Suscríbete

Faro de Vigo

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

El esmoquin de Pietrangeli

Pietrangeli golpea una bola durante un partido

Nicola Pietrangeli amaba tanto el tenis como el glamour que le rodeaba. Hablamos de los años cincuenta, de un tiempo en el que los grandes torneos siempre contaban con el aderezo de lujosas fiestas a las que acudían estrellas del cine, la música y lo más escogido de la sociedad. En ese terreno Nicola acabó siendo el mejor de todos. Era un hombre atractivo, afable, gran conversador e ideal para cualquier velada. A sus casi noventa años, retirado en su casa de Roma, recuerda que su notable palmarés podía haber sido más importante si se hubiese preocupado de entrenar algo más: “Pero no me habría divertido tanto”, sentencia.

El tenista italiano, que conquistó dos veces París y es el jugador con más partidos ganados en la historia de la Copa Davis, se hizo famoso por su carácter festivo y la impresionante lista de celebridades que formaban parte de su corte

En su lista de amistades aparece gente como Marcello Mastroniani, Peter Ustinov, Omar Shariff, Frank Sinatra, Virna Lisi o Grace y Rainiero de Mónaco que le acogían en su palacio cuando acudía a disputar el torneo de Montecarlo. Cada vez que viajaba para disputar un torneo, además de todo lo necesario para jugar esa semana su maleta siempre incluía el esmoquin y el resto de complementos imprescindibles para atender el calendario social que habían preparado los organizadores. Casi era tan importante como el propio campeonato.

Toda esta historia arranca a cierta distancia de Italia, en Túnez. Allí llegó un día su abuelo Michele para trabajar de albañil. Prosperó, se hizo constructor y se casó con una napolitana. La familia fue creciendo y disfrutó de una buena situación económica. Nicola nació en 1933 en lo que entonces era protectorado francés. Su padre se llamaba Giulio y su madre era una rusa que había huido de los bolcheviques y que estuvo casada con un conde. Mucho tiempo después una de las escenas habituales de las fiestas a las que acudía era mostrar el pasaporte donde figura como Nicola Shirinski Pietrangeli y presumir de su linaje por parte rusa.

Pietrangeli golpea la bola
durante un partido.

Pietrangeli golpea la bola durante un partido. juan carlos alvarez

La Segunda Guerra Mundial fue un punto determinante en la vida de los Pietrangeli. La casa familiar fue destruida durante un bombardeo y el padre de Nicola fue hecho prisionero aunque fue liberado al final del conflicto. En Navidad de 1946 la familia salió de Túnez porque habían perdido casi todo lo que habían conseguido levantar desde que su abuelo emigró desde Italia. Nicola llegó a Roma con trece años y sin saber ni una palabra de italiano. Dominaba a la perfección el francés y el ruso gracias a su madre. Pero era un tipo despierto. Los Pietrangeli fueron recuperándose gracias a la ayuda de la embajada francesa que agradecía a Giulio los servicios prestados en Túnez. Le dieron la representación para el país de la marca Lacoste y por ahí empezaron de nuevo a crecer.

Nicola tenía una inclinación importante por el deporte. Ya en Túnez había comenzado a practicar con éxito el tenis, deporte que también apasionaba a su padre, pero su primera pasión verdadera fue el fútbol. Ingresó en la escuela del Lazio y cuando era juvenil existía cierto optimismo sobre sus posibilidades de desarrollar una carrera prometedora en el mundo profesional. Pero entonces el club quiso cederlo a otro equipo para que se curtiese y Pietrangeli se lo tomó casi como una ofensa personal. Salió del Lazio y del fútbol en dirección al Club de Tenis Parioli, la que sería su segunda casa durante mucho tiempo. Allí se centró en progresar y en mejorar su técnica. Tenía una fabulosa muñeca y un gran revés. El suyo tal vez no fuese un juego muy académico, para lo que se entendía en los años cincuenta, pero era eficaz y sobre todo vistoso. Su nombre comenzó a sonar en diferentes torneos italianos y en 1953, con veinte años, es cuando hace la maleta y empieza a disputar muchas de las grandes citas del calendario europeo. Allí descubre un mundo fascinante, hipnótico. El que rodea los grandes torneos. Fiestas, hoteles de lujo, invitaciones en grandes restaurantes, compañías sorprendentes. Los organizadores ponen casi tanto empeño en el torneo como en su envoltorio y el joven Pietrangeli, con su labia infinita, se adueña pronto de ese ambiente. Actores, cantantes, políticos, nobles…pasan a formar parte de su círculo de amistades y los trajes y el esmoquin ocupan cada vez más espacio en el equipaje que desplaza a los torneos.

Pero al mismo tiempo su progreso es enorme en las pistas. En 1954 disputó por primera vez la Copa Davis, el torneo que le hechizaría por completo y en el que aún ahora tiene el récord absoluto de partidos ganados con 120. Traer la Ensaladera a Italia se convirtió en una pequeña obsesión para él, aunque tendría que esperar mucho tiempo para ello. Por el camino pasaron muchas cosas. La principal fue que en 1959 levantó su primer torneo grande. Fue en Roland Garros, uno de los escenarios donde su juego fluía con más facilidad. Tras un gran torneo se impuso en la final al surafricano Ian Vermaak en tres sets. En ese torneo se hicieron tan famosos sus triunfos en la pista como su relación con una de las vedettes del “Crazy Horse”, un cabaret parisino. Ella le llevaba todos los días desde el hotel a las pistas en un Buick descapotable, lo que convertía su llegada en todo un acontecimiento. Pero aquella actividad social no le distrajo de su objetivo de unirse ese año al selecto club de ganadores de un torneo grande. Y la cosa no se quedó ahí. Repitió un año después en una gran final resuelta en cinco sets ante el chileno Ayala. Y la serie hubiera podido extenderse aún más tiempo porque en 1961 también llegó a la final, pero tras un agotador duelo cedió en el quinto parcial ante Manolo Santana, quien se convertiría en su mejor amigo dentro del mundo del tenis. “Mi hermano español” le llamaba siempre. Con él se las vio nuevamente en 1964 en la final de Roland Garros con triunfo de nuevo para el jugador madrileño.

Pietrangeli, tras ganar Roland Garros en 1959

Pietrangeli, tras ganar Roland Garros en 1959

Después de su primer triunfo en Roland Garros recibió una oferta para pasarse al profesionalismo. Le anunciaban grandes cantidades de dinero, pero Pietrangeli siempre se negó a esa posibilidad. Aceptar significaba quedarse sin Roland Garros, sin pisar Wimbledon y, sobre todo, olvidarse para siempre de la Copa Davis. Era demasiada renuncia para él.

Nicola, a la izquierda, tras ganar la Copa Davis como capitán

Avanzados los años sesenta Nicola Pietrangeli se despidió de la competición, pero siguió muy ligado al tenis. En 1976, como capitán del equipo de Copa Davis, consiguió por fin su gran sueño. Ante Chile, en una final disputada en un ambiente enloquecido en Santiago, Italia conquistó el título. Hubo presiones políticas de primer nivel porque en Italia muchas voces pedían que el equipo no viajase como muestra de repulsa hacia la dictadura de Pinochet. Pietrangeli lideró a quienes creían que había que viajar y ganar.

"No podemos regalarle el trofeo, hay que arrebatárselo"

decoration

“No podemos regalarle el trofeo, hay que arrebatárselo”, insistía. Y así fue. Panatta, Barazzutti, Bertolucci y Zugarelli fueron los jugadores que le dieron la primera Copa Davis de la historia a Italia y Nicola Pietrangeli tuvo el honor de levantar aquel trofeo.

Imagen reciente de Pietrangeli con Fognini

Después de aquello Pietrangeli ejerció el siempre agradecido papel de leyenda, sin renunciar a su lado más canalla. Su vida personal jamás ha tenido demasiada estabilidad. A sus cerca de noventa años lo resume de modo telegráfico: “En mi vida he amado cuatro veces: Susanna, la madre de mis tres hijos; Lorenza, que me dejó porque no me casé con ella; Licia, con quien todavía no entiendo por qué terminó, y Paola que me acompaña ahora”. Y por el camino docenas de aventuras que alimentaron su fama fuera de las pistas. Su personalidad única queda retratada en la descripción de cómo quiere que sea su despedida cuando muera: “Será en el Foro Itálico ya que es fácil encontrar aparcamiento. Habrá dos sacerdotes, uno cristiano y otro ortodoxo porque soy medio ruso. Música de Barry White y Frank Sinatra. Y si llueve, todo se retrasa para el día siguiente. No quiero que las damas se mojen los zapatos”.

Compartir el artículo

stats