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ajedrez

El Principito vigués del tablero que se mide con jugadores de 60 años: "El ajedrez me ayuda con las tareas de clase y a tomar decisiones”

Diego Ibáñez, campeón gallego sub 10, entre los favoritos al título nacional - “Posee un talento natural”, comenta su entrenador, Roberto Paramos,que lo compara con Iván Salgado

Diego Ibáñez en Nigrán, ayer antes de salir de viaje hacia Salobreña. |  // R. GROBAS

Diego Ibáñez en Nigrán, ayer antes de salir de viaje hacia Salobreña. | // R. GROBAS

Diego Ibáñez, a sus diez años escasos, participa en un torneo sénior de ajedrez. Se mide a un jugador sesentón, de antiguas glorias. Diego domina la partida pero al final, después de tres horas, comete el desliz que permite a su rival forzar las tablas. Antes de firmarlas, sin embargo, el señor le tributa su admiración.

–Creo que mereces ganar. Te doy la partida.

“A mí nunca me pasó”, asegura el entrenador de Diego, Roberto Paramos, respecto a semejante ofrecimiento. Le sorprende todavía más la respuesta de Diego.

–Es empate.

“Diego se jugaba un premio importante. ¿Qué haría un niño o el típico adulto egoísta? Te deja en estado de shock”, reflexiona Paramos. “Él tiene esa madurez de querer ganar por su trabajo, por su talento, por su esfuerzo... No quiere que le regalen nada. Me dejó alucinado”. La anécdota define el carácter de este vigués recién proclamado campeón de Galicia sub 10 entre los 44 contendientes que acudieron al Hotel Scala de Padrón. Desde hoy compite con más de 100 en el Campeonato de España de la categoría, que se celebra en Salobreña. Paramos lo incluye entre los favoritos, aunque enseguida advierte que poco importa. A corto plazo prioriza que disfrute; en el horizonte dibuja grandes logros: “Vais a escuchar hablar de él”.

Comenzó a jugar con cinco años

Diego comenzó a jugar con cinco años. Descubrió el tablero explorando la casa de su padrino, Óliver, que ejerció también como primer guía por aquel territorio exótico de los 64 escaques poblado por peones, torres, caballos, alfiles, reinas y reyes. Un mundo de reglas claras y aventuras infinitas. Los pasos han correspondido tanto a su entusiasmo como a su pericia. Se anotó en clases extraescolares y al destacar, en el Club Lucena, que Roberto Paramos fundó hace 20 años y aún regenta. Entre sus títulos el Circuito de Promoción Gallego Sub 8 en 2019 y el Campeonato Provincial Sub 10 de 2020 antes de lograr el cetro autonómico.

“Diego viene destacando desde el principio pero su característica es la humildad”, asegura Paramos. “Va ganando y no se le sube a la cabeza. Y aprende con naturalidad, con fluidez. Lo comparo con Messi, con ese estilo que no precisa de gimnasio”. El alma del Lucena ha diseñado un programa de formación avalado por el Parlamento Europeo. Paramos se opone al adiestramiento intensivo que se acostumbra en ciertas escuelas clásicas o actuales. Diego dedica al ajedrez cinco horas a la semana, que acaso se incrementan cuando se aproxima una cita importante. En el Campeonato de España, sin embargo, se medirá a adversarios que emplean entre diez y veinte horas semanales en su preparación.

“Hay gente en España que aplica el método soviético, el chino, el hindú… Métodos de látigo”, lamenta Paramos. “Mientras estás en Primaria, que no llegas a la adolescencia y la superas, es improcedente obsesionarte tanto. Al ser un camino tan largo, como en la música o las matemáticas, si te pones tantas horas a la semana al principio te bloqueas y rompes. No existe un método universal”, acepta y concreta sobre Diego: “Él lo lleva con alegría”.

Ni siquiera se ha especializado en el ajedrez. Diego comparte esa disciplina intelectual e individual con el desempeño colectivo del fútbol en el Areosa, en cuya estructura milita desde los siete años. “Cuando me coinciden los dos deportes veo la importancia del partido y torneo. Elijo”, explica. “A veces tengo suerte, puedo jugar primero el partido y luego me voy corriendo al torneo”.

"Me sirve para pensar rápido y bien"

Todo contribuye a su formación. “El ajedrez es un juego de estrategia y paciencia”, define el niño. “Me sirve para pensar rápido y bien. Me ayuda con las tareas de clase y a tomar decisiones”. Sus padres asumen el ajedrez como complemento pedagógico. Jorge Ibáñez argumenta: “Creemos que el ajedrez le aporta disciplina, le ayuda a tomar decisiones en la vida, a resolver problemas por él mismo, a desarrollarse como persona y a levantarse de los obstáculos que pueda tener”.

Entre esos obstáculos se incluyen las derrotas como parte lógica del deporte y de la existencia en general. “Cuando pierde, le salta la lagrimita y sabe que no debe llorar”, valora Paramos. “Es otra prueba de talento. Es tal la pasión que siente. Él es educado, muy caballero”. Jorge resalta de su hijo esa absoluta falta de soberbia o vanidad, que también se palpa sobre el tablero. “Diego es un niño tímido, reservado, muy humilde, con mucha paciencia en las partidas. Nunca se rinde ni las da por perdidas. Suele ser uno de los últimos en acabar las partidas en los torneos a pesar de su cortísima edad, que no suele ser lo habitual”.

Esa paciencia, tan inesperada a tan tierna estancia, define a Diego. Paramos concreta: “En ajedrez existen tres estilos: agresivo como el de Alekhine, tranquilo como el de Capablanca e intermedio como el de Lasker, que a veces era el Doctor Jekyll y a veces Mister Hyde. El de Diego es tranquilo; de viejitos, como le digo yo. Va poco a poco. No será un jugador que machaque al principio, un Nadal que gane un Roland Garros siendo un niño. Ganará aguantando, sin cometer errores” y recurre al símil futbolístico: “Tipo Atlético de Madrid”.

Siete veces campeón gallego

Paramos es el mejor consejero que Diego podría haber encontrado. Gran maestro, se ha proclamado siete veces campeón gallego individual y siete por equipos a ambos lados de la frontera del Miño. Ha escrito los diez libros de la colección “Xadrez nas escolas”. Renunció a una carrera prometedora para centrarse en la gestión. Veinticuatro de sus alumnos han ganado títulos autonómicos o nacionales. Por sus manos, como entrenador o manager, han pasado las principales figuras: el balear Paco Vallejo, a quien tuteló durante su estancia en el Marcote (“Paco es único en la historia del ajedrez español y latinoamericano. Desde Capablanca no hubo otro”) y el ourensano Iván Salgado. Y se atreve a anticipar: “Dieguito es comparable a Salgado. Solo Iván, a los diez años, tenía un nivel similar”. Se menciona a sí mismo como baremo: “Desde que me retiré, hace veinte años, solo tres o cuatro jugadores gallegos me han pasado. Diego me superará sin duda”.

Pese al aluvión de elogios o la certeza de sus cualidades, tanto la familia como el entrenador resaltan la necesidad de contener las expectativas. “Nuestra perspectiva es que Diego vaya paso a paso, creciendo e intentando lograr cada vez las metas que se vaya fijando, siempre y cuando sea feliz y quiera”, acota Jorge Ibáñez. Roberto Paramos, pese a la “ausencia de una industria” del ajedrez en España, lo que provoca que la profesionalidad sea “casi imposible”, menciona la posibilidad de becas en Estados Unidos o de contratos en el campo de los deportes electrónicos; opciones reservadas para otra etapa. “Él tiene cosas fuera de lo normal en cualquier actividad deportiva o artística, pero lo tenemos controlado. Es un niño contrario al frenesí, con la cabeza amueblada. Por el camino llegarán los colegas, las chavalas. Si se va, no lo voy a retener. Tienes que creer en la libertad. Y si vuelve, volverá con más fuerza”.

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