Alberto Viejo, abogado y prestigioso regatista ourensano afincado en Vigo, sufrió el sábado 14 de enero un accidente durante un entrenamiento en la ría de Vigo. Tripulaba un Swan 36 patroneado por Laureano Wizner y cayó al agua cuando la embarcación navegaba a una velocidad entre 10 y 15 nudos. Viejo quedó enganchado en uno de los timones, con el agua ejerciendo una extraordinaria presión sobre su cuerpo. Wizner maniobró para desengancharlo.

Al regresar a la dársena del Náutico, Viejo se desmayó. El personal de la ambulancia detectó que podía sufrir un derrame interno, lo que luego se comprobó en el Hospital Cunqueiro. El regatista había sufrido la rotura de la aorta a nivel abdominal. Tenía el bazo y un riñón afectados. Fue intervenido de urgencia de manera exitosa. Tras varios días ingresado –recibiendo mensajes de apoyo como el del rey emérito, Juan Carlos I, compañero suyo en el Bribon–, pudo regresar a casa este lunes.

“No soy un supermán”, ha advertido a sus íntimos. Alberto Viejo sobrevivió en gran medida por su pericia, su fortaleza física, el neopreno ajustado y la frialdad del agua, que impidieron que se desangrase rápidamente. Pero sobre todo gracias a medios de la sanidad pública como el quirófano híbrido del Cunqueiro y al personal sanitario que lo atendió, al que Viejo ha escrito una carta de agradecimiento (en el original emplea el símbolo @ en la mención de los oficios en vez del genero).

Al personal del Álvaro Cunqueiro

Siempre se dice que los militares van más allá del deber, que su actuación está basada en el compromiso y el honor, y que en tiempos de guerra están dispuestos a defender a la patria, a nosotros, con su propia vida.

En tiempos de paz intervienen en todas las situaciones de catástrofe con una eficacia ejemplar.

Después de mi accidente en el mar he conocido de primera mano cómo son y trabajan los “soldados sanitarios”, y conste que les llamo soldados por hacer el símil, pero me refiero a todos los sanitarios: desde la ambulancia, a los médicos, pasando por enfermeras, auxiliares, técnicos y limpiadores. Siento si me dejo alguno, que no me sé el escalafón.

Todos ellos son mis ángeles: los José, Irene, Coco, María, Lola, Begoña, Brenda, Benito, M° José, Montse, Marita y tantos otros que conocí en mi propia casa, en urgencias, en REA o ya en planta.

Ahora puedo decir lo afortunado que fui de poder disfrutar de su trabajo, su profesionalidad y su cariño, y de poder ser huésped de la habitación 408C, donde tuve unos compañeros de “celda” maravillosos y pude contestar cientos de mensajes alucinantes que me chutaron más que cualquier calmante.

Cómo es la mente, que lo tengo todo perfectamente grabado en mi “disco duro” y sin embargo estuve una semana entera sin recordar la palabra quirófano, esa “nave espacial”, orgullo del Cunqueiro, donde nos reparan a los humanos como en las películas de ciencia ficción.

Tenía que dar las gracias a todo el personal sanitario que me atendió, pero me gustaría que esta carta sirviera de humilde homenaje a todos los que nos han cuidado sin descanso y más allá del deber durante este tiempo de pandemia.

Cuidémosles, por favor.