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esquí náutico

El relámpago, sobre el agua

Silvia Pequeño, durante la disputa del Campeonato Ibérico de la Semana Abanca en Cortegada.

Silvia Pequeño, durante la disputa del Campeonato Ibérico de la Semana Abanca en Cortegada.

A Silvia Pequeño le duele la rodilla. Secuelas de una lesión antigua, jugando al fútbol. Le chirría la articulación al bajar las escaleras. Se siente quizá como un animal anfivio, torpe en tierra mientras añora el agua. Porque se enfunda su rodillera, se calza el esquí acuático y baila de un lado a otro del Miño, embalsado en Cortegada, sin que la maltrecha articulación proteste. Se impone así en la prueba de eslalon del Campeonato Ibérico de la Semana Abanca. La viguesa ha heredado esta pasión de sus mayores. Se ha proclamado varias veces campeona de España en categorías inferiores pese a las dificultades que encuentra en Galicia para practicar su deporte. Ha compaginado competiciones y viajes con la carrera de Medicina, en la que acaba de licenciarse a sus 24 años. Silvia Pequeño es feliz a 55 kilómetros por hora sobre la lámina; un relámpago que sobrevuela el río.

El esquí náutico llegó a ser deporte de exhibición en los Juegos de Múnich 1972 y es una imagen recurrente en otros mares, embalses y lagos. En Galicia siempre ha sido una diversión de pioneros. Lo fue la tía de Silvia, Mari Pequeño. “Era un hobby de verano, como un plan de tarde. Mi tía conoció a una familia que le enseñó. Ella logró después que probasen mi padre, Horacio, y mi madre, María Jesús. Y después de ellos, nosotros”.

De esta manera el esquí náutico se ha convertido en una tradición del clan Pequeño-Pérez Bamio. A ellos y a otros se los podía ver por la bahía de Baiona, cabalgando las olas. En Silvia cuajó igual que en su hermano, también Horacio. La pequeña, que había probado a los 11 años, se enroló a los 14 en el club Nova Ski de San Adrián, regentado por Juan Noguerol. “Al principio íbamos a entrenar, mejorar y divertirnos”, recuerda Silvia. Surgió la posibilidad de competir y no lo dudaron.

Silvia debutó en lo más sencillo, una opción oficiosa destinada a principiantes que consiste en cruzar la estela del barco de un lado a otro. El esquí náutico tiene tres alternativas oficiales: eslalon, con un campo de seis boyas que el esquiador va a pasando a cada vez mayor velocidad y, llegado a su tope, acortando la cuerda para incrementar la dificultad del manejo en el penduleo; saltos, en los que se computan los metros tras impulsarse sobre una rampa, y figuras, con el dibujo de giros de 180 o 360 grados, helicópteros, derrapajes...

Una lesión de rodilla que sufrió jugando a fútbol no ha frenado su carrera

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La olívica se ha especializado en eslalon. En gran medida por inclinación propia. “Es lo que más me gusta”, asegura. Pero también por limitaciones de infraestructura. Aunque le “interesaría” también practicar saltos, en Galicia no existen rampas estables que lo permitan. “Eso me ha impedido desarrollar esa especialidad”, confirma.

E incluso en eslalon topa con carencias. “Antes entrenaba más que ahora. Es el problema que hay en Galicia. Había varios clubes con campo de boyas, pero ahora no lo montan, no piden permisos, no lo cuidan”. Silvia, que pertenece actualmente al Club San Telmo de Tui, se coordina con los otros practicantes que componen el mundillo del esquí. “La Federación Gallega monta un campo en verano en Cortegada. Uno de esos amigos posee una embarcación adecuada para el eslalon, que necesita que se haga poca ola. Alquilamos unas casas al lado y así es como entrenamos. Nos buscamos la vida”. Cada cierto tiempo viajan incluso a Madrid o Barcelona, donde existen instalaciones permanentes. A un club de la capital le suele comprar Silvia todo su material.

Los obstáculos no han impedido que Silvia Pequeño se haya proclamado campeona de España en cuatro ocasiones entre sub 17 y sub 21. En la categoría Open, la principal, abierta a todas las edades pero bajo dominio adulto, ha conseguido ser subcampeona nacional, lo cual tiene un extraordinario mérito considerando las privaciones con las que convive. “Hay mucho nivel. Cuanto más entrenes, mejor. Vas mejorando, hay técnicas, posiciones, gestos que puedes hacer y que te pueden ayudar. Lo consigues con la práctica”, constata.

La rutina es también el método más adecuado para perder el miedo. En mujeres, la lancha llega a alcanzar los 55 kilómetros por hora por su pasillo en su aceleración estipulada –en hombres se llega a 58km/h–. Los expertos calculan que esa velocidad se dobla para el esquiador en el preciso instante en que atraviesa la estela. En tal trance sufrió Silvia su peor percance, con una costalada que le cortó la respiración y la dejó aturdida. El obligado chaleco salvavidas evitó cualquier peligro. “Te vas acostumbrado a las caídas. Pueden ser dolorosas”, admite. “Pero es normal”.

Su peor lesión, de hecho, se produjo en otro deporte. Silvia Pequeño, que también había practicado atletismo, comenzó a jugar al fútbol sala ya como universitaria, en un equipo de su colegio mayor en Santiago. Después fichó por el Noalla, de fútbol 11, y al final de su primera temporada una defensa la levantó por el aire. Silvia aterrizó de mala manera sobre su rodilla. El diagnóstico: derrame articular moderado y degeneración del menisco. “Me lo pasé bien y progresé. Desde el Noalla me siguen llamado cada temporada, pero no puedo jugar”.

Dos años después todavía no se ha curado completamente. Nota molestias. Sospecha que puede tener otro tipo de afectación. Lo intuye como paciente y desde sus conocimientos. Silvia estudia Medicina. Ha iniciado el curso de MIR, previo a la elección de especialidad. “Hasta este año no he tenido problemas en compatibilizar la carrera y el esquí náutico. No coincidían los calendarios, salvo algún fin de semana de septiembre o octubre. pero este año sí que es intensivo. He empezado en junio la preparación del MIR y solo tengo libres los domingos. Ha sido más costoso”.

Con todo, no renuncia a su afición, ni por ajetreo ni por malestar. La considera necesaria para equilibrarse mentalmente. “Lo necesito. No puedo estar delante de un libro todo el día. Necesito moverme, necesito actividad”, describe. En cuanto a la rodilla, se ha acostumbrado a competir con protección. “El jueves de la semana pasada estaba con bastante dolor y el domingo me costaba bajar las escaleras pero el esquí náutico no me costó. La rodilla va flexionada, tienes que hacer fuerza, pero trabaja más la cadera. La articulación se mantiene firme, no se mueve”.

Su intención, a expensas de dónde tenga que realizar la residencia, es “seguir entrenando, mejorando y compitiendo a nivel nacional; si se puede, también en Europa. Primero necesito mejorar mi puesto en España. Es complicado. Hay mucha rivalidad. Pero puedes conseguir tus metas si le dedicas tiempo”.

El deporte le ha proporcionado además relaciones, en algún caso sorprendentes. Silvia se ha apuntado al programa Erasmus. Su destino en Nápoles. Allí conoce a una chica murciana y de alguna manera el esquí náutico irrumpe en la conversación. Pero esta vez no provoca en su interlocutora la habitual cara de pasmo o extrañeza.

–Yo también hago esquí en Murcia con mi familia –le contesta.

“Es muy raro pero a veces de repente...”, reflexiona la viguesa sobre esa magia que solo los que han galopado sobre el agua comprenden.

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