“Abalde tira la puerta”, “Abalde se consagra”... Titulares que certifican la hazaña del vigués. Panathinaikos ya no domina la Euroliga como al dictado de Obradovic en el cambio de siglo, con sus cinco títulos. El OAKA, desprovisto de gargantas fanáticas, no asusta tanto. Son, con todo, un rival y un escenario de prestigio; de los que se recuerdan como significativos en una biografía. A la sombra de la Acrópolis ateniense, Abalde ha alargado el paso hasta convertirlo en zancada.

“¿Mi vida sin Campazzo? Muy parecida. Me levanto, llevo a los niños al colegio y luego voy a entrenar”, declaró tras el choque Laso, irónico pero de buen humor. La mudanza a Denver de su base estelar, unida a un inicio renqueante en Euroliga, había despertado la inquietud del entorno; entre los más nerviosos, incluso el temor apocalíptico a un fin de ciclo que acompañase a la irrupción de Jasikevicius en el Barça. Pero este Real Madrid moldeado por Laso durante una década presume de piel dura y cicatriza fácil. Como él mismo recita: “Hemos perdido muchos jugadores importantes como Doncic, Mirotic, Singler o Hernangómez”.

“No se puede sustituir a un jugador como Campazzo”, advierte Laso. No lo ha pretendido. Laprovittola es ahora su base más talentoso, pero inconstante y frágil en defensa. Alocén está verde. Llull es Llull, a su aire. Laso necesitaba otra pieza. Quizá lo intuyó o quizá lo sabía. Puede que se lo dijese Paco Redondo, su ayudante, que lo había apadrinado en Badalona y conoció sus inicios en Vigo: bajo el cuerpo de alero de Abalde, cada vez más fornido, dormitaba el base que fue de niño.

Abalde había gestionado de maravilla estos primeros meses como madridista; sin que le pesase el millón y medio pagado por él, humilde en la convivencia con Llull, Rudy o Carroll, esforzado en defensa y disciplinado en ataque. Con la mezcla adecuada, en resumen, para ser aceptado en el ecosistema del vestuario. Rara vez ha reclamado protagonismo o se ha merecido una bronca de Laso, que lo había convertido en un secundario imprescindible.

Pero esa extensión de su polivalencia hasta la dirección ha acelerado su crecimiento. En Atenas, el día de 25º aniversario, Laso decidió situarlo bajo los focos. El técnico había sentado a Abalde con 37-49 y lo sacó con empate a 68. La victoria era esencial para afianzarse en los puestos altos. Laso decidió entregarle el mando del equipo en las dos prórrogas. Jugó los diez minutos. Se atascó al principio –el Panathinaikos se fue de cinco– y Llull se dirigió a la banda. Abalde erupcionó entonces, Laso le murmuró algo a Llull, retrasó el cambio y acabó introduciendo al mahonés por Thompkins. Abalde ya ejercía de jefe en la cancha.

Sus números en las prórrogas: 15 de los 29 puntos anotados por el Madrid, 3 asistencias, un triple, una entrada acrobática.... Un tiro libre fallado y una pérdida como peajes escasos en su pick and roll constante con Tavares.

Abalde conoce su rol. Sabe que otros siguen ostentando los galones. Se sabe apuesta a largo plazo y posee paciencia, como ya demostró la pasada temporada en Valencia, superando momentos de orillamiento. Pero también le ha demostrado a Laso que está dispuesto a asumir la carga que le encomienden. Y envía a Scariolo el mensaje de que alguien tan dúctil como él debe viajar a Tokio.