Impresionante cola de aficionados esperando para despedirse de Maradona. | // EFE

Un aficionado de River y otro de Boca se abrazan en la calle. | // EFE

Varios hinchas, subidos a las vallas del palacio presidencial. | // EFE

El coche con el cuerpo de Maradona sale de la Casa Rosada. | // EFE

Exterior del estadio de San Paolo de Nápoles, ayer. | // EFE

“Olé, olé, olé, olé, Diego, Diego”. El grito que alguna vez nació en el estadio San Paolo de Nápoles tuvo un efecto contagioso bajo el sol del mediodía. Las voces no parecían de dolientes. Eran, ante todo, hinchas, o creían serlo bajo tan extrañas circunstancias. Ellas y ellos esperaban entrar a la sede presidencial como si estuvieran en rigor a las puertas de un estadio donde jugaría la selección argentina. El malentendido afloró quizá como mecanismo de protección emocional para la marea humana, casi un tsunami, que fue a despedir a su ídolo y su estandarte.

“Viva la Patria, viva Diego Armando Maradona”, gritó alguien y agitó una bandera celeste y blanca. “Viva”, le respondieron a sus espaldas. El eco se expandió hacia la Plaza de Mayo. A Eva Perón la velaron en 1952 en el Congreso. Maradona recibió el último adiós en el corazón del poder político, en la Casa Rosada. Lo que une a uno y otro episodio es su carácter multitudinario y el aura mítica de los dos difuntos que más amor y enconos han suscitado en esta sociedad estremecida. Lo que los separa es que la despedida de Maradona tuvo un cierre caótico, con incidentes adentro y afuera de la sede del Ejecutivo, más propios del universo violento del fútbol.

El caos obligó a concluir el velorio de forma apurada. Se retiraron las coronas florales y el féretro en medio de una tensión que no estaba en los planes de los organizadores de la ceremonia del adiós. La familia pidió unos minutos de intimidad antes de que llevaran el ataúd. El entierro debía llevarse a cabo este mismo jueves en el Jardín de Paz de la localidad de Bellavista, al norte bonaerense.

La jornada fue, en definitiva, maradoniana en un 100%, con sus instantes genuinos, de hondo dolor, y sus costados deplorables. A las seis de la mañana, cuando se abrieron las puertas de la sede de Gobierno, se respiraba un aire de congoja general. El rencor hacia el astro plebeyo se había silenciado durante las horas ecuménicas. En las inmediaciones de la sede de Gobierno se escuchó un desgarro coral. «No te lo puedo explicar», dijo un joven, y su amigo lo compadeció. “¿Qué era para vos Maradona?”, le preguntó un cronista televisivo a una mujer. “¿Y para vos?”, le respondió, y el periodista, que estaba transmitiendo en vivo, no supo que decir. «¿Cómo se puede estar en un momento así? Sin dormir, y desde las cuatro de la mañana», quiso explicarle alguien a su lado, para salvar la situación.

De repente se escuchó un estruendo bajar del cielo. Era el helicóptero de Alberto Fernández. El presidente se acercó a la gente y pidió que mantuvieran distancia social a aquellos que, en plena pandemia de un país con 1,4 millones de infectados y casi 38.000 muertos por covid-19, habían llegado con flores, ofrendas, fotos y camisetas. Empleados estatales repartieron mascarillas. “Nos dio tanta felicidad”, acotó un señor. “Sí, hay que cumplir con él como lo hizo con nosotros»” terció otro.

“El que no salta es un inglés”, bramó un adolescente. No estaba sobre una tribuna sino en la Avenida de Mayo, con un deseo incontenible de avanzar hacia el salón de los Pueblos Originarios donde estaba el cuerpo de su Dios. Cerca suyo, un joven se desplazaba arrodillado. «Todos robaron en este país. Pero Diego solo le robó una pelotita a los ingleses». La cola se expandió por tres kilómetros. ¿Cuantos arrastraron sus penas? Se habló de más de un millón de personas. No todos llevaron sus mascarillas. Muchos temieron no poder entrar a la Casa de Gobierno y desbordaron el control de seguridad al punto de adueñarse por minutos de varios pasillos del histórico edificio. El episodio hizo encender las alarmas. La familia de Maradona entró en pánico. En la Plaza de Mayo y el acceso al velatorio público tuvieron lugar escenas de empujones y trompazos. No faltaron barrabravas y provocadores. Se produjeron además choques con la policía. Se lanzaron gases lacrimógenos y balas de goma. Hubo arrestos y heridos.

Antes del desmadre, habían pasado por el velatorio los excompañeros de la selección campeona de 1986, capos de la hinchada de Boca Juniors y figuras como Javier Mascherano. Juan Román Riquelme, principal ídolo de Boca, enfrentado con Maradona desde el 2010, lo evocó sentidamente. “Verlo jugar fue increíblemente hermoso”.