reiniciar todo el proceso.

Izzan, entre tanto, se había mudado a una urbanización con su madre. En el vecindario se amigó con Fran, que un día le reveló:

–Yo boxeo.

“Me empezó a enseñar vídeos. No me esperaba para nada que fuese así. Me creó curiosidad”, detalla Izzan. “Cuando me cortaron el fútbol, me quedé sin nada que hacer y yo siempre he sido una persona muy activa. David me llevó al gimnasio”. Así cruzó el umbral de La Vieja Escuela. Resultó una epifanía inmediata y profunda. “Desde que entré no he vuelto a salir. Voy encantado todos los días”.

Manolo Jiménez, rector de La Vieja Escuela, mentor de púgiles sobresalientes como José Suero o Alberto Loureiro, se interesó pronto por aquel chiquillo aplicado y entusiasta, que no regateaba tiempo ni sudor. Lo sondeó, con vistas a un enfoque amateur, e Izzan le descubrió su situación. Manolo, antes que arredrarse, se comprometió. “Es mucho más que un entrenador. Me ha apoyado muchísimo. Se ha involucrado”, agradece.

La baja médica se mantenía como una aduana infranqueable para cualquier aspiración. Izzan había reiniciado la secuencia de pruebas, listas de espera y desalientos.

–Lo siento, Izzan. No te subiré al ring mientras el cardiólogo no te dé el alta –acotaba Manolo.

Él mismo ayudó al joven con la burocracia (“empezamos a presionar un poco”) y lo acompañó a laboratorios y consultas. Estaba su lado, en el Cunqueiro, cuando un año más tarde se repitió la desoladora sentencia. “Me volvieron a decir que no lo tenían claro. Podía ser esa miocardiopatía o lo que llaman corazón de deportista, pero que no hiciese ejercicio por precaución”.

No se resignaron. Manolo lo alentó a consultar a un cardiólogo privado. Fernández de la Cigoña, tras sus propios estudios, pronunció finalmente la absolución que Izzan había anhelado durante casi tres años: “Me sale una onda alterada por genética, igual que a mi padre. Me dijo que no tiene nada que ver con el deporte. Mi corazón está perfectamente. Me dio el alta”. El engrosamiento obedece efectivamente a su intensa actividad física, pero sin contraindicaciones, en un caso parecido al que obligó a Javi Gómez Noya a pleitear para que le permitiesen competir en los inicios de su carrera como triatleta.

Haciendo guantes con su entrenador, Manolo Jiménez.

Haciendo guantes con su entrenador, Manolo Jiménez. / JAVIER TENIENTE

Nunca se recompone totalmente lo que se ha roto. Jamás se desanda lo que ha caducado. Cuando Izzan abrió los ojos, al alivio le siguió una certeza: “Ya no puedo volver al fútbol”. Tras el luto ha aprendido a convivir con las hipótesis y los interrogantes: “No sé si iba a llegar o no, pero tenía claro que era mi sueño. Yo lo iba intentar todo, iba a ir hasta el final. Me dolió no poder decir: ‘Hasta aquí llegué, este es mi límite’. Era un niño de 17 años que quería jugar y al que cortaron las alas”. Le laten un arrepentimiento y un reproche: “Si lo hubiésemos sabido, mi familia y yo habríamos ido al cardiólogo privado de primeras. Confíamos en que la federación de fútbol se hiciese cargo de este caso. No hay muchos iguales. Me abandonaron. Y la Seguridad Social tampoco se mojó”.

Su pasión por el boxeo ya había crecido tanto que le ayudó a calmar las amarguras.

–Me gusta esto. Voy a intentarlo por aquí. Tiro para adelante.

Sucedió una mañana de julio de 2020. Manolo se le acercó en el gimnasio. “Estaba entrenando como siempre. No estaba preparándome para nada”.

–Ha salido una pelea. En cuatro días nos vamos a Burgos.

“Aquel debut me puso contentísimo”, rememora. La primera batalla de quince en total, con solo un par de derrotas y victorias significativas como ante Goyo Rubio, bronce nacional y multicampeón gallego. “Lleva una gran progresión”, describe el entrenador. “Es un chaval supermaduro para la edad que tiene”. En estilo lo describe como “un boxeador de corta distancia, muy rápido. Entra y sale mucho. Si sigue así, en breve daremos el paso a profesionales”.

Es el mismo itinerario que se ha diseñado Izzan: “No estoy a favor de hacer cincuenta o sesenta peleas en amateur. Una carrera profesional lleva tiempo. Tengo ganas. En cuanto pueda, el próximo año si no este, daré el salto. Antes haré algunas peleas amateurs más, contra lo mejores si puede ser. Progresaré todo lo que pueda”.

El duelo del sábado, contra el excelente Noé Rodríguez, con el cinturón autonómico welter en juego, obedece a esa hoja de ruta. Izzan no teme a la derrota. A sus 22 años ya sabe cómo hay que levantarse después de que te tumben. Tras vivir con el corazón en un puño, esgrime sus puños desde el corazón: “Cada vez que voy a subir a un ring recuerdo todo lo que me ha pasado. Para mí, cualquier pelea es un regalo”.

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