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Historias Irrepetibles

El Wimbledon que se decidió en el vestuario

Izquierda, Sidney Wood; derecha, Frank Shields durante un partido.

Izquierda, Sidney Wood; derecha, Frank Shields durante un partido.

Los americanos Frank Shields y Sidney Wood se quedaron en 1931 sin disputar la final del torneo londinense por las presiones de la Federación de su país

De todos los episodios que Wimbledon ha regalado a lo largo de sus más de siglo y medio de existencia, puede que uno de los más llamativos ocurrió el 3 de julio de 1931 cuando miles de aficionados se quedaron sentados en las gradas sin poder disfrutar de la final del cuadro masculino que habían acudido a presenciar. Un duelo sorprendente entre dos norteamericanos: Frank Shields y Sidney Wood, los cabezas de serie número tres y siete del torneo. Jóvenes, prometedores, extraordinarios amigos desde que eran niños. Iban a disputar el partido de sus vidas después de protagonizar dos gigantescas sorpresas en semifinales. Shields se había deshecho del francés Jean Borotra, el principal favorito, mientras Wood había derrotado a uno de los héroes locales, Fred Perry, quien tendría que esperar hasta 1934 para lograr el primero de los tres trofeos que levantó sobre la hierba de Wimbledon.

Frank Shields durante un partido.

Frank Shields durante un partido.

En la semifinal ante Borotra se produjo la jugada clave de toda esta historia. Shields se lesionó la rodilla derecha y terminó el partido algo renqueante. Durante el día de descanso previo a la final se sucedieron los exámenes médicos y las reuniones en el hotel donde se hospedaban los jugadores norteamericanos. Unas semanas después Estados Unidos se enfrentaba en las pistas de Roland Garros a Inglaterra en busca de un puesto en al final frente a Francia, y para los rectores del tenis en aquel país ese trofeo estaba por encima de cualquier otra circunstancia, de cualquier torneo del circuito. Wimbledon, con toda su grandeza, era un asunto totalmente secundario para ellos. Shields quería jugar, Wood deseaba que su amigo jugase, pero la USTA (Federación Estadounidense de Tenis) insistía en que lo mejor era renunciar para no poner en riesgo su participación en la Copa Davis.

A la mañana siguiente ambos jugadores llegaron a las pistas de Wimbledon. Shields se sentía con fuerzas para jugar, pero al llegar al vestuario se encontraron con la dura realidad. De noche, mientras dormían, la USTA había resuelto el asunto por ellos. Su decisión era que no jugase. Shields podría negarse, pero sabía que eso era abrir una pelea terrible contra los responsables de su deporte, que le sancionarían y acabarían vetando para la mayoría de torneos importantes. Sus protestas y las de su compañero fueron su único consuelo. A continuación llegó el otro momento complicado de la mañana: comunicarle la decisión a los responsables de Wimbledon. Aquello elevó mucho más la temperatura porque los ingleses consideraron aquello una gigantesca ofensa. Sabían perfectamente que Shields estaba en condiciones de disputar el partido y que la decisión se tomaba para beneficio de la USTA y generaba un enorme perjuicio para el torneo londinense que con todo el dolor del mundo tuvo que enviar a sus casas a los aficionados que ya habían llenado las gradas tras cumplir con la tradición de comerse las fresas con nata.

Sidney Wood durante un partido

Sidney Wood durante un partido

En las oficinas saltaban chispas, se cruzaban amenazas y descalificaciones, pero el momento verdaderamente emotivo tenía lugar en el vestuario. Shields y Wood se quedaron a solas un buen rato, lamentando no poder saltar a la pista a jugar el partido con el que siempre habían soñado. Para cualquiera de ellos suponía su primer “grande” pero por encima de todo, lo que más les llenaba, era que la decepción de perder vendría acompañada por la alegría de ver a su amigo levantar el trofeo de campeón. La amargura nunca sería completa para el perdedor.

Minutos después Wood saltó a la pista para recibir el trofeo de campeón en medio de un clima de enorme tensión. No había ya público y la indignación de los rectores de Wimbledon llegaba a extremos impensables. Pensaron incluso en anular la ceremonia, pero en el último momento dieron marcha atrás para evitar que el escándalo aún fuese mayor.

Los dos jugadores, amigos desde niños, acordaron un modo de resolver aquella final

Wood cumplió entonces con la promesa que en la soledad del vestuario selló con Shields, aquel chico apuesto y aficionado a la buena vida al que había conocido en el colegio en Nueva York y al que su afición por el tenis había mantenido siempre cerca. Entregó el trofeo de campeón a Maud Barger, una exjugadora, hija de propietarios de unos ferrocarriles neoyokinos y buena amiga de ambos jugadores, y le pidió que custodiase el trofeo durante el tiempo que hiciese falta. Wood sabía que Shields –número uno de Estados Unidos en aquel momento– era el gran favorito en la final y que tener ese trofeo en su casa en aquellas condiciones era una pequeña deshonra para él. “No lo pondré en mi vitrina hasta que gane en la final de un gran torneo en hierba a Frank” le dijo a Maud en el momento de hacerla depositaria del trofeo.

“No lo pondré en mi vitrina hasta que gane en la final de un gran torneo en hierba a Frank”

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Ambos siguieron su vida a la espera de ese momento. Curiosamente unas semanas después del incidente en Wimbledon llegó el famoso enfrentamiento de la Copa Davis entre Inglaterra y Estados Unidos. Shields tuvo que disputar el quinto y decisivo partido que le enfrentó a Bunny Austin, uno de los jugadores a los que había ganado en la hierba de Londres. Un duelo apretado como toda aquella eliminatoria jugada en París. Pero perdió. Inglaterra eliminó a Estados Unidos y de alguna manera su tenis vengó la afrenta sufrida en Londres por los dirigentes de la federación americana.

Para resolver la cuestión entre Shields y Wood hubo que esperar un tiempo. Ambos jugadores no volvieron a verse las caras en una final sobre hierba hasta el torneo de Queen’s de 1934, casi tres años después de que ambos llegasen a aquel acuerdo en los vestuarios de Wimbledon. En esa ocasión Wood, un niño enfermizo que se pasaba más tiempo en hospitales que en su propia casa, fue mucho mejor que su gran amigo. Se impuso por 6-4 y 6-3 para ganar de golpe Queens y el Wimbledon de 1931. A su regreso a Estados Unidos la primera visita que tuvo en su domicilio fue la de Maud Barger que le devolvía el trofeo que durante tres años había estado custodiando. “Ya puedes ponerlo en la vitrina” le dijo.

Después de aquello los dos jugadores no volvieron a vivir grandes momentos en el mundo del tenis y pusieron de manifiesto lo diferentes que eran de carácter. Shields tuvo una vida alborotada. Sus conexiones con el mundo del cine hizo que se convirtiera en actor secundario de un buen número de películas y alternase con muchos de los grandes artistas del momento. Se casó tres veces –una de ellas con una princesa italiana– y entre sus nietos está la actriz Brooke Shields. Nunca llegó a centrarse y elegir bien su camino. Los intentos de la USTA de devolverle al tenis como capitán del equipo de la Copa Davis acabó en un desastre después de tomar varias decisiones difíciles de justificar y el alcohol se convirtió en su principal compañero de viaje. Sobrevivió a dos ataques al corazón, pero no al tercero que acabó con su vida cuando tenía 65 años.

Al entierro de Shields acudió como no podía ser de otro modo su buen amigo Sidney Wood, a quien pocas veces escuchó cuando le alertaba sobre la clase de vida que había elegido. Wood era todo lo contrario. Tras dejar el tenis de competición eligió con prudencia los negocios en los que invertiría su dinero. Comenzó como corredor de bolsa en Wall Street y luego se centró en la minería, sector que conocía bastante bien gracias a su padre. Hizo dinero, vivió con tranquilidad y murió a los 97 años en la misma casa donde siempre guardó el trofeo de campeón de Wimbledon junto a una foto en la que se le veía sonriente junto a su amigo Frank Shields antes de comenzar un partido.

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