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El chico de las tumbonas

El Liverpool fichó a Ray Clemence, el mejor portero de su historia, después de una nefasta actuación que le empujó a buscar un trabajo convencido de que no se ganaría la vida en el fútbol

Clemence levanta una de las Copas de Europa.

Clemence levanta una de las Copas de Europa.

La de Ray Clemence es la historia que tantos porteros escribieron antes que él. Un chico que comienza a jugar al fútbol en cualquier posición y que, un buen día, debido a la ausencia del meta habitual tiene que situarse entre los palos. Y ya nadie la saca de allí. A “Rig” (apodo por el que le conocían todos sus amigos) le sucedió en Skegness, la pequeña localidad costera del noreste inglés donde nació en 1948. Creció rápido y debido a su tamaño jugaba como central en el equipo de su escuela. Fútbol pensado para el aprendizaje, como una asignatura más casi, con el profesor de educación física ejerciendo de entrenador. En cierta ocasión el portero agarró un resfriado importante y se ausentó de un partido. El profesor entró en el vestuario y le señaló:

“Ray, hoy eres tú el portero”

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Y al contrario de lo que imaginó al principio, le encantó la experiencia. Tenía catorce años en ese momento; le esperaban otros veintisiete ejerciendo ese oficio.

Fue en el modesto Scunthorpe donde comenzó realmente su carrera. Llegó allí rebotado del Notts County que le había descartado para su equipo juvenil. Fútbol modesto (la Third Division inglesa) donde jugaba a cambio de once libras semanales. Le hicieron debutar con diecisiete años y en su cuarto partido encajó siete goles, una humillación espantosa. A la finalización del partido, Gordon Smith, el tripudo y veterano portero que ejercía de suplente y que le había cedido el paso con enorme elegancia, se sentó a su lado y le dijo:

“No te inquietes. Ya has vivido tu peor tarde como portero. Todas las que vengan ahora serán mejores. Deberías sentirte liberado”

Gordon Smith - Suplente

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Y tenía razón. Ray Clemence se convirtió en una de las razones de peso para que el Scunthorpe no siguiese hundiéndose en las diferentes categorías del fútbol inglés. Seguro por alto, espectacular en ocasiones, arrojado cuando era necesario….Tanto fue así que por el viejo Glanford Park comenzaron a dejarse caer ojeadores de los principales clubes británicos, alertados por los rumores que se escuchaban en los grandes estadios sobre un gigante que defendía la portería de “The Iron”. En el último partido de su segunda temporada en el club, la 1966-67, el Scunthorpe rendía visita al Doncaster, equipo que ya estaba descendido. No había nada en juego, un simple partido para cerrar una campaña mediocre del club y comenzar a disfrutar de unas semanas de descanso. A su llegada al estadio Ray Clemence se enteró de que Bill Shankly, el entrenador del Liverpool, se encontraba en la grada. La razón de su presencia en el modesto estadio del Doncaster no tardó en trascender. Había acudido a ver a ese portero del que tan bien le habían hablado. Clemence perdió toda la seguridad mostrada durante los ocho meses que había durado la temporada. Salió al campo completamente agarrotado por la responsabilidad para jugar un partido intrascendente y lo pagó. El Scunthorpe perdió 3-0 y dos de los goles habían sido por su culpa. Dos graves errores que le amargaron por completo. Salió del campo en silencio y llegó a su casa con la moral hecha añicos. Sus padres se acercaron a él y solo acertó a decirles:

“Acabo de tirar mi futuro por la ventana”

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Y se fue a dormir.

Ray Clemence vivió aquella derrota en Doncaster con un dolor infinito. Y también con resignación. Después de aquello encontró trabajo en la playa de Skegness donde se dedicaba a recoger las tumbonas que se alquilaban a los turistas en verano. Un modesto sueldo con el que ir tirando porque las once libras semanales del Scunthorpe tampoco es que dieran para mucho. Llevaba un par de semanas instalado en aquella playa y la herida de Doncaster empezaba a cicatrizar aunque lo hacía demasiado despacio. Sus vecinos, los mismos a los que alquilaba las tumbonas, le ayudaron a levantar el ánimo. Una mañana, mientras preparaba la playa para la llegada de los primeros bañistas, vio a lo lejos a un hombre al que no conocía de nada que le llamaba a gritos. Era un empleado del ayuntamiento que le buscaba a instancias de su madre. La mujer necesitaba enviarle un mensaje urgente y no se le ocurrió otra cosa que telefonear al alcalde y pedirle el favor de que encontrasen a su hijo para trasladarle un mensaje. El Scunthorpe acababa de cerrar su venta a cambio de 18.000 libras. El Liverpool le había contratado para defender la portería de Anfield.

El joven Clemence, poco después de su llegada a Anfield con 19 años.

El joven Clemence, poco después de su llegada a Anfield con 19 años.

Dos días después Clemence se encontró al fin con Bill Shankly que bromeó con él sobre su actuación en Doncaster. “Fallaste, pero la decisión no dependía de aquel partido” le dijo entre risas. El Liverpool llevaba meses siguiendo a una lista de jóvenes guardametas británicos para preparar el relevo que inevitablemente tendría que hacer en la portería en un corto espacio de tiempo. Tommy Lawrence, una pequeña celebridad en Anfield, llevaban ya ocho temporadas como titular del Liverpool y a sus veintiocho años había llegado el momento de ir preparando a su sucesor.

Un proceso que bajo las tradicionales normas del fútbol inglés requería una alta dosis de paciencia. Ray Clemence aprendió el oficio junto a Lawrence que se mantuvo en el puesto hasta enero de 1970. Algo más de dos años estuvo bajo su sombra. Después de una traumática eliminación en los cuartos de final de la Copa inglesa Bill Shankly llamó al portero escocés a su pequeño despacho, le sirvió un te y le comunicó de forma paternal que ya era hora de dar un paso al lado. “El sábado contra el Nottingham Forest va a jugar Ray”. Lawrence bendijo la decisión. Sabía perfectamente que diez años atrás hubo otro portero sentado en el mismo lugar que él tomando café y escuchando el mismo anuncio por boca de Shankly.

El portero celebra un gol con sus aficionados.

Durante las siguientes once temporadas Ray Clemence solo se perdería seis partidos de Liga. Uno de ellos fue precisamente para que Tommy Lawrence disfrutase de su última tarde defendiendo la portería del Liverpool antes de marcharse para siempre del club. Clemence se transformó en una de las piezas esenciales de un equipo irrepetible. Lo dicen sus títulos y sus números personales como los dieciséis goles que únicamente encajó en una temporada y que parecían imbatibles hasta que el Chelsea lo redujo a quince hace apenas cinco años.

Clemence levanta una de las Copas de Europa.

Desde 1970 y hasta 1981 conquistó cinco ligas, cinco Charity Shield, una Copa inglesa, una Copa de la Liga, dos Copas de la Uefa, una Supercopa de Europa y, lo que es más importante, tres Copas de Europa. Fue después de ganar la última, al Real Madrid en el Parque de los Príncipes de París gracias a un solitario tanto de Alan Kennedy, cuando tomó una decisión inesperada. No lo hizo solo. El mejor amigo que tenía en aquella plantilla, Kevin Keegan, decidió exactamente lo mismo. Clemence decidió dejar al Liverpool y que no fuese el Liverpool el que le dejase a él. En medio de la gloria que vivía tras proclamarse nuevamente campeón de Europa entendió que resultaba imposible irse en mejor momento, en lo más alto del fútbol europeo vestido con la camiseta del club de su vida. Tenía 32 años, sabía que su caducidad estaba cerca y, a diferencia de sus predecesores, no quería tener la famosa charla en el despacho del entrenador.

Clemence, en su etapa en el Tottenham.

Se marchó entonces al Tottenham mientras Keegan lo hizo al Hamburgo. En Londres, en un equipo más modesto, aún conquistaría una Copa inglesa y una Copa de la Uefa mientras engordaba la cifra de partidos con la portería a cero (en más de la mitad de los 758 encuentros jugados en la élite no recibió un gol). De su primera visita a Anfield queda una imagen para la posteridad. Su salida al campo en el segundo tiempo cuando le tocaba defender la portería que hay junto a The Kop. Pocas ovaciones se recuerdan semejantes a la que sus fieles le dedicaron aquella tarde.

Clemence, en una de sus apariciones con la selección inglesa.

Le quedó pendiente en su carrera tener más protagonismo en la selección inglesa. Compartió tiempo con Peter Shilton que siempre fue el elegido para disputar las fase finales de los grandes torneos. La rivalidad entre ambos, tenían una relación bastante tensa, fue un filón para la prensa inglesa.

Keegan y Clemence se abrazan tras ganar una final.

En 1988, con casi cuarenta años a cuestas, tomó la decisión de colgar los guantes para siempre. Se dedicó a trabajar, primero en el Tottenham y luego en la Federación Inglesa, en la búsqueda de nuevos y mejores porteros. En 2005 le diagnosticaron un cáncer de próstata del que en principio se había recuperado bien. Pero con el tiempo el tumor reapareció y ya no hubo forma de detenerlo. Hace una semana Ray Clemence falleció en su casa de Liverpool.

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