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Las glorias de papá

Javier Álvarez Salgado participará este domingo junto a su mujer y sus tres hijos en la alternativa de 10.000 metros del Maratón de Múnich para conmemorar el quincuagésimo aniversario de sus dos finales olímpicas

Javier Álvarez Salgado, Loly García y sus hijos, vestido con las camisetas conmemorativas que han elaborado para su viaje. Ricardo Grobas

Javier Álvarez Salgado enfila la recta del Estadio Olímpico de Múnich y el tiempo se bifurca, plegándose sobre si mismo. Salgado aprieta los dientes y se exige la última gota de energía de sus exhaustos músculos. Salgado camina rodeado de su familia, colmado de felicidad. Medio siglo separa lo que fue y lo que será. El mito viviente del atletismo gallego participó en las carreras de 5.000 y 10.000 metros de los Juegos de 1972. Este domingo lo conmemorará participando, junto a su mujer y sus tres hijos, en los fastos atléticos de la ciudad alemana. “Estamos muy ilusionados”, proclama.

“El pasado es otro planeta”, suele sentenciar el astrofísico Neil deGrasse Tyson. Era otro planeta aquel Vigo en que se crio Javier Álvarez Salgado. “Las penurias de la posguerra”, menciona cuando se recuerda a los 14 años trabajando en una fábrica de alpargatas. No descubrió el atletismo hasta el día antes de cumplir los 18, cuando ganó en la Alameda el Gran Premio de Navidad de 1961. Lo reclutaron para otra carrera en Castrelos que se premiaba con un viaje a Madrid. “Yo no conocía a nadie ni había salido nunca de casa”, relata. Paseaba por el parque con un pitillo entre los labios cuando Alfoso Posada, factótum del Celta, le dio el alto.

–¿Dónde vas?

­–A correr.

–Fumando... ¿Pero cómo, hombre? ¡Por Dios!

Aquel encuentro cambió su vida. Posada, “una persona maravillosa”, percibió tu talento. Y encomendó su tutela a Alfonso Ortega, al que Salgado todavía hoy llama míster: “Siempre lo será para mí”. Ellos impulsaron su carrera: “Ahí tiré para adelante y se ha ido desarrollando mi vida”.

Le siguen las glorias y los récords de un fondista cuyo fulgor solo el también céltico Carlos Pérez iguala. Ortega le buscó un trabajo en la gasolinera de su cuñado, Julio Míllara. Salgado corría desde su hogar en Gran Vía hasta la gasolinera, en la antigua carretera de Madrid. Le servía como entrenamiento matutino. Después Julio lo bajaba en coche. Por las tardes se ejercitaba en Balaídos. Con semejante rutina logró ser olímpico en México 1968. Quedó undécimo en 3.000 obstáculos. En 1972 ya trabajaba como comercial.

Aquellos Juegos quedaron marcados por el asesinato de once deportistas israelíes a manos del grupo terrorista palestino Septiembre Negro, cinco de cuyos integrantes también cayeron abatidos. Se criticó la gestión policial y política. Una herida que ha costado cicatrizar. “Le pido perdón como jefe de Estado de este país y en nombre de la República Federal de Alemania”, declaró el presidente germano, Frank-Walter Steinmeier, ante su homólogo israelí, Isaac Herzog, el pasado 5 de septiembre. Aún acaba de acordarse una indemnización de 28 millones de euros a las víctimas y sus deudos.

“Fueron unos Juegos espectaculares, los primeros de la tecnología pura. Todo funcionó muy bien”, valora Salgado. “Lamentablemente el atentado ensombreció el gran ambiente que siempre hay alrededor de unos Juegos. Luego todo continuó. Fue un acierto no parar, que era también lo que pretendían los terroristas, aparte de matar”.

En lo propio, Salgado tuvo que duplicar esfuerzos. Una hepatitis que había contraído en los Juegos del Mediterráneo en Esmirna, en 1971, había condicionado su preparación invernal. Decidió centrarse en el 5.000. Pero como había logrado batir al belga Emiel Puttemans con una marca de 28.01, la Federación Española le pidió a Ortega que su pupilo también compitiese en 10.000. “Si Ortega me pedía una cosa, yo no era capaz de decirle que no; a él le pedían y tampoco era capaz de decir que no”.

Aquel cambio en la planificación cercenó sus opciones de medalla. Corrió dos eliminatorias y dos finales en apenas once días. Sus resultados fueron, pese a todo, extraordinarios: duodécimo en 10.000 y décimo en 5.000. Siente, no obstante, que pudo haber plantado cara a Lasse Artturi Virén, Mohamed Gammoudi, Ian Stewart o Steven Prefontaine. Colosos de leyenda, aunque la sospecha de las transfusiones de sangre haya empañado el legado de Virén.

Álvarez Salgado, a la conclusión de una carrera. FDV

No estaba yo para cuatro carreras. Fui muy bien en el 5.000 pero cuando llegó el momento de la verdad, a 1,5 kilómetros de meta, ya llevaba poca gasolina”, explica Salgado sin amargura. “Estoy muy contento de haber hecho lo que hice. No me lamento de nada. Soy una persona positiva”.

Múnich cambió su existencia de otra manera. Adolf Dassler, fundador de Adidas, le propuso formar parte del equipo que iba a organizar su desembarco directo en España. Álvarez Salgado trabajaría durante dos décadas para ellos. Fue además concejal de Deportes en Vigo con el PSdeG. Una tienda de deportes y la organización de la 10K Vigo han sido sus últimos desempeños. “Nuestra familia siempre ha vivido en el entorno del deporte”, resume. Su mujer, Loly García, pionera del atletismo femenino, lo secunda.

Javier y Loly viven hoy en Priegue. Cada mañana recorren 11,5 kilómetros hasta el Museo do Mar y retornan a Nigrán en autobús. “Somos felices”, indica él, pese a su maltrecha rodilla. “Mientras puedas andar, estás haciendo deporte”. Se entregan a lo diario y a celebrar su memoria. En 2018, como México quedaba lejos, viajaron a Múnich. Sus hijas, Lidia y Paula, participaron en el medio maratón. “Nosotros fuimos de palmeros. Allí mismo se habló ya de ahorrar estos cuatro años para volver a todo tren”.

Y a todo tren regresan. El maratón de Múnich de este domingo incluye en realidad varias distancias. Javier (78 años), Loly (71), Lidia (51) y Paula (46) se han anotado en la carrera de 10.000 metros, que parte del estadio olímpico y en él concluye. Lidia y Paula galoparán. Javier y Loly irán entre el paseo y el trote: “Hemos entrenado muchísimo. Saldremos corriendo un poquito y llegaremos igual. Pero andando también le daremos caña. La organización ha puesto un tope de hora y media para no quedar excluido del crono. Estamos haciendo una media de 9.20 por kilómetro”. La expedición se completa con el tercer hijo, Javi, de 43 años, que hará el medio maratón. “Solamente nosotros, ni nueras ni yernos. Ellos lo entienden perfectamente”, bromea Salgado.

Paula es fisioterapeuta en el Hospital de Lugo. Javi es policía local en Vigo. Lidia trabaja en el rectorado olívico. Javi practicó antes el hockey sobre patines y descolló sobre el tartán como cuatrocentista. Lidia jugó en el Celta de baloncesto. Jamás hubo presiones: “Siempre se ha tomado el atletismo con libertad. Han ido voluntariamente cuando ya eran adultos”, asegura Salgado.

El clan se reunió ayer en el solar de Priegue. Pudieron vestirse las camisetas que han elaborado para la ocasión. Loly y sus hijos estarán junto a Javier Álvarez Salgado cuando este cruce la meta del Olímpico; quién sabe si último en esta ocasión, pero en realidad como campeón ya proclamado del atletismo y de la vida.

 

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