Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Historias irrepetibles

El corazón de St. James Park

El Newcastle, ahora en manos del dinero saudí, no gana un título desde la retirada a mediados de los años cincuenta de Jackie Milburn, su principal leyenda y miembro de una dinastía de futbolistas

Milburn trata de cabecear un balón

Milburn trata de cabecear un balón

El pasado jueves la estatua de Jackie Milburn era testigo silencioso de la algarabía que los aficionados habían organizado en el exterior de St James Park para celebrar que un consorcio saudí propiedad del príncipe heredero había comprado el club blanquinegro. A buen seguro los hinchas sueñan con el petróleo traiga de nuevo un título a esa ciudad del norte de Inglaterra, algo que no sucede desde la retirada en los años cincuenta del hombre hoy convertido en estatua.

Era complicado que Jackie Milburn no fuese futbolista. Su abuelo había sido casi un pionero de este deporte y cuatro de sus tíos habían jugado a buen nivel. El apellido familiar pesaba más que ningún otro en ese mundillo cuando él comenzó a corretear detrás de un balón en las calles de Ashington, en el norte de Inglaterra. Tierra de minas y de gente recia. Como su padre que trabajaba en el carbón y ponía mala cara cuando veía en él algún gesto innecesario tras una de sus victorias infantiles. Porque Jackie era el chaval más rápido que se había visto en la comarca. Y esa velocidad sería la que le permitiría construir una sólida carrera en el fútbol profesional. Pero antes de eso hubieron de pasar muchas cosas.

Jackie salió pronto de la escuela. Su padre le “invitó” a unirse a él en la mina, pero encontró un plan alternativo como mozo de almacén agarrándose a la teoría de que su claustrofobia le impedía bajar a las galerías. El ejército fue su siguiente ocupación. En 1939 (con solo quince años) trató de ingresar en la Marina, pero le faltaba una pulgada para dar la talla mínima. Por eso se marchó al Cuerpo de Entrenamiento Aéreo de Ashington, en cuyo equipo comenzó también a jugar al fútbol. Lo hacía allí y en el Northumberland. Una tarde corrió la voz de que un cazatalentos que trabajaba para el Newcastle United acudiría al partido que jugaban esa tarde. Para Jackie Milburn era una noticia grandiosa y se preparó a conciencia. Jugó como casi nunca y anotó tres goles. Era imposible que aquel hombre no le hubiese tomado la matrícula, pero al llegar al vestuario sufrió una terrible bofetada de realidad al enterarse de que aquel ojeador no se había presentado al partido.

Un par de años después él y sus compañeros del Northumberland fueron invitados al último partido que esa temporada jugaba el Newcastle. Allí, sentado en la grada de St.James Park, Jackie le susurró a uno de sus amigos: “Sinceramente creo que nosotros podemos hacer algo mejor que esto”. Una mezcla de arrogancia e inconsciencia juvenil. Unas semanas después se presentó a unas pruebas voluntarias que convocaba el club blanquinegro. Lo hacía en parte traicionando a su corazón porque desde niño había sentido más simpatía por el Sunderland, tradicional enemigo deportivo y político del Newcastle. Solo doce kilómetros separan ambas ciudades, lo que convierte su rivalidad en una de las más enconadas del Reino Unido. Pero Jackie silenció sus sentimientos y se presentó en Newcastle donde superó una primera criba y fue citado para un partido de entrenamiento con público en el propio St.James Park. Ese día los aspirantes a futbolista se medirían a una extraña mezcla de titulares y suplentes de las “urracas”. A Milburn le situaron en un costado del medio del campo donde apenas tuvo incidencia en el comienzo del partido. En el descanso perdían 3-0 y la tarde amenaza ruina importante. Pero en el entretiempo solicitó de forma educada pasar a la delantera y lo que sucedió a continuación cambió su vida y en gran medida la del Newcastle. Esos pequeños y caprichosos giros que lo revolucionan todo. Jackie marcó seis goles en el segundo tiempo ante el asombro de todos los que aquella tarde se asomaron a St James Park. Stan Seymour, entrenador del Newcastle, casi enloquece e intentó por todos los medios que Jackie Milburn no abandonase el campo sin firmar antes su contrato con el club. Pero el joven futbolista, pese a estar ante una leyenda del fútbol inglés, hizo caso a su padre quien le había advertido que no diese ningún paso sin consultarle antes. Y eso hizo. Volvió a casa y le explicó que el Newcastle estaba dispuesto a hacerle un hueco en su plantilla. Stan Seymour no se quedó parado en ese momento y fue tras él como un novio enamorado que teme perder la oportunidad de su vida. Dos días después estaba sentado en el salón de los Milburn convencido de que los seis goles en el partido de entrenamiento iban a despertar el interés de un puñado de equipos y que cualquier día que esperase aumentaría la competencia. La clave era cerrar su contratación antes de que volviese a jugar con su equipo. El entrenador detalló su plan y tras una breve deliberación Jackie y su padre aceptaron la propuesta. Seymour regresó tan eufórico a Newcastle que convocó a todos sus ayudantes en un pub cercano al estadio para celebrar el movimiento “que va a cambiar la historia del club”.

Pero no eran tiempos sencillos ni para el país ni para el Newcastle que estaba entonces en la segunda categoría del fútbol inglés. La Segunda Guerra Mundial tenía las ligas detenidas y el estreno en competición oficial de Milburn con su nueva camiseta no se produjo hasta casi tres años después, en 1946. Seymour había reconstruído el equipo en busca del regreso a la élite y su nuevo delantero era una pieza esencial en la nueva estructura. Les costó dos temporadas lograr el objetivo. Una primera para asentarse y la segunda para alcanzar la meta. En agosto de 1948 ya estaban preparados para volver a medirse a los grandes equipos del país. Y Milburn pasó a ser un fenómeno a nivel nacional. Por sus goles y por esa velocidad que le convertía en un elemento incontrolable. Las primeras dos temporadas finalizaron en la cuarta y la quinta posición. Aquello era más de lo que Seymour había diseñado en su despacho de St. James Park.

Pero Milburn sellaría uno de los amores de su vida con Wembley, escenario de sus grandes tardes. En 1951 el Newcastle se clasificó para la final de Copa ante el Blackpool de Stanley Matthews. Después de más de veinte años alejado de un partido de esas características los trenes que venían del norte hacia Londres se llenaron a rebosar de aficionados que soñaban con ver de nuevo a las “urracas” recibiendo de manos de la reina un nuevo trofeo. La prensa había soñado con que aquella fuese la final de Matthews que podía ganar su primera Copa a los 36 años. Pero Jackie Milburn se encargó de arruinar la tarde de la leyenda inglesa. Sus dos goles sentenciaron la final. El segundo es considerado por muchos uno de los tantos más hermosos que ha visto Wembley hasta el punto de que fueron varios los jugadores del Blackpool que se acercaron a felicitarle tras su obra. Aquella noche Newcastle vivió la mayor fiesta en décadas y Milburn ya formaba parte de la historia del club. Parecía que aún no había terminado la celebración cuando las “urracas” alcanzaron un año después de nuevo la final de Copa. En esta ocasión su adversario era el Arsenal que planteó una batalla terrible. El duelo solo resolvió a cinco minutos del final después de una gran acción de Milburn que sirvió el tanto decisivo a George Robledo. Otra vez ascendían felices los escalones que conducían al palco de Wembley donde la reina esperaba sonriente. El Newcastle era el primer equipo del siglo XX que defendía con éxito su título copero.

Milburn se escapa de un rival.

Milburn se escapa de un rival.

Las tardes de gloria del Newcastle en Wembley se completarían en 1955 cuando volvieron a alcanzar la final de Copa en este caso ante el Manchester City. Las circunstancias personales de Milburn eran diferentes. Ya tenía más de treinta años, las lesiones le habían castigado de forma severa durante meses y aún por encima Seymour había abandonado el cargo de entrenador para ser gerente. Su sustituto, Doug Livingstone, había decidido prescindir de Milburn en la final. Cuando la noticia llegó a oídos de Seymour, la vieja leyenda del Newcastle estalló y comunicó al técnico que su trabajo era el de preparar y motivar a los jugadores. Pero que quedaba excluido de la responsabilidad de elegir a los futbolistas. Seymour decidió que Milburn jugaría ese partido. El delantero le correspondió anotando el primer gol de la final, el que encarrilaría la victoria por 3-1 del Newcastle que había convertido Wembley en el patio de su recreo. Más gloria para Jackie y para Seymour, cuyo vaticinio unos años antes tomando pintas de cerveza para celebrar el fichaje de Milburn se había hecho realidad.

Milburn se marchó un año después de St. James Park, convertido en un mito. El jugador que más goles había marcado en la historia del club pese al parón de la Segunda Guerra Mundial, una cifra que solo mejoraría Alan Shearer mucho tiempo después. Una grada del estadio lleva su nombre y al lado del recinto descansa una de las tres estatuas que han levantado en su honor. A ellas miran siempre con nostalgia los aficionados del Newcastle que no han vuelto a levantar un trofeo desde que Jackie Milburn cruzó la puerta del vestuario de las “urracas” para siempre.

Funeral de Jackie Milburn

Compartir el artículo

stats