Baloncesto

Querido baloncesto

Francisco Gonzalo Seijo se retira de las competiciones oficiales a los 68 años, tras seis décadas federado - El vigués compitió con Ademar o Canon contra los mejores jugadores gallegos

Gonzalo Seijo, en su último
partido con el Rodaballo,
contra el Mos.   | // R. GROBAS

Gonzalo Seijo, en su último partido con el Rodaballo, contra el Mos. | // R. GROBAS / Armando Álvarez

Armando Álvarez

Armando Álvarez

Tarde del domingo, de sudor primaveral en As Travesas. Suena la bocina en la Pista Vermella. Ha concluido el Rodaballo-Mos de la Copa Premium, en Tercera División, con victoria visitante (40-50). Un resultado irrelevante si se alarga la mirada. Se clausura una trayectoria irrepetible, que atraviesa épocas y cose generaciones. Francisco Gonzalo Seijo (Vigo, 7-3-1955) había amagado con retirarse en dos ocasiones. Es la definitiva. Ha disputado el último de sus más de 2.000 partidos oficiales; sesenta años consecutivos federado a sus 68 de existencia. No se volverá a consignar en un acta el vaivén letal de su zurda. “El baloncesto ha sido para mí un reto de largo recorrido, una diversión perenne, una droga natural para la mente y una medicina para el cuerpo; un mundo paralelo lleno de buenos recuerdos, algunas cicatrices y muchos amigos”, enumera y resume: “El baloncesto ha sido mi compañero de vida”.

En Maristas de niño (nº15), con bigote en Ademar; con Barba en Canon y junto aNate Davis en la inaguración del pabellón de Cº de María.

En Maristas de niño (nº15) / Armando Álvarez

Ningún otro jugador con licencia se le aproxima en edad en Galicia, con el siguiente a más de una década. Difícilmente tiene emulación estatal. La Federación Española, en categorías nacionales, registra a Javier Alarcón (CB Begastri, de Liga EBA) como el mayor, con 49 años. De las autonómicas que lo revelan, en Madrid milita uno de 59 años; en Andalucía, de 48; en Murcia, de 55; en Cataluña, de 60; en Baleares, de 54. Solo en Valencia registran otro nacido en 1955. A todos los demás los sobrepasa Gonzalo, Seijo mayormente para el siglo, cuya historia interminable se inicia con el sencillo reclamo del hermano Juan a la muchachada que en 1963 hormigueaba caóticamente por el antiguo patio de Maristas.

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Junto a Nate Davis en la inaguración del pabellón de Cº de María. / Armando Álvarez

–Venga, vamos a echar un partidito.

“El hermano Juan acababa de llegar. Lo apodamos ‘Partido/pantalla’ porque era lo que siempre nos repetía”, relata Seijo. “Cogía a los niños más altos, aunque todos éramos pequeñitos”. Fueron sus primeras lecciones, con 8 años. Hoy sigue realizando con inteligencia lo que ahora se denominan bloqueos.

De esos primeros tiempos recuerda el “Día del Minibásket”, patrocinado por Coca-Cola, y los campeonatos escolares. En 1967 se clasificaron para el de España, con final en Granada, a “45 grados a la sombra. Quedamos cuartos o quintos. Ganó un equipo vasco que tenía un jugador con barba”.

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Con Barba en Canon / Armando Álvarez

A aquella camada la apadrinó Carlos Núñez, “una persona imprescindible”, en el Ademar. Los pastoreó en la adolescencia. “Teníamos una plantilla muy buena”, asegura Seijo. En primer año de juveniles disputaron la final gallega contra el Bosco de A Coruña. Ganaron los herculinos de tres porque ese año disponían de Tonecho Lorenzo, futura leyenda del Obradoiro; el mejor anotador gallego de la historia para muchos. “Para el segundo año juvenil teníamos la probable final en el bote. Pero Carlos Núñez, muy inteligentemente, nos hizo ficha júnior para que pudiésemos jugar también en Tercera Nacional”. A costa de renunciar al título, Seijo aceleró su debut adulto. El Ademar competía en Tercera con OAR o Breogán. Sólo Obradoiro militaba en una categoría superior.

Seijo se mantuvo fiel a Ademar hasta los 30 años. De la sucesión de temporadas destaca la 75-76, con “Antonio Nieto, Carro, Torres, Chesto Cuesta o Lito, que fue durante muchos años mi mano derecha”, señala la mano izquierda del dueto. “A Gustavo Vega, que era muy bueno, lo quiso fichar el Madrid. Se quedó por su madre”. Esa escuadra parecía cabalgar hacia el ascenso a Segunda cuando la campaña se suspendió por la muerte de Franco. Al reanudarse ya habían perdido el impulso.

La propuesta de Micó

Seijo consideró retirarse en 1985. La segunda etapa de su carrera se inició por petición de Francisco Martín Micó, posterior presidente de la Federación Gallega, su jefe en Canon y patrocinador de un nuevo equipo de Ademar en Provinciales.

–¿Por qué no te vienes aquí?

Comenzó a aceptar la inevitabilidad de su adicción. Vistió en Tercera el escudo de Cíes cuando Canon no financió la plaza en Segunda y el Ademar se trasladó en bloque a la nueva entidad –los campeones de España juveniles de Cholas cimentaban el primer equipo en EBA–. Su única mudanza auténtica de trinchera se produjo en 2016. Todos sus compañeros lo habían ido dejando. Alberto Gómez Cerdeira, adversario terco con el Rodaballo, “uno de los más enconados rivales junto al Xuventude”, lo reclutó. Alberto se retiró el pasado verano (28-02-1955). Un año antes lo había hecho Ángel Lizarralde (10-05-1954). Seijo, que los había bautizado como “los tres tenores del Rodaballo”, aún ha aguantado esta campaña, ya solo en su peana, con y contra jugadores que podrían ser sus nietos, sintiéndose reliquia o memoria de lo que se ha ido perdiendo. “El cuerpo no da para más”.

“El baloncesto ha cambiado un montón”, analiza a vuelo de pájaro sobre seis décadas. “Antes era más colectivo. El tiro de tres lo ha cambiado todo. Me gustaba más el estilo de antes”, proclama, aunque él haya sido siempre un tirador preciso. Julio Castro y Xavier Añúa le inculcaron los fundamentos. De Cholas aprendió la disciplina, el sacrificio físico y el rigor. Rey Lama lo rentabilizó como ningún otro. “Empecé de base, pero luego los hubo más completos en mis equipos. He jugado de escolta, de alero... De todo. He tenido buena mano, pero nunca he abusado de ella. No era compulsivo”, se describe. “Mi cualidad más longeva y destacada ha sido la deportividad; combinar en su justa medida competición y respeto. En las primeras 30 horas seguidas de baloncesto celebradas en Vigo, en 1973, ya me distinguieron con la copa al jugador más deportivo”.

En su plenitud se enfrentó a muchas de las grandes glorias galaicas: Tito Díaz, Lete y Pardo, del Breogán; Armando Álvarez y Quique, del Educación y Descanso ourensano; José Antonio Gil, de Obradoiro; los hermanos Bermúdez, Saldaña, Loureiro, Maseda y Manolito Aller, del OAR. En Ferrol, su Ademar perdió una vez 98-97. Aller anotó 35 puntos; Seijo, 33.

Aquel joven Méndez

Como compañero recuerda a un joven Miguel Méndez, el multicampeón europeo y seleccionador español femenino. “Montábamos concentraciones en Tui con los chavales. Miguel me llamó enseguida la atención. Pero no pensaba que iba a ser entrenador, sino un buen base”. También asistió al crecimiento de Carbonell o Abalde y compartió entrenamientos veraniegos con Quino Salvo. Para todos ellos, hoy esculpidos en mármol, ya era Seijo el veterano al que emular.

En la nómina de contrincantes y propios le emociona, no obstante, uno menos prestigioso pero más íntimo. “Fue emocionante cuando jugué contra mi sobrino Pablo (Cruz Seijo). Él estaba en Salesianos”. Completa la paradoja: “Ya se ha retirado”. En su familia no existía tradición baloncestística previa y nadie que la continúe. Su hija, Mara, eligió otros caminos. “Le traumatizaron mis lesiones”, sonríe Seijo y enumera: “Los escafoides jodidos, las rodillas desgastadas, los tobillos ni lo digo...”. En 2002, con el gemelo destrozado por una rotura, llegó a escribir su despedida del baloncesto. La carta de un poeta vocacional, que a su mujer le escribía en el reverso de una fotografía del Ademar: ”No seas celosa, mujer, que el deporte se pasa con los años y el amor no muere con el tiempo”.

El matrimonio se agotó antes en ese pulso al calendario. Él y María Dolores se separaron hace años. Se llevan bien y pueden recordar juntos anécdotas como salir escoltados del pabellón del Breogán. “Se lo pasó bien conmigo”, bromea. María Dolores, para su fortuna, se perdió aquella otra visita a O Barco, donde los aficionados frenaban a los jugadores visitantes desde los márgenes de la cancha con el mango de sus paraguas. El partido duró tres horas, hasta que los locales se impusieron. El informe arbitral detalló tantas irregularidades que condujo a la primera repetición en España de un encuentro. Ganaron los de Seijo ese segundo envite cuando llegó la Guardia Civil y a Lito, más tranquilo, se le soltó la muñeca. Saldrían escoltados hasta A Rúa.

Capítulos de una pasión que cambia sin agotarse. Seijo ejerció como designador de árbitros y acaba de ser relevado como tesorero de la Federación Gallega. Por encima de cualquier cargo siempre descolló su amor al juego. Aunque renuncie a la licencia, el balón conserva el mismo embeleso que en aquel patio de Maristas. Se va sin irse. Concluye con picardía: “Me quedarán las canchas de Samil”. Y quizá la liga recreativa. Porque a Francisco Gonzalo Seijo, aunque le crujan los meniscos y le crepiten las caderas, se le sigue iluminando la mirada igual que hace 60 años cuando alguien palmea su espalda y le propone:

–Venga, vamos a echar un partidito.

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