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El gimnasta del área

Ian St John marca el gol que le dio la Copa al Liverpoo en 1965.

Ian St John marca el gol que le dio la Copa al Liverpoo en 1965.

Esta semana las banderas han ondeado a media asta en Anfield. El Liverpool llora la pérdida de uno de esos hombres que forjaron la leyenda de los “reds” cuando el club aún estaba lejos de alcanzar la dimensión actual. Ian St John enseñó al club a ganar y ayudó a construir el espíritu que les acompañaría desde entonces. Para entender el carácter de Ian St John, su capacidad de liderazgo, su respuesta en los momentos complicados, solo hay que echar un vistazo a su niñez, a los años en los que la vida le enseñó su cara más amarga.

El Liverpool ha perdido esta semana a Ian St John, el hombre que les dio la primera Copa de su historia y quien, en boca de Bill Shankly, cambió para siempre a los reds

Alex, su padre, murió a los 36 años en un accidente laboral mientras trabajaba en una siderurgia. Ian solo tenía seis años en ese momento. Helen, su madre, tuvo que criarle a él y a sus cinco hermanos con una modesta pensión de viudedad que compensaba limpiando casas. Todos se vieron obligados a arrimar el hombro mucho antes de lo que es habitual. A los diez años ya se dedicaba a repartir leche y pan en un carro tirado por caballos para una cooperativa de Motherwell, la ciudad de Escocia en la que había nacido en 1938.

Ian St John, que en el colegio había comenzado a demostrar que era un chico hábil con la pelota en los pies, podría haber sido boxeador porque era el deporte con el que más disfrutaba. Pero a los 15 años todo cambió. Un día llegó a casa con múltiples magulladuras tras un combate y su madre, horrorizada, le obligó a centrarse en una modalidad donde existiese menos riesgo. Le empujó a correr detrás de la pelota y a olvidarse para siempre del boxeo. Ian, que a esa edad ya había dejado el colegio para trabajar en una acería, fue obediente y centró todo su talento en labrarse una carrera como futbolista. Ingresó en el Motherwell y a los 18 años ya se había instalado en el primer equipo. Bobby Ancell, el entrenador del equipo escocés, le dio la alternativa a un grupo de jóvenes jugadores a los que en Escocia se conoció como los “Ancell Babes” (siguiendo la moda que habían creado los “Busby Babes” del Manchester United). St John era un delantero puro, un goleador ligero, hábil, rápido, con olfato y calidad para hacer mejores a los que jugaban a su lado.

El escocés conduce un balón con el Liverpool

El escocés conduce un balón con el Liverpool

En su etapa en el Motherwell los goles se le caían de los bolsillos. En sus cinco temporadas en el club de su ciudad anotó más de cien en menos de ciento cincuenta partidos. Su popularidad entre sus vecinos era inmensa. Los mismos que le habían visto crecer sin padre, los mismos que vieron a su madre sufrir para sacarle adelante, los mismos a los que llevaba la leche y el pan cuando era un crío disfrutaban los domingos de sus goles en el viejo Fir Park. El sueño de darle a aquella gente un título para emborracharse de felicidad, algo que prometió a sus hermanos, se quedó sin cumplir. Porque en 1961, cuando tenía 23 años, el Liverpool llamó a su puerta.

Bill Shankly, el hombre que construyó el gran Liverpool, llevaba un par de años en el club tratando de devolverlo a la máxima categoría y poner fin a una etapa complicada. Su compatriota St John era uno de los futbolistas que tenía en la lista. Pagó 37.000 libras por él. Una cantidad importante para su tiempo, sobre todo para el Liverpool que nunca había afrontado un traspaso como ése. Sin embargo, fue una de las cantidades mejor invertidas en la historia del club. En sus memorias, muchos años después, Shankly diría que la llegada del delantero escocés “marcó el punto de inflexión para convertir al Liverpool en lo que se sería”. El club no ganaba una Liga en Primera División desde 1947 y no habían conquistado ni una sola vez la Copa inglesa. Los “reds”, por aquel entonces, eran muy poca cosa. Pero todo empezó a cambiar. Junto a St.John apareció en Anfield Ron Yeats, el otro pilar sobre el que Shankly fue asentando su obra. En su primera temporada en el club el Liverpool consiguió el ansiado ascenso a Primera División (llevaban siete años en la segunda categoría y en seis de esas temporadas el premio se les había escapado por un suspiro).

Llamaba la atención por su habilidad para moverse en el área y resolver, con un físico limitado, las situaciones más complicadas. Los aficionados no tardaron en adorarle porque, con él como bandera, el club fue impulsándose y recortando la distancia con los grandes de su tiempo. Llegó entonces 1964 y la obra de Shankly ya estaba casi terminada.

Esa temporada St John firmó más de veinte goles, pero contribuyó decisivamente para que Roger Hunt alcanzase la mejor cifra de su carrera (31). Esa combinación letal llevó al Liverpool a conquistar el título e iniciar un ciclo extraordinario que tuvo su continuación solo un año después. El equipo de Anfield alcanzó la final de la Copa en busca del que sería su primer entorchado en la competición más venerada en las islas. Le esperaba en Wembley el Leeds United de Don Revie. Se adelantaron los “reds” gracias a un gol de Hunt, pero Billy Bremmer, el capitán del Leeds, igualó poco después. El partido llegó a la prórroga y allí emergió la figura de St John. Un centro desde un costado le encontró un poco fuera de posición, pero el delantero formado en los patios y los descampados de Motherwell explotó una de sus grandes virtudes. Acomodó el cuerpo para encontrar un remate complicado de cabeza que le permitió ascender los 37 escalones que conducen al palco de Wembley para recibir el trofeo. Esa temporada podría haber sido más redonda de no haber sufrido en Milán un pequeño colapso que les hizo perder ante el Inter una semifinal de Copa de Europa después de haberse impuesto en la ida por 3-1. Tal vez podrían haber sido el primer equipo británico en conquistar el cetro europeo, tres años antes de que lo hiciese el Manchester United. Vendría otro título de Liga, la final de la Recopa perdida ante el Borussia de Dortmund, pero también la pérdida de peso en el club. En esos años maravillosos solo le faltó en lo personal una mayor presencia en la selección escocesa. Apenas veinte partidos, muy pocos seguramente para sus méritos. Pero entonces era habitual que los futbolistas que estaban en la Liga inglesa tuviesen más complicada su presencia, una especie de “castigo” que se les imponía por abandonar el campeonato local.

Con la llegada de Hateley al Liverpool en verano de 1967, el técnico fue retrasando la posición de St John. Pero dos años después llegó el momento más doloroso, el día en que Shankly le dejó fuera de la alineación para enfrentarse al Newcastle. No se lo dijo. El delantero se enteró porque Milburn, un exfutbolista convertido en comentarista, le comunicó que no estaba en la lista que los funcionarios del club les habían facilitado. Para St John fue como una traición que no podía aceptar. Shankly y él eran como padre e hijo. Escoceses los dos, se habían apoyado en el otro para triunfar y para que el Liverpool fuese uno de los grandes.

“Hay cosas que uno tiene que conocer directamente por boca del otro”

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La cuestión es que la relación entre los dos se deterioró del todo. El delantero nunca perdonó aquello a su padre futbolístico. Dos años después se marchó del club. Apenas jugó de nuevo. Un ligero devaneo en Sudáfrica y luego en el Coventry. Pasó un tiempo por diferentes banquillos (incluso sonó como recambio de Don Revie en el Leeds antes de que eligiese a Brian Clough) pero donde acabaría por encontrar su espacio sería como comentarista de televisión formando pareja con una leyenda como Jimmy Greaves. Conectaron de forma inmediata y St John acabó por consolidar un estilo propio que los aficionados agradecían.

Era mordaz, espontáneo, con un sentido del humor seco y soltaba sentencias que resutaban letales. Tenía criterio y ojo. Aquello duró hasta 1992 que fue cuando la ITV, la cadena para la que trabajaban, perdió los derechos de emisión de la Premier. Pero encontró su hueco en la radio, siempre con Greaves al lado. A eso se dedicó hasta su vejez, hasta que las fuerzas y el cáncer le dijeron que era hora de descansar en su casa. Esta semana murió a los 82 años y por eso las banderas de Anfield ondean a media asta.

St John, junto a uno de los murales de Liverpool con su imagen.

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