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Faro de Vigo

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baloncesto

El orgullo del escultor

Pepe Casal, a quien Pau Gasol mencionó en su despedida, relata sus “diez años inolvidables” como preparador físico del catalán

Pau Gasol, trabajando con Pepe Casal en el gimnasio durante el verano de 2008.

El Liceu se ha llenado sin necesidad de que Pau Gasol, que también soñó con ser pianista, haya concretado la razón de la convocatoria. Todos saben que va a confirmar su retirada. En los asientos lujosamente tapizados se reúnen invitados de todo tipo y periodistas. Pau ha iniciado la retahíla de agradecimientos, en un repaso gremial.

–Gracias a medios de comunicación, público, aficionados, preparadores físicos, fisios...

Pau ha aprendido a controlar los escenarios como las canchas, con un empaque que esta vez no opaca su emoción. Una súbita inflexión de la voz y concreta el nombre de una de esas personas que han colaborado en su carrera.

–En primer lugar, gracias a Pepe Casal. Me ayudó cuando era un tirillas y tenía que dar un cambio físico para poder jugar contra hombres.

Y Pepe Casal, en la platea, se quiebra con la mención, asegura que inesperada aunque en el relato de la biografía de Pau resulte perfectamente comprensible. “Es una persona que lo hace todo muy meditado. Pero cuando cambió el chip y me nombró me quedé emocionado. Se me saltaron unas lágrimas. Me dura todavía. Fue realmente muy especial para mí”, confiesa el preparador físico vigués afincado en Santiago, también legendario en lo suyo.

El acto del Liceu sirve para el adiós público. Otro más privado se reserva para los íntimos. Pepe Casal asiste a una cena en la que abundan la nostalgia, las anécdotas y los brindis. “Pau estuvo muy bien y nos habló a todos. Es de agradecer su humildad. Otro jugador se hubiera dedicado a comentar tal medalla, el primer anillo, el primer All Star… Tenía currículo de sobra para estar hablando hora y pico. Dedicó ese tiempo a los agradecimientos. Todo lo que dijo fue interesante. Es un tío muy inteligente, con la cabeza muy bien amueblada. No tendrá el menor problema de adaptación a su jubilación deportiva”, celebra el preparador gallego.

Ya en la sobremesa a Casal se le abraza con cariño Marisa Sáez, la madre del clan, con su primogénito Pau presente. “Marisa es de esas mamás que defienden con uñas y dientes a sus cachorros”, describe Casal. Es justo el momento en que aprovecha para un pequeño diálogo con su antiguo pupilo: “Tuvimos unas palabras privadas muy bonitas. Yo también conseguí que se emocionase. Así por lo menos empatamos”, bromea y compendia: “Fue un día difícil de olvidar”.

Casal, junto a Pau y su hija, y el fisioterapeuta Joaquín Juan, en el Liceu.

Casal, junto a Pau y su hija, y el fisioterapeuta Joaquín Juan, en el Liceu.

El final en cierto modo del camino devuelve al inicio. Es verano de 1999. Pepe Casal (Vigo, 1950), atleta en sus años mozos, colabora con la Federación Española de Baloncesto desde 1974. Ha sido un preparador físico revolucionario y se mantiene fresco, al tanto. Entre sus devotos se cuenta Aíto García Reneses, que lo conoció en los combinados inferiores. Aíto, que en 1998 ha iniciado su tercera etapa como entrenador del Barcelona, lo reclama a su lado. Y le cuenta que tiene dos joyas por pulir, que ese verano competirán con España en el Mundial Júnior que se disputa en Portugal.

Casal acude a uno de los partidos en Lisboa. Conoce a Pau y a Navarro sin que estos lo sepan, camuflado en la grada. Pergeña el plan que ha de proporcionarles el físico que les permita explotar su asombroso talento. Los chicos lo conocerán a él poco después. Llegan a la concentración de pretemporada del Barcelona en Andorra; ambos con el pelo teñido de rubio platino para celebrar esa medalla conquistada ante Estados Unidos en la final que los bautiza como generación: los Júniors de Oro.

La alegría se les apaga enseguida. Acaba el duro entrenamiento. Pau y Navarro pretenden dirigirse al hotel a descansar junto a los demás miembros de la plantilla. Casal los detiene con esa voz rugosa, de cama a medio hacer, con la que a veces, si se esfuerza, consigue disimular su infinita ternura.

–¡Eh, vosotros para aquí, que vuestro entrenamiento no terminó!

“Empezamos a trabajar en el gimnasio ese mismo día, con sorpresa para ellos”, narra Casal. A Gasol supo encauzarlo enseguida. “Siempre digo que el mérito es del jugador. Los entrenadores, los fisios y los preparadores físicos somos herramientas que estamos al servicio de él. Si el ciudadano no quiere, no hay nada que hacer. Todos los entrenamientos individuales que hacíamos en sus días libres, cuando el equipo descansaba, eran para que Pau mejorase. Lo entendió desde el principio”, asegura y es capaz de repetir la arenga de aquella época.

–Yo podía estar en mi casa o irme a esquiar a Andorra y estoy aquí. Al final de mes voy a cobrar igual. Estoy trabajando única y exclusivamente para que seas en el futuro un jugador de la NBA.

No fue una frase motivadora sin más. Casal había percibido que en Pau, su crisálida, se ocultaba el mejor jugador de la historia del baloncesto español. Puede parecer obvio ahora. Entonces nadie lo habría asegurado. Por ejemplo, había sido un actor secundario en la selección júnior. Casal y Pau recordaban esa revelación durante la cena del martes. “Cuando terminamos el trabajo de pretemporada, genérico, de aproximadamente un mes, empezó el trabajo individual. Aíto quería que Pau jugase de alero”. Casal lo observa en su primera sesión de movimientos de pies, velocidad, coordinación y técnica de carrera. Llega al vestuario y le espeta a Aíto:

–García, este tipo va a ser mucho mejor que Fernando Martín.

–¿Tú crees?

–¿Si conseguimos educarlo deportivamente y que aprenda a currar...? Muchísimo mejor.

Lo que siguen son “diez años inolvidables, irrepetibles, con mucho respeto y mucho cariño”, concreta Casal. Porque Pau, aunque se mudase a la NBA en 2001, seguía regresando cada verano a las manos de Pepe Casal. La relación profesional no cesó hasta 2009. La amistad se ha mantenido hasta hoy.

En el recuento, entre “miles de momentos”, Pepe Casal escoge uno. Ha terminado la final olímpica de Pekín contra Estados Unidos. Pau llora la derrota sentado en el banquillo, con una toalla sobre la cabeza. “Él era de los que pensaban que podíamos haber ganado, tal y como jugamos”. De repente, Kobe Bryant se acerca a saludarlo y tras él, en fila, todos los demás componentes del segundo mejor combinado de todos los tiempos, al menos en nómina, tras el Dream Team original: Lebron James, Dwayne Wade, Carmelo Anthony... Todos aguardan su turno para honrar a Pau. “Esto da idea de su dimensión”, se enorgullece su escultor.

Pepe Casal, trabajando con Gasol, durante los Juegos de Pekín. Efe

“Lo conocí con 89 kilos y 212 centímetros”

“Yo era un tirillas”, reconoce Pau Gasol en su discurso de despedida, recordándose en el comienzo de su carrera profesional como una espiga de trigo que los rivales doblaban con la facilidad de la brisa. Y a Pepe Casal también le retorna inevitablemente la visión de ese mismo adolescente, con las mejillas cuajadas de espinillas y aquel peinado modoso que incrementaba la adolescencia de sus 19 años. “Yo lo cogí con 89 kilos y 212 centímetros”, cuantifica Casal. Pau crecería aún 3 centímetros. Su incremento en masa superaría los 20 kilos. El preparador santiagués siempre supo qué cuerpo quería diseñar para Pau, aunque a la vez fue adaptando sus ideas a las necesidades que exigía la evolución del jugador. “Yo empleaba una técnica que se llama ‘muscle up’”, explica. “Perseguíamos la fuerza explosiva, pero siempre partiendo de no perder velocidad. La musculación para ganar kilos y peso es de culturismo. Nosotros queríamos un trabajo parecido al de la halterofilia, buscando cargas que se pudiesen mover de forma muy rápida pero con un peso considerable. Es donde desarrollas más potencia. Acabas musculándote, te lleva más tiempo, pero no pierdes velocidad”. Porque Pepe Casal había concebido el Pau Gasol que se insinuaba en sus inicios, de manejo, tiro exterior constante y penetración, alejado de la zona. “Yo no quería que perdiese velocidad pensando que Pau podía ser un alero. Después pasó a ser un ‘cuatro’. Hubo que cambiar toda la filosofía y coger más kilos, variando la dinámica de trabajo”, resume. “Después en la NBA ya lo pusieron de ‘cinco’. Simplemente tenías que hacer un trabajo de fuerza pero sin perder la velocidad”, insiste. “La velocidad en la ejecución de los movimientos es lo que define a los grandes jugadores”.

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