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natación en aguas abiertas

Contra el viento de poniente

Aitor de Luis relata sus 42 kilómetros de ida y vuelta entre Alicante y Tabarca, que recorrió en 15 horas y 21 minutos

De Luis realiza un gesto de confirmación a los asistentes que seguían su travesía en barco

De Luis realiza un gesto de confirmación a los asistentes que seguían su travesía en barco

Armando Álvarez

Armando Álvarez

Vigo

Un maratón en el agua, contra el oleaje y el viento de poniente. Tal ha sido la gesta que ha protagonizado Aitor de Luis. El vigués se ha convertido en el sexto nadador que ha completado la ruta Altabal. Así han bautizado la travesía de ida y vuelta entre Alicante y la isla de Tabarca. Aitor ha vencido en esos 42 kilómetros a la meteorología, al cansancio y a sus propias dudas. El éxito lo reafirma en su ambición. Quiere regresar al canal de La Mancha. En 2019 se tuvo que retirar cuando ya creía tener la costa francesa a su alcance. Lanzará un nuevo asalto en los próximos años, cuando disponga de la financiación necesaria. Ha probado que está preparado.

La aventura se inicia el domingo a las cinco de la mañana, casi tres horas antes de que amanezca en Alicante. Aitor de Luis siente que en ese instante, aunque a casi 2.000 kilómetros de distancia de Dover, se inicia su venganza contra el canal de la Mancha. Es la primera gran travesía que afronta desde entonces. Un examen crucial. La frustración y la esperanza que arrastra desde ese verano de 2019 alimentan su voluntad cuando camina por la playa de San Gabriel hacia la orilla. El olívico suele maniobrar en aguas norteñas. Organiza la Batalla de Rande, ese cruce de Cíes a San Simón tan exigente por las complejidades de la ría. Altabal no amenaza con los gélidos afloramientos ni con las corrientes de Rande. Asusta por su duración.

Fueron miembros del club alicantino RC7 los que decidieron nadar hasta Tabarca y volver. Javier Varó, Salvado Martínez, Marcos Romano y Salvador Ferrández lo lograron en noviembre de 2019. Rapha Miche lo consiguió en 2021. Ellos le han propuesto a Aitor de Luis convertirse en el primer foráneo que se une a la lista. Se había agendado para el sábado. Vientos superiores a los 30 kilómetros por hora han aconsejado aplazarlo hasta el domingo. “Era inviable”, explica De Luis. Lo cierto es que aún sopla con fuerza de poniente cuando se echa al agua. Y no amainará tanto como se ha pronosticado. “Pero era el día que me quedaba. Cuando te arriesgas, confías plenamente en la organización. Ellos lo veían factible. Así que adelante”.

La componente es la más áspera posible. La singladura consiste en costear en dirección al sur y abrirse hacia el este, para cruzar el canal de Tabarca, al llegar al cabo de Santa Pola. El viento lo empuja hacia mar abierto. El oleaje lo agita. Un barco acompaña a Aitor de Luis en todo momento. Él se avitualla cada hora, al principio, y después cada cincuenta minutos. Desde la borda le proporcionan agua y bébidas isotónicas. De Luis tiene su favorita (“ni me hincha ni me amarga”). Se alimenta con geles y plátanos, aunque esta vez le cuesta ingerir. De vez en cuando toma un trocito de donut como premio.

–Brazada a brazada. Todo está en tu cabeza –le gritan los del equipo de apoyo.

recorrido W

recorrido W / Faro

“Yo me había preparado muy bien. Al canal la Mancha había llegado lesionado y esta vez iba sin dolores musculares. De los errores se aprende”, explica. Pero las circunstancias adversas han empezado a pesarle. De Luis arrastra una ligerísima boya con luz para que en ningún momento lo pierdan de vista. El viento se la tira encima o se le enreda en los brazos. Cuando rompe el alba se la retiran El agua salada ya le ha inflamado la garganta. Le habían anticipado que disfrutaría de los fondos de Tabarca. Llegando a la isla, vislumbra alguna medusa y poco más. “Puedo asegurar que la próxima vez iré en barco”. La tentación ronda como un gusano que roe su cerebro. “Estaba deseando llegar a Tabarca y que me dijesen que el cruce de vuelta era imposible. Más feliz que una perdiz”, confiesa que se hubiera sentido. No sucede. Aitor apenas reposa un par de minutos en tierra. Lo secan. Lo hidratan. El juez, Jorge Crivillés, da luz verde.

Con la boya luminiscente.

Con la boya luminiscente.

Ha tardado 6 horas y 10 minutos en alcanzar la mitad del trayecto. Comienza el tornaviaje. La temperatura del agua, de 15 grados en el arranque, ha subido hasta los 18 o 19 al mediodía. Buena temperatura para Aitor. El enemigo es el vórtice que le aguarda en el regreso. Grandes olas de mar lo acometen desde el sur y olas de viento, desde el norte. No se nota bien orientado. A veces distingue Santa Pola en la distancia y a veces, Alicante. “Fue duro porque no avanzaba. Daba tres brazadas y las olas me subían, me bajaban, me mandaban varios metros hacia atrás...”, describe. “Me sentía en una batidora”.

–Han venido los militares a verte –le indican desde el barco. Una patrullera se ha acercado a observar.

–A ver si nos sacan a todos y se acaba esto.

Son sus peores momentos. Han decidido que se avitualle cada media hora. Aunque las paradas prolongarán el tiempo en el agua, la percepción se le abreviará. Necesita hidratarse más a menudo Pero ya apenas puede engullir nada. Se contenta con las migas que traga al primer mordisco. Tanta agua salada le remueve las entrañas. “Te provoca cólicos. Y yo ya soy propenso a los problemas intestinales”. Aitor defeca igual que orina, incluso en marcha, sin bajarse el bañador en una ocasión, porque necesita cada gramo de energía.

–Estoy alimentando a los peces –bromea.

Aunque ha lucido el sol, el frío viento pasa factura. Aitor ha visto cómo sus asistentes se han ido enfundando en ropa larga y gorros de lana. Él siente la hipotermia encaramándose en cara y hombros, cuando los asoma en las paradas. “La sensación térmica había bajado mucho”, resume.

Otra vez siente el susurro insidioso que le conmina a detenerse y alzar el brazo, reclamando rendición. Resiste. “Desde el barco me ayudaron mucho, sobre todo Jorge Crivillés”. Este veterano y prestigioso nadador ha completado las travesías más complejas del mundo (Triple Corona y Siete Océanos). Analiza el estado de Aitor. Lo ve bracear bien. Se centra en el cuidado mental. “Se puso más serio. Me dijo cuatro cosas. Me fue leyendo mensajes de las redes sociales”.

Uno de ellos es de su mujer, Sara. Aitor piensa en ella; también en sus hijos Unai y Erea, y en sus padres. Le motiva su colaboración con la Federación Galega de Dano Cerebral (Fegadace), cuya labor visibiliza. Esos pensamientos le proporcionan el fuel necesario. Cuando puede volver a costear, ya en dirección norte, sabe que nada podrá impedirle que llegue a Alicante.

En plena oscuridad

Aún quedan un puñado de kilómetros. Ha caído la noche. Le vuelven a poner la boya luminiscente, que le protege con su halo de la oscuridad. “Ves las luces de la ciudad, pero pierdes la referencia de la meta. No sabes hacia dónde tienes que ir. Te fías de la embarcación”, concreta. Afortunadamente el viento se ha serenado. Mira de reojo hacia la izquierda. Va dejando atrás el aeropuerto, los arrabales, ese interminable epílogo. “Desde que piensas que has llegado hasta que llegas...”.

Y ahí está la playa. Han pasado 15 horas y 21 minutos desde que salió de San Gabriel –en el canal de la Mancha aguantó 14.45–. Llega con “los ojos casi cerrados, deforme, doliendo todo”, enumera. Cuando posa sus pies, las rodillas se le doblan y cae. Se yergue, saluda a un par de compañeros y estos lo sujetan. Concluye: “Poner el cuerpo al límite no es sano. Lo peor es esa sensación de estar vacío”.

Apenas podrá cenar una tortilla francesa y un par de yogures. “No te entra nada. Beber agua supone un sufrimiento brutal”. Ayer lunes emprendió el viaje a casa, en tren hasta Ourense, donde lo recogía su familia para trasladarlo a Vigo en coche. “Parezco una viejita de noventa años”, compara el vigués, de 48. “Necesitaré un par de semanas moviéndome estrictamente lo que me toque por obligación laboral”. Aitor de Luis trabaja en la piscina universitaria. Impartirá clases de natación y aquagym. “Tengo la suerte de trabajar en lo que me gusta, aunque ahora mismo meterme en el agua sí me repelería. Me molestan tanto los hombros que no sería capaz. Hay que recuperarse de un desgaste bestial. Cuanto más duerma, mejor”.

Jamás ha corrido peligro su salud. “Esto lo hago para disfrutar, aunque haya que sufrir un poco. Con todos mis respetos, yo no sería de esos alpinistas que se mueren bajando por apurar demasiado, sino de los que se quedan a seis metros de la cumbre para salvar la vida. Los valientes están todos en el cementerio”, advierte. “Esto me anima a volver al canal y si Dios quiere, lo intentaré. Será en 2024, 2025 o 2026. Más no lo quiero alargar. Voy cumpliendo años. Y no pretendo que mi mujer se quede viuda”.

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