A Juan de Dios lo conocí en el curso nacional de entrenadores de la temporada 82-83. Él daba clases junto a Bárcenas, profesor de profesores. En la cafetería del INEF, Juan nos explicaba a mi primo Miguel y a mí la defensa yugoslava 3-2-1. Cogimos amistad y desde que volví a Vigo hablábamos mucho por teléfono. Yo dirigía al Santa Cristina y le hacía preguntas. Después, estando en el Balonmano Lalín, le pedí que viniese a jugar un amistoso con su Atlético contra nosotros. “Fran, si nos preparáis un buen cocido, allí vamos con toda la plantilla”, me contestó. Y así fue.

Sus visitas a Galicia se hicieron constantes. En junio de 1984 se concentró con la selección española en O Grove. Preparaban los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. Juan quiso disputar un partido contra la selección gallega. Fue el debut de nuestro combinado. Yo me había casado aquel sábado, así que me perdí la luna de miel. Nos metieron una paliza. Luego, cuando Juan venía a casa a comer con su mujer, Elvira, siempre contábamos Salomé y yo esa historia y todos nos reíamos.

Juan tenía ese ímpetu y esa generosidad. Recuerdo cuando Salomé y yo aprovechamos una asamblea de la Federación Española para acercarnos a Magariños y saludar a Juan. Nos invitó a un Atleti-Real Madrid en el Calderón. Ganó el Real Madrid con un gol de Butragueño en el 92.

Juan combinaba el rigor y el goce de la vida. En 1996, España disputó las semifinales del Europeo en Ciudad Real. Ganó y se clasificó para los Juegos. “Venid a disfrutarlo conmigo”, nos dijo a Fernando Gago, que presidía el Teucro, Gerardo Méndez, que ahora está en el cielo, y yo. Cecilio Alonso, el mejor jugador español de la historia, que ejercía de delegado, le preguntó a qué hora debían estar los jugadores en el hotel. El equipo debía viajar a Sevilla para disputar la final. “¿A qué hora es el AVE a Sevilla? Que esten para coger el tren”, fijó Juan. Talant Dujshebaev con aquella mentalidad soviética que tenía, se sorprendió. Estuvimos de charla hasta las seis de la madrugada en la terraza del hotel.

Así fue nuestra amistad. En 2003, dirigiendo al Sporting de Lisboa, me llamó para participar en la presentación del Ciudad Real, que venía de quedar campeón de Liga y Recopa. En la rueda de prensa, con los dos sentados a la mesa, declaró: “Tengo a mi lado a mi sucesor”. Todo el mundo alucinaba. Juan era generoso. Yo presumo de su cariño y de los elogios que me dedicaba como comentarista en las retransmisiones.

Al acabar la jornada en sus campus de O Grove, el más avanzado de España, nos íbamos a casa de Queco, directivo del Rasoeiro. Estaban él y Elvira, Manolo Cadenas y su mujer. Juan no paraba de comer marisco, que era su locura. Pero ese hedonismo no reducía un ápice su compromiso con el balonmano. Como yo dirigía el campus, Juan me preguntaba: “Fran, ¿mañana qué trabajo quieres que haga? Lo tengo que preparar por la noche”. Y era para entrenar a niños.

El balonmano español y mundial aprendieron de él. Nadie lo igualaba en carácter y dirección de partido. Apareció después de Bárcenas y las ramas de su árbol aún siguen: Rivera, Cadenas, Zupo, Pástor... y un entrenador modesto como yo, que en 1986 leía sus libros. Ya hablaban de la velocidad en el juego, cuando nadie más lo hacía.

Lo vi en el homenaje de enero de 2018 en As Travesas. “Fran, ven al palco y siéntate a mi lado”, me dijo. A Elvira le comenté mi situación: “Estoy malito. Tengo que irme a casa, hace mucho frío. No se lo digas a Juan”. Cuando la Radio Galega me dedicó un programa, entró para hablar de mi mujer, de mis hijos. Él era así. Tiraba del carro de todos.

Nunca te olvidaré, Juan de Dios. Lo estoy pasando mal. El anuncio de tu muerte me ha hundido un poco más. Solo pienso en que tú me estarías empujando. Dale recuerdos a Soto, Gerardo, Alejandro López... Seguro que discutiréis ahí arriba. Gracias, amigo.