Lo que inventó Memphis, con un gol descomunal, lo terminó estropeando el Barça, el tedioso Barça al que los niños (Gavi y Nico) quisieron levantar con esa irreverencia futbolística que tanto cautiva al desesperanzado pueblo culé. Cambian los entrenadores, pero el equipo no avanza.

Al contrario se encoge y se encoge hasta hacerse pequeño. Diminuto. Débil. Estéril. Transparente porque cada primer disparo que recibe acaba haciendo estallar la paciencia del barcelonismo, que dejó escapar tímidos pitos con ese frustrante empate. Igualada en la que, además, perdió a dos jugadores por lesión (Kun Agüero –fue trasladado al hospital para una valoración más exhaustiva– y Piqué), lo que complica aún más su decisivo examen europeo del martes en Kiev. Nada cambia en el Camp Nou.

El primer Barça de Sergi Barjuan tenía el mismo aire, triste, apático y monótono, con el que se despidió a Koeman en un avión de vuelta de Vallecas. Apostó, eso sí, el técnico interino por el 4-3-3, pero el inicio, lleno de entusiasmo y con más presión que de costumbre, se acabó evaporando.

Tampoco duró demasiado. Ni media hora. Si se pensaba que el problema era el entrenador quedó claro, y no es, en absoluto responsabilidad de Sergi (apenas dos entrenamientos antes de sentarse en el banquillo del Camp Nou), que es mucho más profundo.